Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

APUNTES DE LA PANDEMIA ¿Un punto de inflexión en la Historia?

Un lobo nada virtual. «Lo que propone el capitalismo de seducción es un mundo cotidiano dominado por los signos de la diversión y la negación de lo trágico», escribía Gilles Lipovetsky en De la ligereza.

Lo trágico se ha encarnado de súbito, invisible y fantasmal, en las sociedades que, seducidas por la virtualidad, se creían libres y seguras.

Malos tiempos para la vírica: la prisa nunca es buena consejera.

El presidente del Gobierno dice que está entre sus deberes «proyectar» escenarios. Se refiere a las evoluciones posibles de la pandemia, a realizar previsiones de todo tipo para que nada nos pille por sorpresa, pero los de la escuela de la sospecha ―sospechan más que nada de sus capacidades― se preguntan por el «diseño». Temen que su modelo sea prefabricado. Por mi parte, creo que los políticos son los seres del mundo menos capacitados para «imaginar», que al fin y al cabo es lo que hay detrás de ese proyectar. La ideología no les deja ver con claridad.

Publiqué una columna titulada «Conspiranoicos y mefistofélicos» en la que advertía contra el peligro de convertirnos en difusores de bulos por nuestro escaso bagaje científico y la remataba con una andanada a dos orillas contra los que, en mitad de un incendio, en vez de gritar «fuego», se ponen a debatir sobre derechos civiles o la salvación de la economía. Los comentaristas, en el blog del periódico, se han quedado con que sostengo que no es momento para críticas al Gobierno. Dos de ellos, desde el anonimato de las redes, acusan al gobierno de que llueve: uno lo tacha de pirómano y el otro lo tilda directamente de causante de esta desgracia. El de mayor comprensión lectora se muestra temeroso de que esté uno promoviendo una «dictadura de los que nos gobiernan» y trae a colación una cita de Benjamin Franklin: «Quien sacrifica la libertad para obtener seguridad, no merece ni seguridad ni libertad». En el artículo se decía expresamente que lo que ahora está en entredicho no es la libertad sino la vida. La dicotomía no era ―nunca debería serlo― libertad o seguridad, sino salud o enfermedad. Vida o muerte. Luego, cuando todo pase, ya hablaremos del bombero.

Una sociedad enferma. Todavía no se han levantado las voces que achaquen al capitalismo ser la causa de este virus, quizá porque viene con el Made in China inscrito. Los discursos de la responsabilidad tampoco pueden orientarse a hablar en exclusiva de un determinado tipo de sociedad enferma, la consumista y egotista, puesto que ha afectado a todos los modelos de ellas. Hay que reconocer que el virus coronado se está comportando como un perfecto demócrata.

El primer efecto: el desplazamiento de las inquietudes, sustituidas por la inquietud: la salud. La preocupación por la supervivencia. Una regresión al estado primordial del animal, incapaz de proyectarse hacia el futuro.

Escribe John Gray que ya ha cambiado «la textura de la vida cotidiana, en todas partes existe un sentimiento de fragilidad». Se pone a prueba nuestra resiliencia como especie, tendremos que reajustar nuestros niveles de frustración individuales durante la clausura y nuestros objetivos colectivos posteriores, pero ¿es «un punto de inflexión en la historia»? ¿Redefiniremos nuestros valores? Yuval Harari sostiene que «las emergencias aceleran los procesos históricos». No desdeño que vamos a reconsiderar el bienestar como algo perfectible, pero siempre nos hemos deseado unos a otros, en este orden, salud, dinero y amor.

La carencia de tiempo libre: el súbito corte que el confinamiento ha supuesto, pues el tiempo libre lo es por oposición a los deberes, y estos han quedado en suspenso. Es tiempo vacío, tiempo inmóvil, sin el contraste del cual procedía el placer que nos proporcionaba el ocio. No son vacaciones: el de ahora es un tiempo que no vivimos con despreocupación ni alegría.

Comunicación no dialógica, sino asertiva. En estos días, con más espacio para ellas, las redes sociales sirven para poco más que enredarnos en lo que Byung-Chul Han, en La expulsión de lo distinto, llama «el bucle del yo»: conocidos y amistades que piensan muy parecido a nosotros. Eso, o las discusiones de insultos furibundos, de trinchera a trinchera, que devuelven una imagen especular. Ambas posibilidades producen «un grado nulo de lo social».

La intensidad de la información nos hace vivir en un presente continuo sin esperanza de resolverse, sin avance en el horizonte inmediato, tan solo atentos a lo cuantitativo de gráficos y estadísticas. En una ausencia de tiempo que nos convierte, como en el título del libro de Juan Antonio Masoliver Ródenas, en ciegos en la ventana.

Digno de estudio. Históricamente, siempre se han asociado las pestes con el hambre, no con la higiene anal, como ha ocurrido en España.

«Esto es una guerra», dicen ahora, abandonan el montañismo y comienzan a usar metáforas bélicas. ¿Estamos acuartelados o sitiados? ¿El enemigo es el virus o las personas infectadas?

Tenemos la mejor sanidad pública del mundo y la ratio de fallecidos respecto a población mayor del mundo. Habrá que ver qué está fallando.

20 horas. Está claro que los gobernantes han leído La carretera de Cormac McCarthy. «Evoca las formas. Cuando no tengas nada más inventa ceremonias e infúndeles vida».

La Gran Guerra incorporó a la mujer al mercado laboral y dejó un mundo lleno de repúblicas: de las tres que había al inicio de la contienda, se pasó a trece tras su finalización. La pandemia de gripe española legó a las sociedades la creación de los sistemas sanitarios públicos. De la Segunda Guerra Mundial nacieron organismos de gestión universal que todavía existen. Todos estos acontecimientos históricos, detonantes de cambios, fueron, afortunadamente, mucho más letales que la plaga del coronavirus. Pero ya se está hablando de un cambio de paradigma. Veremos. China, que es la nación más avanzada en el padecimiento de la pandemia, no parece ni habérselo planteado. En un principio, creo que lo más inmediato que nos dejará esta crisis será un mundo con menos protagonismo de los sentidos, con una deflación de afectos compartidos, mucho temor al otro. Prevención y sospecha: toser en la sangradura.

Oigo una risa fresca a través de la ventana abierta. La mente quiere llevar al cuerpo entero detrás de ella, salir a fundirse con esa alegría. En este encierro soñamos con volver a ser nosotros, con recuperar nuestros hábitos, con ser sociales o en los otros de nuevo. Pero nuestra disparatada imaginación va por delante y ya se ve abrazándose a esa desconocida que pasa por la calle y que ―ahora me surge la duda― no sé si ríe o tose.