Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

CONFUSIÓN ¡Y llegó el momento!

No estaba enferma, los nervios confundían las sensaciones, y pensando que no me iba a dar cuenta, fingió.

Con tal de no salir a escena era capaz de inventarse cualquier cosa, no era la primera vez que lo hacía.

Intentando que el problema no se agrandara como la última vez, disimulé y me comporté con la normalidad que  esperaba.  Como el  evento se podía llevar a cabo de la misma manera sin ella, ya que era una audición con varios participantes, mi preocupación frente a la organización era relativa. Su falsa reacción me llevaba a una desconfianza que nunca me había planteado. Lo más acertado era pensar que, quizá por cariño, no me quería defraudar, y, además, contarme la verdad sería muy desgarrador. Sabía que tenía depositadas mis ilusiones en su evolución, lo que le causaba cada vez más angustia. Muchas veces me había demostrado su enorme valía, pero tengo que reconocer que no le gustaba airear sus cualidades.

Cuando estudiaba siempre tenía en su pensamiento el sentir del compositor, las circunstancias en las que vivía cuando creó la partitura, sus ilusiones, su convencimiento, y valoraba  la importancia de cada uno de los detalles que había dejado escrito. La lejanía en el tiempo de estos genios, que con su pensamiento rompedor habían plasmado sus sentimientos en muchos casos con el viento en contra, hacía que se sintiera tan pequeña que dudaba de  todo. No era feliz.

Luchó durante mucho tiempo para superar el pavor con el que se enfrentaba al público, y lograba sobrevivir a base de mentiras y falsos razonamientos. Los años iban pasando, y aunque su nivel interpretativo era bueno, no evolucionaba, siempre esquivando audiciones y conciertos. La solución no nacía del dominio y el esfuerzo, eran otros factores externos adquiridos a lo largo de la vida los que mermaban su personalidad. Siguió con su profesión, y sin darse cuenta de que había elegido el camino equivocado a pesar de su sufrimiento, consiguió estudiar un amplio repertorio pianístico con obras de diferentes épocas que tocaba sin confusiones, unos días mejor que otros. No entendía por qué todos alababan tanto su manera de interpretar, cuando ella misma veía las enormes lagunas que probablemente no podría solucionar nunca.

Encerrada durante varias horas al día, repetía una y otra vez el programa que correspondía a cada época de su vida. De vez en cuando invitaba a sus amigos, pero siempre terminaba tocando nuevamente las piezas, a petición de todos, y al final aplaudían con el orgullo propio de la amistad. Intentaba conversar de otros temas, pero su esfuerzo siempre era fallido porque les parecía mucho más enriquecedor oír el piano. No sabían leer entre líneas, y demostraban su cariño de esa manera.

Una gran oportunidad apareció frente a ella; por fin tenía delante  un contrato de varios conciertos alrededor del mundo en los mejores auditorios. Con una firma temblorosa e indecisa dijo que sí, y todos lloraron de la emoción (ella también lloró). Desde ese momento no se habló de otra cosa que no fueran los preparativos de la espléndida gira. Unos se preocupaban de la indumentaria, otros del viaje en sí (hoteles y demás) y yo del estudio minucioso, corrigiendo una y otra vez todas las dificultades técnicas.

Mañana comenzaba la gira. Consejos van, consejos vienen, todo el mundo opinaba sobre lo que tenía que hacer antes de cada concierto. Gritaban emocionados, nunca supieron ver la realidad en su mirada.

Y llegó el momento. La pianista hizo aparición con su precioso vestido largo. Estaba espectacular.  El auditorio (a rebosar) en pie aplaudió con entusiasmo, y cuando se hizo el silencio a la espera de los primeros acordes, después de unos segundos en silencio, se desintegró y su cuerpo nunca apareció.