No alcanzaremos la libertad total hasta que no tengamos derecho a morir dignamente.

La muerte forma parte de la vida. ¿Por qué no podemos gestionarla a nuestro modo?

¡Basta ya de hipocresías! Vivimos tiempos de debates y reivindicaciones. Hace poco, la igualdad de género. Elevamos la voz contra la violencia; cualquier violencia, aunque la más visible fuera y es la de género, también.

Ahora se trata de la muerte digna y tengo para mí que es un debate que no tenía que existir, pues es tan claro el concepto que debía estar instaurado en las sociedades democráticas como una elección normal y aceptada.

Me pregunto quién puede estar en contra de que una persona cuya vida es insoportable (las razones pueden ser muchas y, como sucedió con el divorcio, nadie se verá obligado a tomar una decisión semejante), coartando desde la distancia, alejado del problema que suscita esa posibilidad, nada fácil. No, no debe de ser fácil decidir la propia muerte, por más que todos sepamos que ésta va a llegar tarde o temprano.

Los gobiernos no han tenido nunca empacho en enviar a jóvenes al frente y a una, más que probable, muerte o una minusvalía crónica. Sin embargo, han perseguido el suicidio hasta las últimas consecuencias y no se atreven a promulgar una ley donde la eutanasia sea una opción de la vida individual. Porque todos estaremos de acuerdo en que con una eutanasia regulada se evitarían muchas dudas y suspicacias y, en grado sumo, que un acto de amor desinteresado pueda desembocar en una acusación de homicidio. Entiendo que haya temor en el colectivo de los médicos (que, con la colaboración de una Justicia oportuna, son los que deberían vigilar el proceso). Los médicos tienen el deber de salvar vidas; pero, ¿no es la muerte asistida en el momento oportuno una manera de salvar una vida, que ya no lo es. ¿Se podría decir que esa generosidad podría tacharse de asesinato?

El amor en estos tiempos de cólera está devaluado. Pero sigue dando motivos para la reflexión. A pesar de que el materialismo desatado, lo práctico, el dinero y otros intereses, lo desvirtúen. Pues bien, un acto de amor y de generosidad de un hombre enamorado durante muchos años de su mujer, enfermo él también, abnegado, que ayudó a morir a su mujer, quien se lo pedía insistentemente, acabó en el calabozo, durante una noche, suficiente tiempo para pensar en la doble injusticia que representa la vida cuando la razón y la sensibilidad pierden crédito a marchas forzadas. El destino de este hombre enamorado es incierto. Las leyes tienen la palabra. Yo deseo que, hasta que la ley necesaria, obligatoria, de la eutanasia se ponga en marcha, la justicia mire para otro lado y este hombre, ejemplar, pueda masticar su soledad en casa y no en una celda.

Sólo las personas que han visto sufrir hasta el paroxismo a quien más quieren, salvo que su condición religiosa se interponga, nunca se atreverían a pronunciarse contra la eutanasia. Saben que es peor la enfermedad que la muerte cuando ésta es inevitable y cuando el dolor es insufrible. Llega un momento en que ni la morfina puede contener la decisión del sufriente de tirarse por la ventana; de suicidarse en último término. ¿Es esto deplorable? No hemos venido a este mundo para sufrir, aunque suframos. No es baladí que alguien quiera quitarse la vida, al margen de su potestad para hacerlo. Nos agarramos como a un clavo ardiendo a un futuro incierto, que quizá no llegue nunca.

El dolor no es una canción, ni un poema, ni el argumento de una novela, aunque haya dado buena producción literaria. El dolor es la realidad en carne viva, la herida que no se cura, el desasosiego persistente, la ausencia de vida. El dolor no se cura y no se soporta. Incluso los más aguerridos sucumben a él cuando no tiene solución. El dolor conquista el cuerpo del enfermo, pero también el alma de los que lo acompañan y hasta creen que la providencia les dará una nueva oportunidad. No hay nuevas oportunidades. Es muy difícil y doloroso, a su vez, soportar que quien más quieres desea tirarse por la ventana en un delirio provocado por la morfina en el que la morfina no puede hacer nada.

Confieso que no habría sabido que hacer si ella me lo hubiera pedido; es decir, si ella me hubiera pedido que la ayudase a morir. Por suerte, ella resistió y luchó hasta el final, aunque  sabía que se moría y el resultado fue el mismo. Me liberó de un compromiso que nunca le agradeceré lo bastante. Es el dolor que no cesa. Aquí la nostalgia no tiene cabida y, menos, las decisiones arbitrarias.

Epicuro aboga por el buen vivir, por buscar el placer, los grandes placeres; pero también por el buen morir. Hemos evolucionado mucho como para que la gente muera sin dignidad y con dolor. ¡Aquella vieja idea!

Pido la regulación de la eutanasia, que no tiene nada que ver con la sala de paliativos de un hospital. Yo, que he visto sufrir y he sufrido, no creo que sea mucho pedir.

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