Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

GUARDANDO LAS DISTANCIAS Diario de campaña (1)

¡Ahora, cada día tienes que recordar vidas que se van, como si fueran plantas de la terraza que el invierno mataba!

030320.- Fuera empieza a crecer la primavera, dentro comenzamos a cerrar las ventanas, a estrechar y reforzar el muro, a lavarnos las manos mirándonos al espejo, a obstruir el pasillo con carbones por donde llega la noche, a recordar otra peste que sólo unos cuantos sufrimos. Esta no distingue de colores o condición social. No le importa la orientación sexual, la saliva o el beso envenenado. Viene lenta. Dentro del recinto aparece un pájaro que despliega sus alas y llena la alcoba de un ruido como si un niño se hubiera quedado solo y tuviera miedo. «No es un pájaro —te dice el albacea de tu vida—. Es el ángel del amor». Lentamente la ventana se abre y entra una luz protectora.

140220.- Como todas las madrugadas, la luz se abre camino entre las sombras y avanza lenta gateando por las fachadas o dejándose caer juguetona y revoltosa por los columpios de las ramas de los árboles. Llega a veces mojada, nublada, algodonosa y sucia o luminosa, estirada como la piel de un tambor, crujiente, cristal y acero. Pero siempre llega, nunca ha dejado a la noche que ocupe su lugar. Con ella viene el trajín de la vida, los primeros charcos de plata en la acera, el ruido de los cuerpos, el perfume de lo cotidiano, el deseo de vivir, la urgencia del amar, la necesidad de encender el horno y que la casa se llene de olor a panadería. No importa que la ciudad esté herida o amenazada, en estado de emergencia o tomada por el enemigo. La luz llega.

        Y aunque hay peligro de invasiones, escasean los víveres y nos sentimos encarcelados, hay gente, sobre todo joven, que va al parque, perros felices y bicicletas veloces, una madre cruza la calle con un niño en un cochecito, los gorriones aterrizan y se esconden en la hierba, el almendro que hasta el otro día tenía las ramas desnudas ha empezado a llenarse de brotes. En una red del barrio, que se llama «Nextdoor», algunos piden ayuda: una anciana necesita una medicina, otra pide que le compren leche, otra, compañía y al momento varios vecinos responden y ofrecen ayuda. La empresa que lleva los negocios de nuestro edifico ha mandado una carta aconsejándonos qué hacer en caso de tener el virus y de pedir ayuda al manager si la necesitamos, una vecina deja en la puerta un libro, otra llama para decir que tiene varias botellas de Purell que si necesitamos una, la vecina irlandesa se niega a suspender la fiesta que cada año organiza al llegar San Patricio y otra vecina, católica, dice que en la parroquia han suspendido beber del cáliz y dar la comunión en la boca y que el obispo ha dispensado de ir a misa. Un amigo médico de Madrid me escribe y me dice: «A partir del lunes cancelamos consultas y tratamientos no urgentes y nos ponemos todos a apoyar urgencias y planta...», el dolor de espalda, aunque está sacando punta, hasta se agradece, te ayuda a mitigar la pesadumbre. Te llaman los de la radio para preguntarte cómo va todo y tú les dices lo que ocurre en tu barrio: Preocupación y, como en muchos sitios, los supermercados llenos de gente comprando como si fuera el fin del mundo. La bolsa por los suelos y el Sr. Trump sin ver la realidad, sin saber afrontar una crisis y con varios estados en situación de emergencia. «The New York Times» ha publicado un artículo con los productos que se deben de tener en la despensa y que van desde pasta, arroz, latas de sardinas, hasta latas de alubias y garbanzos sin olvidar frutos secos, harina, huevos, aceite, vinagre y vegetales. También hay productos como alcohol y gel para desinfectar las manos, que están agotados. Yo mismo tuve que ir a 5 droguerías en busca de alcohol. Como anécdota diré que en cada piso del edificio, junto al ascensor, han puesto un pulverizador con alcohol. La picaresca existe: «Staples» vendía 3 botellas de Purell por 70 dólares, cuando normalmente costaría $2.50 cada una. A nivel personal el pasado jueves tenía una cita con el oculista que he cancelado, así como una obra de teatro en Broadway (nada menos que «Who’s afraid of Virginia Woolf», con Laurie Metcalf, la actriz que hacía de «madre» de Sheldon en «The Big Bang Theory») y un concierto con la Filarmónica. «The New York Times» publica un artículo con un titular que dice: «Ahora ya tenemos a alguien que queremos con el virus: Tom Hanks y su mujer».

La luz retrocede como si alguien tirara de ella y sobre el tejado, en las fachadas, entre las ramas de los árboles, sin darnos cuenta, llega la noche y se nos va la vida.        

180320.- Después de unos días de reclusión tuve que salir al supermercado. A las ocho de la mañana ya estaba abierto y había gente. Las estanterías estaban bien abastecidas, con algunos claros en la sección de las latas de conserva y los helados. El ambiente era sombrío. Los clientes iban en silencio total, un poco como autómatas, algunos con guantes, mascarillas y gorros o capuchas, como monjes expulsados del convento donde eran felices. Apenas si se miraban unos a otros, como si no les importara encontrarse con los estantes vacíos. Hasta diría que la iluminación del local era endeble, con una cierta sombra en los pasillos. Las cajeras invitaban al cliente a empaquetar su compra. Era como estar en un acto fúnebre y he pensado que a veces abrir una puerta no es fácil, y que situaciones que hace poco eran algo que dábamos por sentado, ahora cobran unas dimensiones que no sabíamos que tenían. El camino que he hecho cientos de veces me pareció extraño, más largo, un camino que parecía conducirme al patíbulo. Todo había cambiado, estando aparentemente igual: la calle semivacía, la escuela cerrada igual que el café, adonde íbamos a veces a desayunar, un frío mudo. Lo único que daba vida a la calle eran algunos jóvenes corriendo hacia el parque (o tal vez huyendo de algo). Al salir del supermercado he sentido ganas de llorar. Pero la vida sigue. Delante de mí en la cola, dos jóvenes felices y sonrientes, posiblemente enamorados, se repartían, en dos cestos, lo que habían comprado. En el cesto de ella había un ramo de flores que a mí me han parecido marchitas.

190320.- Enfrente de casa hay un cerezo que cada año a mediados de marzo se llena de flores. Cuando le da la primera luz es como si estuviera nevado, al mediodía las flores parecen que vuelan como obedientes mariposas, al atardecer, la luz tiznada de rojo, llena el árbol de minúsculas ascuas y de noche es como una fogata apagada desprendiendo un humo velado.

Ahora que no salimos, que estamos presos de nuestros propios miedos, desde esta prisión el árbol es como el ave del romance, la que mató el ballestero, al que Dios le dé su galardón, que nos dice cuando es de día y cuando las noches son. A él acudimos, en él confiamos, él es el faro que nos ilumina y nos da esperanza. Pasan niños, parejas, ancianos bajo él, pasa la lluvia y pasa la noche, cada día tiene más volumen y más poder, más vida y más voz, más luz y más perfume. Esta mañana ha pasado bajo el árbol encendido un hombre que caminaba con una mascarilla y una capucha puestas y me he sentido, de pronto, prisionero de mi propia vida. El árbol estará ahí la próxima primavera, pero no sabemos si nosotros estaremos para verlo florecer.

200320.- Comienza el día con una niebla con la piel del color de la tristeza. Le cuesta a la luz echar a andar y tropieza en las esquinas emborronando las alturas de Manhattan.

Está la primavera en su primer día bordando los jardines con brotes de jacintos, violetas, narcisos, margaritas, tulipanes y la lluvia hilvana el hilo del bordado en la aguja oxidada del invierno.

Llegan noticias de España, de California, de Manhattan y de la vecina del tercero que nos llama por si necesitamos algo, que va a salir al mercado.  Tú te paseas, como se paseaba mi padre cuando tramaba alguna temeridad, uno de esos paseos que van desde la alcoba, desvío a la cocina, entrada al salón y vuelta a la alcoba. La cifra de tocados por el virus crece vertiginosamente, en abril llegará un barco llamado «Confort» que se convertirá en hospital, se cierran cafés y los supermercados adelantan la hora de apertura dos horas, para que los ancianos puedan comprar exclusivamente durante ese tiempo; recibimos una carta de la compañía que cuida del edificio en la que se nos avisa de ciertos cortes, restricciones y prohibiciones, se concede una prórroga para la declaración de impuestos; los repartidores de comida de restaurantes, la mayoría hispanos, hacen horas extras y se arriesgan a infectarse; en lo esencial una peste es en todas partes igual, no distingue razas o religiones, ni economías ni clases sociales; donde cobra un aspecto más personal y hace que la gente se sensibilice es en los barrios. Y en el amor. Se acaban de casar en tiempos de corona una pareja que pensaban hacerlo el 10 de mayo. En la nueva invitación que han mandado han dicho: «Si queréis brindar traed vuestras propias copas y guardad las distancias». Y así ha sido. La pareja, en vez de irse de viaje de novios, pasará la luna de miel en cuarentena, que es lo que todos los recién casados suelen hacer. Han quedado en el césped del jardín donde se han casado los pétalos de rosas que los invitados les han echado a distancia.

210320.- Ahora nuestra terraza nos parece Prospect Park. Cuando nos mudamos, va a hacer veintidós años, vivíamos en el mismo edificio pero en el piso undécimo, en un estudio desde donde se veía una vista monótona de Brooklyn: una iglesia con dos torres, la parte trasera de los «brownstones» con sus jardines, sus tejados con claraboyas y chimeneas torcidas y a lo lejos la cúpula del Museo y unos árboles frondosos que en verano marcaban dos líneas paralelas verdes que acababan por juntarse. Era un tiempo de amor fogoso y encendido, de descubrimientos peligrosos, de invitados que entraban de incógnito por la puerta de servicio. Hubiéramos podido vivir en el filo de una espada y nos hubiera parecido un palacio, pero los americanos a los que les gusta mucho guardar distancias y a nuestros vecinos, secretarias solteras y luteranas, maestras católicas, parejas marchitas de tiempo y güisqui, republicanos de dudosa reputación y matrimonios a punto de extinción, no podían entender cómo dos hombres podían vivir en un estudio que no tenía terraza, ni un dormitorio, ni cinco armarios empotrados, ni una cocina con una ventana desde donde se viera Manhattan.  Solo unos pocos, los elegidos, lo entendían: Paul, el compositor y pianista que vivía en el apartamento 1110, al lado del nuestro, que tenía un piano de cola que tocaba cada mañana,  que compuso una cantata y  muchos villancicos y que dejó en un archivo toda su obra con la esperanza de ser  famoso, o Frank, el irlandés de ojos azules, que corrió maratones y a quien un cáncer se lo llevó apenas con cincuenta años de edad, o B. una mujer espléndida y elegante que, después de que se murió su marido, dicen que se suicidó.

Con el tiempo nos mudamos al piso sexto. Al principio la terraza fue como una habitación extra. Pero el tiempo, la lluvia, los vientos, la nieve, la monotonía nos enseñaron que las plantas que pusimos se secaban, se las llevaba el huracán inesperado y que los geranios, las begonias y las hortensias que habían sobrevivido al verano, morían abrasadas y hechas ceniza a la llegada del invierno. De salir cada noche en verano a ver el perfil de Manhattan cambiante y misterioso, distinto y siempre igual, como un recorte infantil o el telón para un decorado de tragedia griega, pasamos a salir solo un momento para ver Venus o Marte o Júpiter, o satélites que tú te inventabas cuando en silencio mirábamos la noche.

Hoy, el primer día de primavera y el decimocuarto de prisión, hemos salido a la terraza y, desnuda como está, sin la mesa y con los sillones de hierro cubiertos con fundas de plástico protector, nos ha parecido todo un parque. A lo lejos seguía Manhattan iluminada con una luz de metal; un cementerio, has pensado, donde crece la peste. Corría un aire frío que engañaba envuelto como venía en un sol luminoso. Has tenido frío, como si el tiempo pasado en el apartamento sin terraza, donde fuiste feliz, hubiera sido un sueño y la felicidad desvanecida se clavara en tus huesos. Entras a la casa y, de nuevo, recobras el sentido del amor. No estás solo y el reloj de pared te da la hora, con las campanadas de siempre, cuando ya no lo necesitas. Ahora cada día tienes que recordar vidas que se van, como si fueran las plantas de la terraza que el invierno mataba.