Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

APUNTES DE LA PANDEMIA CRÓNICA DESDE LA INCERTIDUMBRE Arroparse con lo que nunca cansa

No tenemos un músico a mano a la altura de Bach para que nos escriba una sonata que arregle nuestro descalabrado sueño.

¿Para qué un poeta en tiempos de tanta muerte sin ningún testimonio?

«En tiempo de desolación nunca hacer mudanza», dejó escrito para sus novicios Iñigo López de Loyola. Si pensamos que ´desolación´ es el término opuesto a ´consolación´, estos serían tiempos desolados, donde suceden muertes sin el más mínimo testimonio, tiempos como para retirarse a un eremitorio y no salir hasta que no pase una paloma blanca que anuncie la buena nueva.

Pero uno, que no es ignaciano, decide, por prescripción gubernativa, encerrarse en casa y en ese particular eremitorio, que es su gabinete de trabajo, arroparse, sin recado de escribir, con aquello que nunca cansa ni decepciona: libros y música.

Decido volver, por fin, al Quijote. Mi primera lectura fue en aquel recién estrenado grupo escolar del pueblo en que el maestro, fumador severo, nos hacía leer el libro por estricto orden de pupitre. Recuerdo que era una edición antológica en pasta española, muy bien ilustrada con dibujos de Doré, de Ediciones Luis Vives, que aún conservo en la biblioteca de la casa de Sahagún. A ver si en este encierro, como el del hidalgo manchego devorando libros de caballería, se me pega algo de su bendita locura y termina uno saliendo a deshacer agravios, enderezar tuertos, emendar sinrazones, mejorar abusos y satisfacer deudas.

Recuerdo, sin venir a cuento, Diálogo de Carmelitas, novela de G. Bernanos (con base en La última del cadalso, de Gertrud von Le Fort), pero me refiero a la ópera que escuché por primera vez en Oviedo, en aquellos años dorados de la memoria. Me levanto y la pongo, quiero oír de nuevo esa tensión dramática que alcanza el misticismo y al llegar el «Salve Regina» final, cuando las 17 monjitas van subiendo al cadalso sin perder la compostura, la tensión es tan grande que hay que cerrar los ojos, para cruzar ese umbral hay que desnudarse y, descalzo, caminar sin miedo. Esta ópera limpia todas las miserias y nos hace más libres.

Después de esta limpia y revisión emocional, a uno le parece que estar encerrado en casa es cosa menor y no tiene tanta importancia; podemos conocernos mejor y acercarnos más a ese fondo que nos funda y decir con Montaigne «Es a mí a quien pinto». Él supo pintar como nadie su autobiografía, no otra cosa son sus Essais, encerrado en la torre de su castillo durante los últimos diez años de su vida: «Últimamente que me retiré a mi casa, librándome en la medida de lo posible de mezclarme en otra cosa que no sea pasar en reposo y apartado lo poco que me queda de vida; me parece que no puedo hacerle mayor favor a mi espíritu que el de dejarle ocioso, para que se mantenga por sí mismo y que se detenga y se asiente en sí».

Un espíritu libre bien asentado o con buenos fundamentos nos empujaría a decir, con don Quijote, «Yo sé quién soy», como una declaración de principios, orgullosa y contundente, que le dice al arriero cuando le recoge en el camino, donde le habían dejado tullido y desencuadernado unos mercaderes toledanos, que iban a comprar a Murcia.

En esta reclusión y en estas soledades llega un momento en que uno no sabe muy bien quién es, ni si es martes o jueves, y descubre un buen día que duerme mal, que el mundo funciona de otra forma y el cielo es más azul. No tenemos un músico a mano de la altura de Bach para que nos escriba una sonata que arregle nuestro descalabrado sueño, como sí lo tuvo el conde Keyserlink de Dresde, que le encargó una composición para que el clavecinista de su corte, Johann Gottlieb Goldberg, entretuviera sus noches de insomnio con algo suave y de algún modo vivaz, Goldberg-Variationen. Escuchar esta pieza, sea de noche o a plena luz del día, es un regalo de dioses, uno, como el conde, no se cansa de ese mágico y misterioso juego musical.

La distancia es un aislante poderoso, pero este encierro nos convierte en misántropos involuntarios, ese raro mundo donde la libertad no existe. Elegir es renunciar, pero aquí la elección no es posible. Sí eligió, en su huida de sus antecedentes pronazis como rector de la Universidad de Friburgo, la simplicidad de una cabaña en la Selva Negra, de 6x7 m, Martin Heidegger, en la que veía tanto un refugio como el medio físico adecuado para expresar su ideal.

Walser, el solitario y andarín Robert Walser, tampoco pudo elegir cuando, llevado por su hermana Lisa, a la que tanto quiso, ante la puerta del sanatorio psiquiátrico de Waldau le pregunta: «¿Estamos haciendo lo correcto?». Su silencio fue bastante elocuente, «¿Qué otra opción me quedaba sino entrar?». Y, sin embargo, allí dejó un legajo de 526 hojas de microgramos, escritos en láminas de calendario, papel de carta y de paquetería y hasta en envoltorios de chocolatinas, que iba depositando en una humilde caja de zapatos.

Uno, que no escribe microgramos, ni microrrelatos, ni tan siquiera haikus, sigue tirando de un diario como buenamente puede y escucha el regalo del canto del mirlo tempranero, que ha cogido querencia a estos balcones, y con eso va apuntalando la pandemia como hacen los entibadores en la mina. Otros días se encomienda a la no menos solitaria de Amherst, enferma devota de confinamiento y del trabajo callado ―1800 poemas de los que, en vida, solo publicó 3―; guardaba celosamente, también en una cajita, sus breves poemas como si fueran su secreto tesoro. Ojalá nos fuera dado ese don y esa clarividencia: «Si tengo la sensación física de que me levantan la tapa de los sesos, sé que eso es poesía».

Pero, ¿para qué un poeta en tiempos de tanta muerte sin ningún testimonio?