Las Hijas del Capitán. María Dueñas

Sigue María Dueñas buscando y rebuscando en el pasado escenarios reales, ya tratados por la Historia, quizá también maltratados por la Historia, para sembrar en ellos la semilla de su propio mundo literario y relatarlo después de un modo singular y directo, que llega como pocos al lector.

No se trata de sustituir al mundo original –que depende de una exacta y objetiva documentación-, todo lo que pasó, ocurrió de verdad, tal como nos lo han contado; sino de realzarlo con pespuntes y bordados personales de una autora que sabe lo que quiere contar y cuenta lo que sabe.

Cuando las protagonistas, una mujer y sus tres hijas, deciden emigrar a América huyendo de la miseria de una Andalucía precaria, para reencontrarse con el marido y padre aventurero, culo de mal asiento, navegante por los mares de la zozobra, poco solidario con las cuitas familiares; cuando el cuarteto femenino se instala en Nueva York, en la ribera del rio Hudson, el territorio en el que va a desarrollarse su vida ya existe: el descalabro de la bolsa de 1929 ya se ha producido, la depresión económica y el abismo de la guerra civil española que se avecina son las constantes.

Dueñas no retoca el contexto. Por el contrario, le va dando vida a medida que, tras la muerte prematura del padre en un accidente portuario y la herencia de un bar, El Capitán, las mujeres, provistas de un coraje imprevisto, se van abriendo paso en un mundo donde los sueños, las decepciones, la picaresca y la amenaza del desahucio van de la mano.

No hay humor posible en un escenario de desolación, dolor, amargura y violencia. Cuando hay que buscarse el sustento a costa de los contratiempos es difícil no caer en las trampas del destino. Persisten, eso sí, los sueños y la añoranza; la añoranza por recuperar la tierra perdida, las raíces que crecen a través de las noticias y alguna carta volandera, procedente de la memoria misma.

No hay humor posible, pero sí retazos de ironía, personajes de un vodevil desconsolado, cercano a lo patético. El mundo del hampa y el engaño es de medio pelo, pero producen lesiones irreversibles en la conciencia de quienes habitan ese espacio enmarañado entre la realidad y la ficción. Hay personajes reales, como el hijo del rey en el exilio Alfonso XIII, Alfonso de Borbón y Battemberg, Conde de Covadonga, hemofílico, exiliado, enfermo y en franca decadencia, aunque todavía conservase cierta distinción; Xavier Cugat, una institución en los clubes y cabarets americanos del momento. Hay más, tantos como sucesos ocurren alrededor de las hermanas, con la madre sumida ya en la incertidumbre de un mundo que le viene grande y otro que se está volviendo invisible incluso para el pensamiento; todos acaban por sumarse a ese vodevil que pone en solfa a los sueños y limita la supervivencia a la lucha cotidiana. María Dueñas no es indulgente con los personajes ni con lo que les rodea; pero siempre guarda un rasgo de benevolencia, de generosidad, para sus impulsos, fatales a veces, contenidos otras. No hay dureza en su estilo, al menos no una dureza determinante; sino un intento, bien acondicionado, de llegar a las emociones del lector sin herir demasiado la de los personajes, las mujeres que vagan por un mundo extraño, quizá para convertirse en heroínas o, como poco, un ejemplo para otras mujeres.

Coincide en año la salida de «Las hijas del Capitán» con un buen número de actos reivindicadores de la situación de la mujer, no sólo en la sociedad en la que vivimos, sino en el planeta, apelando al pasado real y al futuro incierto que siempre nos persigue. No cabe duda de que María Dueñas rinde homenaje a las mujeres y, por añadidura, a las mujeres que tienen que dejar su hogar para embarcarse en una lucha por la vida con altas mareas y naufragios por doquier. Todos los homenajes son pocos si se ajusta un poco más un mundo que nos pertenece a todos, el real y el creado por la autora. No hay posibilidad de ver en la intención de María Dueñas el aprovechamiento de una tendencia. No es la primera vez que lo hace y eso la honra.

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