Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

La resurrección de la "Puerta del cielo"

El aguacil del Condado de Johnson, escenario de otra lucha interminable por la tierra entre ganaderos y colonos hambrientos venidos del Este de Europa, se ha bajado de un tren de vapor en la ciudad de Casper, Wyoming, y la luz que se filtraba en el vagón a través de los resquicios que dejaban las persianas ya envolvía su silueta en una nube de partículas de polvo en suspensión mientras la locomotora se detenía.

Se ha bajado del vagón vacío, la luz porosa, el techo ocupado por inmigrantes sin dinero para pagarse un asiento, y ha salido en defensa de un extranjero apaleado en plena calle y en presencia de su mujer y de sus hijos por uno de los matones, gabardina larga a lo Sergio Leone, que trabajan para la asociación de ganaderos; encarnación del nuevo capitalismo depredador, nido de xenofobia y exclusión, que maneja una lista negra con 125 nombres, casi todos los hombres del condado de Johnson, acusados de robar ganado, y alguna mujer como la prostituta Ella que acepta terneros robados como pago por sus servicios sexuales. Ciento veinticinco personas que deben morir porque los ganaderos, hartos de que los jurados nunca condenen a los colonos hambrientos que roban para comer, han decidido tomarse la justicia por su mano con el beneplácito del gobernador y amparados por la bandera de barras y estrellas que da cobijo al sueño americano.

El alguacil James Averill, casi un Quijote de buena familia, un niño bien de Harvard que se ha puesto del lado de los más débiles en la lucha de clases que se repite de nuevo, ahora en las praderas de Wyoming, ha acudido, alarmado, al club donde se reúne la asociación y del que hace tiempo le expulsaron para advertir a los ganaderos de que le tendrán enfrente.

Isabelle Huppert y Kris Kristofferson. Foto: Archivo

Después de que Averill atraviese el vano de un arco apuntado que separa dos estancias del club, en el umbral de dos mundos muy diferentes, se produce el siguiente diálogo entre el outsider interpretado por un enigmático Kris Kristofferson y el presidente de los ganaderos, Frank Canton, en la piel del actor Sam Waterston, y es uno de los intercambios más jugosos de la legendaria película La Puerta del Cielo, el western ambicioso y provocador que le costó la carrera a su director, el genial Michael Cimino, y dicen que la bancarrota, aunque hoy empiece a cuestionarse que realmente fuera así, a la compañía United Artits:

Frank- Esto es propiedad privada. Podríamos dispararle legalmente.
James- Legalmente, cabrones, tenéis derecho a proteger vuestra propiedad, pero a menos que tengáis una orden judicial por cada nombre de esa lista, manteneos fuera de mi condado…
Frank- Estorbas cualquier esfuerzo por proteger nuestra propiedad y la de los que pertenecen a tu propia clase.
James- Tú no eres de mi clase, Canton, y nunca lo serás. Primero tendrías que morir y nacer de nuevo.

Y eso es lo que ha hecho La Puerta del Cielo cuatro décadas después de su fracaso comercial y de la automutilación creativa que la llevó a ser una sombra de la gran película que escondía; morir y nacer de nuevo, volver de entre los muertos para ser aceptada entre las de su clase, entre las grandes obras de arte que han aportado algo a la historia del cine porque ofrecen una nueva forma de contar historias y no solo -y ese es el párrafo que le dedicaban en los libros hasta ahora- por enterrar el poder de los directores del Nuevo Hollywood y dejarlo otra vez en manos de los productores.

La primerísima versión de esta película maldita, hermosa, minuciosa en decorados, paisajes y vestuario, extenuante, hipnótica, de esta historia fastuosa sobre la llamada Guerra del Condado de Johnson que se desató en Wyoming en 1892, duraba 325 minutos y los productores impusieron la tijera temiendo un desastre en la taquilla después de que Cimino se hubiera gastado en torno a cuarenta millones de dólares, casi cinco veces más de su presupuesto inicial, en rodar la película perfecta.

La segunda versión de 216 minutos, estrenada para un público de prueba y para los medios en el otoño de 1980, desató una oleada de incomprensión y de críticas negativas, algunas tan feroces como la de Canby en el New York Times , que escribió que” ver la película es como verte obligado a dar vueltas durante cuatro horas alrededor de tu propio salón” y pidió a Cimino que devolviera los Oscar que había ganado con El Cazador.

La tercera versión, estrenada en la primavera siguiente, después de que el director se encerrara durante meses en la sala de montaje, desesperado, duraba 140 minutos e incluía una voz en off que pretendía ayudar al espectador a meterse de lleno en la historia. Pero no sirvió para rescatar al moribundo. La película apenas recaudó tres millones y medio de dólares y condenó al ostracismo a su obsesivo director. Tan centrado estaba Cimino en su creación, que repitió algunas tomas hasta cincuenta veces para contar así con un abanico de opciones antes del montaje y reunir todas las reacciones de los actores y los distintos desarrollos que permitían las escenas del guion. Así fue como el director neoyorkino pasó a encabezar su propia lista negra, la de los autores megalómanos y derrochadores, envenenados por su propio narcisismo creativo, en opinión de la crítica que juzgó la película, con los que un productor de Hollywood nunca debía mezclarse.

La nueva versión de 216 minutos que ha comenzado a circular en DVD y Blu-Ray, que hace dos años se pudo ver en pantalla grande en la Seminci de Valladolid y este septiembre en el azulado cine Doré de la Filmoteca Española, dentro de un ciclo Transgresiones del neowestern, demuestra que si La Puerta del Cielo había muerto alguna vez, sepultada por la polémica y los chascarrillos que rodearon su largo rodaje y que acabaron por contaminar todo lo que se dijo después de sus dos estrenos, la película que Cimino tenía en la cabeza, o al menos una de las películas posibles que permite su metraje, ha resucitado.

Porque la última versión de la epopeya de Cimino, del western que construye su propia mitología lejos de los arquetipos del western y de los escenarios del cine clásico, se muestra muy viva cuando reaparece proyectada en una pantalla grande. Y digo última versión, porque aunque se basa en el metraje de 216 minutos de su primer y fallido estreno, estamos ante una película transformada. El tono sepia de las imágenes con el que Cimino y su director de fotografía Vilmos Zsigmod pretendían ser fieles a la idea con la que se promocionaba la historia –lo que uno ama de la vida son las cosas que se desvanecen- ha dejado paso al color original, espléndido. Y esta última metamorfosis es la que hace posible que los aspectos pictóricos, casi impresionistas, de la puesta en escena, la luz que se filtra por las persianas de un vagón vacío, el humo de la cabaña en llamas que ahoga al personaje de Nate Champion (Cristopher Walken), tercer vértice del triángulo amoroso que adorna el guión, el polvo que se desprende de la pista de baile Heaven’s gate que da título a la historia, o el que desdibuja la visión de la descarnada batalla circular en el último tramo del metraje, resaltan, sin duda, el aire melancólico que el director buscaba para su película. Hacen más hondo el desgaste de las grandes esperanzas en el futuro que alienta el bullicioso prólogo del film durante el baile de graduación en el Harvard de 1870, diáfano y a cielo abierto, y que se desvanecen por completo veinte años después.

La Puerta del Cielo está hecha para ser vista a través del polvo y del humo”, escribe Pilar Carrera en su espléndido libro sobre la obra de Michael Cimino que ha publicado Cátedra. Y ahora solo toca aplaudir el poderoso latido que todavía se escucha cuando callan las armas y deja de sonar la música de baile.

Golpe al sueño americano
En la estela de grandes producciones de Hollywood que habían marcado una época como Lo que el viento se llevó o Lawrence de Arabia y con un mensaje antisistema que cuestionaba el mito de la tierra de las oportunidades, de la frontera donde cualquier hombre podía forjar su propio destino a base esfuerzo, La Puerta del Cielo es la obra de un creador ambicioso que, en la cima del éxito después de los cinco Oscar y el taquillazo de El Cazador, no reparó en gastos ni en medios para llegar a donde quería; una película de ritmo pausado y tono lírico, salpicada de escenas de violencia desatada y construida, como toda su obra, en torno al símbolo del círculo que aparece en los dos bailes, la batalla final, los personajes apoyados sobre ruedas de carro, por ejemplo, hasta cerrarse en espiral sobre sí misma. (Averill retorna a su clase social, aunque ya no sea el mismo, en un epílogo a bordo de su yate en Rhode Island).

Christopher Walken. Foto: Archivo

Pocos le entendieron. Pocos fuera de Europa.

“El gran error de Cimino fue, seguramente, apuntar al corazón del sueño americano”, escribe Jordi Revert en Efe Eme.com. Y quizá por eso no contara con el favor del público, que en los albores de la era de Reagan se encontró con un western donde bajo el amparo de la bandera americana se masacraba a los inmigrantes.

John- Empieza a ser peligroso ser pobre en este país, ¿verdad? –le pregunta el personaje de Jeff Bridges al alguacil Averill, después de comprobar que el Ejército no moverá un dedo para defender a los colonos que han comprado legalmente sus tierras.
James- Siempre lo fue -le responde.


La crítica, condicionada por las circunstancias que convirtieron en noticia de tabloides el enorme gasto y la demora en un rodaje repleto de anécdotas -la producción rehízo el viejo Harvard en Oxford y fue necesario cortar un enorme árbol en secciones para poder transportarlo por las carreteras inglesas y después atornillarlas y sujetarlas con cuarenta toneladas de hormigón para rodar la escena del baile en el patio; el director ordenó demoler por completo el decorado de Casper y reconstruirlo de nuevo para lograr más amplitud de cámara; también mando traer una locomotora antigua desde Colorado a Montana, escenario principal del rodaje; y se llegó a decir que el presupuesto incluía una partida de 50.000 dólares para cocaína, algo que Cimino siempre negó- destrozó la película después del primer pase, y tampoco con la versión reducida le fue mejor. “Cimino ha hecho la más narcisista de las películas”, escribía Jack Kroll en un artículo en Film Coment que tituló Heaven can wait (El cielo puede esperar).

Pero como recordaba el ya fallecido Vilmos Zsigmond en una de las últimas entrevistas que concedió “es injusto criticar a los artistas mientras trabajan” y “no se puede criticar a alguien por querer hacer la mejor película de su vida”. Lo que en otro momento se hubiera juzgado como un mérito, el perfeccionismo, la minuciosidad, la poesía de las imágenes, era objeto de reproches. El Ayatolá Cimino, le llamaron para ofrecer de él una imagen de director caprichoso.

Que Cimino se llevará en 1981 el Razzie al peor director solo deja en mal lugar a quienes lo castigaron con el antipremio más canalla de Hollywood. Kris Kristofferson no ha dudado en asegurar que el director neoyorquino que falleció en 2016 y que solo rodó cuatro películas más después de La Puerta del Cielo, ninguna de ellas bajo el amparo de los grandes estudios, fue un cabeza de turco del sistema. “Creo que Heaven’s Gate fue utilizada por los poderes fácticos para acabar con una forma de hacer cine en la que el autor era el director y tenía el control dinero”, aseguró el actor al ser entrevistado para el documental de Michael Epstein realizó en 2004 sobre el rodaje de la película. Afortunadamente, Cimino vivió lo suficiente como para comprobar que la luz de La Puerta del Cielo, y el violín de David Mansfield, por fin comenzaban a hipnotizar a los espectadores.

La puerta del Cielo (Heaven’s gate). 1980
Director y guión: Michael Cimino. Música: David Mansfield. Fotografía: Vilmos Zsigmond. Montaje: Lisa Fruchman, Tom Rolf, William Reynolds, Gerard B. Greenberg. Productora: Joann Carelli (United Artist). Duración. 216 minutos. Reparto. Kris Kristofferson (James Averill), Isabelle Hupper (Ella Watson), Cristopher Walken (Nathan D. Campion) Jeff Bridges (John L. Bridges), John Hurt (William C. Irvine), Sam Waterston (Frank Canton), Brad Dourif (Mr. Eggleston), Joseph Cotten (reverendo), David Mansfield (violinista), Mickey Rourke.