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MESTIZAJE (I) JOSÉ MARTÍ: La herencia cultural latinoamericana

El mestizaje es un proceso creador y enriquecedor del contacto de diferentes pueblos y culturas.

José Martí se rebela contra la discriminación social por razón del color de la piel.

Nadie discute que con el llamado Descubrimiento de América en 1492 y el encuentro de una tierra de magnitudes insospechadas, se puso en marcha un proceso de máxima trascendencia no sólo para el continente, sino también para aquellos países en los que habría de repercutir, para su favor o para su interés, tal realidad: el cruzamiento de razas más espectacular que el de ninguna otra parte del mundo. El enorme y vasto medio natural en el que grandes grupos de hombres llegados de tierras portuguesas y españolas se hallaron, cambió actitudes y modos de vida, lo que en muchos casos propició el asentamiento y el consiguiente contacto con los pueblos originarios que formaban parte de lo que se llamaría América. En realidad, lo que se produjo fue una transfusión doble: de sangre, a partir de las mezclas de portugueses y españoles con los negros y los indios; y, sobre todo, de signo cultural, que es lo que trasciende desde el punto de vista histórico en relación con los cruzamientos étnicos, teniendo en cuenta que el mestizaje es un proceso creador y enriquecedor del contacto de diferentes pueblos y culturas.

Desde el siglo XVIII los que se reconocían como latinoamericanos o naturales de la América colonizada (incluidos Brasil y Haití) comenzaron a preocuparse por lo que realmente eran, sometidos a la presión de un sentimiento de inferioridad fomentado desde Europa y causado por la idea de que los hombres se diferenciaban entre sí por su raza. Este sentimiento no fue sino el desencadenante de otro: el de la inseguridad sobre “quiénes o qué somos”: culturalmente no eran indios ni negros, y tampoco europeos. La respuesta no la encontraban ni fuera de su tierra ni dentro de ella.

El escritor y político venezolano Arturo Uslar Pietri (1906-2001), hacía mención expresa de una “angustia ontológica” del criollo. Su propia indefinición supuso la formación de dos fuerzas opuestas: por un lado, una dependencia servil de la mentalidad extranjera o conquistadora y, por otro, una rebeldía contumaz que hacía al criollo identificarse únicamente con la parte que le correspondía de su pasado indígena.

Es por ello por lo que desde el viejo continente europeo y a lo largo del siglo XIX se prolongó la creencia de que la raza sajona estaba llamada a realizar la misión de orientar y dirigir las vidas de los hombres de color. La condición de esclavos, tanto indios como africanos, que el mestizo tenía como herencia, y la degradación social a la que se vio sometido por ser considerado elemento perturbador para la marcha normal del gobierno y de la sociedad, lo convirtieron en un ser indefenso y dependiente. El hombre blanco, pues, gracias a la inmigración y a la industrialización se pensaba que podía convertirse en médico de un, en ocasiones, considerado “pueblo enfermo”, ya que aquel se creía portador de los mejores valores morales y de una capacidad intelectual superior. Asimismo, intelectuales latinoamericanos como el ideólogo argentino Domingo Faustino Sarmiento (1808-1888), el historiador y escritor boliviano Alcides Arguedas (1879-1946) o el escritor venezolano César Zumeta (1875-1955) argumentaron sobre los graves problemas que según ellos originaba la proliferación de los indígenas.

Por fortuna, semejante miopía latinoamericana durante los años del apogeo del modernismo en Hispanoamérica, tuvo la contrapartida de una visión que recuperó otro orden de ideas provenientes de escritores que vieron la causa de los males de América Latina no en el indio o en el negro, no en razas enfermas que impidieran el progreso, sino en el poder económico de los Estados Unidos. La influencia de ese poder evidenciaba aún más las carencias de la sociedad hispanoamericana. El régimen de Porfirio Díaz en México, por ejemplo, acusará más el fracaso a raíz de considerar al vecino del norte como un modelo a seguir.

Existirá, entonces, un sector de escritores, entre ellos el cubano José Martí (1853-1895), quien abogará antes por los valores espirituales que por los materiales. Aquello que venía a llamarse "el progreso” se estaba convirtiendo en una amenaza y en causante directo de un pesimismo generalizado que se apoderará, en un primer momento, de quien sería, además de gran admirador de Martí, principal representante del modernismo: el poeta nicaragüense Rubén Darío (1867-1916).

En este ambiente empezaba a gestarse la idea de la existencia de dos mundos contrapuestos pero complementarios: un mundo utilitarista, práctico o materialista, es decir, el sajón; y un mundo heredero de la tradición grecolatina, portador de valores espirituales y morales, que es el latino. La presión que política y económicamente empiezan a ejercer los Estados Unidos sobre sus vecinos del sur desde finales del siglo XIX, adquirirá tintes imperialistas en poco tiempo, hecho que José Martí será el primero en reconocer, favoreciendo con ello la aparición ulterior de obras como Ariel (1900), del uruguayo José Enrique Rodó (1871-1917). Si bien lecturas como ésta tuvieron mucha repercusión desde el punto de vista de la defensa de América Latina frente al imperialismo norteamericano, la idea de Martí defendía principalmente el conjunto heterogéneo de razas y culturas. En su famoso ensayo, Nuestra América (1891), condensa su ideario en torno a la realidad hispanoamericana y al desconocimiento que de ella tenía el americano del norte.

La defensa de esa realidad no podría ser efectiva sin contar con el conocimiento y el reconocimiento de la realidad indígena y mestiza de aquellos pueblos, así como de las implicaciones sociales y culturales que se derivan de ese hecho. Es por ello por lo que Martí se rebela contra la discriminación social por razón del color de la piel, pues tal discriminación se constituye en instrumento de poder contra el oprimido. Y más aún: niega que haya razas entre los hombres, y en sus escritos utiliza el término sólo con una significación cultural. En Nuestra América lo hace para hablar de quienes pertenecen a un tronco común, pues “El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y color”. Es lo que para el humanista cubano conformaría “la identidad universal del hombre”.

Hay que tener en cuenta que José Martí vivió en Estados Unidos y allí trabajó como periodista durante muchos años y asistió a numerosos acontecimientos significativos, tiempo suficiente como para otorgarle armas de juicio y fundamento, y con ellas poder valorar el estado de la situación social del país. Mientras transcurrían los años ochenta del siglo XIX, el Apóstol de la Independencia de Cuba profundizaba en los problemas que crecían en tierra vecina. La situación social era alarmante, la desigualdad racial, la precariedad económica de la clase obrera y otras injusticias sociales no le pasaban inadvertidas. Todo ello le hizo ver con inquieta tristeza el panorama en el que tras el yugo colonizador español acabado de romper se dibujaban ahora otro perfil y otro horror acechador del vecino del norte, quien ahora ponía sus ojos en someter de nuevo y de un modo diferente a su pueblo. Será en el mismo ensayo Nuestra América donde mostrará hasta qué punto podía llegar el tentáculo subyugador de un imperialismo ignorante, de unos gobernantes ignorantes, los cuales, y en su propio suelo, sometían también a tantos norteamericanos humildes. Los acontecimientos sucedidos en Chicago que condujeron a la horca a cuatro anarquistas, llevaron a Martí a escribir en 1887, en el periódico La Nación, la pieza conocida como “Un drama terrible”. Y aún más: el poeta y libertador acusará otro mal unido a este, aún más inquietante para los ojos que, desde las tierras vecinas, observaban el insoslayable escenario que los Estados Unidos no reconocían ni querían reconocer. Se trata de un mal mayor y más amenazador que el hecho mismo de su comportamiento, y Martí veía, convencido, que no era otro que el desconocimiento absoluto que aquellas tierras y sus máximos representantes tenían acerca de la realidad hispanoamericana, es decir, la ignorancia que recaía sobre sus “elementos naturales”. Elementos naturales que analiza reiteradamente en ensayos, crónicas o cartas y en los que se funda la defensa cultural de Hispanoamérica; elementos que la hacen diferente y singular. Martí, en un análisis esclarecedor, ahonda en la historia de una tierra y de unos hombres que son testigos conscientes y víctimas del hombre de poder, de la violencia y la fuerza, de la opresión, del control omnímodo de las clases dirigentes. Y es que tales fuerzas, a su vez, dirigen el pensamiento de otros hombres que, traicionando sus orígenes o sus principios, traicionan también a su propio pueblo. Un gran pensador universal como él conoce, por tanto, no sólo esa suerte de potencialidad creadora que habita en tales elementos naturales, en su tierra y en sus gentes; potencialidad capaz de sacar a flote el cuerpo y el alma de aquellos a los que la Historia ha dado vida, sino que también tiene presente el pesado lastre que esteriliza las conciencias. Es así que llama la atención sobre el hecho de la conquista y la colonización de unas tierras ya habitadas (antes que descubiertas), profundiza en los aún existentes restos de las antiguas y espléndidas civilizaciones hechas desaparecer por la voluntad colonizadora. Se detiene a observar al indio y al negro, quienes han padecido el horror de la falta de derechos y de cobertura de sus necesidades básicas. Y no pierde de vista la multiplicidad de creencias religiosas que la Iglesia católica, en connivencia con el poder imperante, ha intentado, mas no siempre conseguido, controlar y domeñar. Por ello, precisamente, cuando se refiere a los elementos naturales o autóctonos no está hablando de otra cosa que no sea de sus valores profundos, los cuales han de incluir a los indios y a los negros, pues para él todo gobierno que pudiera llevar las riendas de América Latina debe vertebrarse en función de las características étnico-culturales de sus pueblos, así como de su posibilidad de creación y expansión. Sin cultura propia no hay libertad, sin el desarrollo de la expresión literaria de los pueblos, de su alma colectiva, no se puede ahondar en su conocimiento; crucial por cuanto ha de ser sustento y defensa contra fórmulas foráneas que puedan contaminar el estilo propio y confundir su ser natural haciéndolo más fácil de manipular.

Sin embargo, todavía a finales del siglo XIX la realidad cultural y política de América Latina no había llegado ciertamente a mostrarse en todo su esplendor. El analfabetismo, la pobreza y la dependencia son hechos que frenaban, como aún hoy, esa posibilidad de expansión de todos y cada uno de los pueblos latinoamericanos, lo que venía a traducirse en un esfuerzo mayor por crear el ser y la identidad cultural. Por añadidura, la inadaptación del latinoamericano en su propia tierra le hacía verse como un ser escindido que no acababa de integrarse en su mundo plural y heterogéneo. Se trataba, por tanto, según Martí, de crear sobre esa base un nuevo pueblo que se abriera paso a la modernidad, con un espíritu distinto y una conciencia de sí mismo.

Martí contemplaba el nuevo proyecto que asistía al hombre de la América Latina, originado por el hecho mismo de su mestizaje y el resultado de una nueva comunidad de mujeres y hombres cuyas raíces étnicas se habían venido entretejiendo a lo largo de la historia, por la cultura y la realidad política. Tales valores se erigían en estandarte y símbolo de una idiosincrasia intelectual y cultural propias. La claridad intelectual y de pensamiento de Martí era reflejo de esta serie de elementos que en su análisis cobraban una óptica de gran envergadura, y es por ello por lo que defendió los valores de estos pueblos, luchó por honrar su trascendente y universal significado y murió en el campo de batalla, no sólo por la Independencia de Cuba, país donde nació y vivió, sino también por la libertad de toda América Latina. Ciertamente, es sabido que su pensamiento libertador y su acción combativa no se redujeron al ámbito cubano, antes bien tomaron como centro el amplio espacio continental, y por ese camino, abonado con una pasmosa avidez de conocimientos, alcanzaron dimensión planetaria.

El hombre sincero y auténtico debe participar en el contexto mundial de todos los seres humanos. Su rechazo al odio de las razas y de los pueblos nos descubre al ser íntegro que fuera José Martí, el que hablara y creyera en la “identidad espiritual de todas las razas”, en la igualdad de sus derechos no por ser blanco o negro, sajón o latino, sino por ser hombre.

Hay en Martí una preocupación constante por el individuo, por sus circunstancias concretas, por la geografía específica en la que se desenvuelve y que él concibe como una Patria grande que, antes que rendirse, primeramente, a los intereses foráneos de los colonizadores españoles, y más tarde, a los de la política norteamericana, lucha por lograr su libertad. Para él valen más las “armas del juicio” que las “trincheras de piedra”, aunque no tuviera más remedio que utilizar también éstas durante la nombrada guerra de la Independencia. Pero el absurdo temor a la raza negra, el abandono de la fecunda raza indígena, el desdén que el “criollo exótico” experimenta hacia el “mestizo autóctono” no son para el cubano consciente más que sentimientos de vergüenza, miedo, ignorancia y odio a la naturaleza misma; naturaleza que forma parte de la tierra, crece y se desarrolla en ella.

El deseo de unión y solidaridad ha de partir, además, del conocimiento por parte de los Estados Unidos del pueblo latinoamericano y de sus circunstancias intrínsecas. Tal conocimiento, además, es urgente y requiere de los medios oportunos para poder ser satisfecho ante las generaciones venideras y ante su natural e inevitable potencial creador, no sólo en lo tocante a la política, sino sobre todo en relación a lo social, a lo artístico, a lo literario y, por tanto, a lo cultural en sus diversas y transformadoras dinámicas humanas. El mestizaje cultural producto de ese componente afro-americano e indígena, la simbiosis, la relación y comunión de grupos humanos, la integración de sus diferencias y el universalismo que le hace al individuo ser él y todos a un tiempo, vienen a resumirse en su ensayo Nuestra América en el imperativo martiano: “injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”.

En definitiva, José Martí fue líder y libertador cubano, máximo prócer de la Independencia de su país y defensor de la libertad de América Latina; filósofo, poeta, escritor y precursor del modernismo; político democrático de preclaro pensamiento y noble proceder. Hijo de padre valenciano y madre canaria, inició estudios de Derecho en Madrid y los concluyó en la Universidad de Zaragoza, donde se graduó también en Filosofía y Letras. Posteriormente viajó a París, y más tarde, como quedó dicho anteriormente, trabajó como periodista en Estados Unidos durante varios años, asistiendo a tristes acontecimientos políticos y sociales que nunca dejó de reflejar en sus numerosas crónicas. Recorrió varios países de América Latina y en Guatemala trabajó como catedrático de Literatura y de Historia de la Filosofía. Escribió siendo libre, y también lo hizo desde el presidio o la deportación por motivo de sus ideas. Y, sobre todo, fue el primero en advertir acerca de la nueva amenaza que se cernía desde tierra norteamericana sobre las tierras del sur, estando todavía éstas bajo la influencia colonial. No sin antes hacer ver a sus contemporáneos, pasmosamente, la realidad de una fuerza imperialista que venía a sumarse inmediatamente a la fuerza opresora anterior, finalmente murió en el campo de batalla atravesado por balas españolas a cinco años de alcanzar el siglo XX, cuando contra lo que él realmente luchaba era contra la política colonial del país que vio nacer a sus padres, y no contra nación alguna, como afirmó. Quiso desprender a su pueblo del yugo opresor y de la esclavitud física y mental. Fundó el Partido Revolucionario Cubano sustentado en la idea inviolable de la naturaleza diversa de su tierra y, por extensión, de las tierras americanas del sur.

José Martí sabía que la Cultura y el Conocimiento hacen libre al ser humano. Fue un hombre sincero quien, a través de tan magnífica y amplia visión sobre la historia y la herencia cultural de América Latina, concentró su atención en el hecho del mestizaje y su potencial creador como fuerzas vivas e irreductibles que llaman al progreso y al desarrollo que merecen sus pueblos.