Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

NOEMÍ SABUGAL La leyenda del oro negro

Noemí Sabugal (Hijos del carbón; Alfaguara) cuenta el cómo y el porqué del cierre de las minas; durante años el eje de la vida en muchos lugares de España.

La destreza narrativa de la autora leonesa le permite bajar a la mina una vez más, a pesar del agua que la anega, y salir tiznada del carbón que prende fuego en su memoria.

Noemí; somos hijos del carbón, pero sobre todo somos hijos de aquellos que lograron, durante mucho tiempo, que aquel mineral, que calentaba las trébedes y las chapas e iluminaba nuestras ensoñaciones, se convirtiera en el ansiado oro negro que alimentaba sueños más cercanos que el sueño americano.

Las minas cierran, pero la tierra no regresa al lugar donde nació y de donde fue arrancada. El agua llena el vacío que dejó la extracción del carbón; las vísceras del gran monstruo negro que engullía vidas y vomitaba grisú anegadas de agua que quizá ya se haya convertido en bilis; agua para impedir que la estructura del mundo que sostenía, que sostuvo, paradójicamente, no se derrumbe del todo.  Sí, resulta paradójico que la tierra vaciada, a la que se aplicó durante años una histerectomía programada, sea la que sostiene buena parte de esa España deshabitada; deshabitada, precisamente, a partir de que “alguien” decidió que el carbón ya no era una energía sostenible.

Las minas cierran y con ellas muere un estilo de vida, una manera de entender el mundo, de enfrentarse a la realidad de una condición, una identidad; una idiosincrasia, en fin, en la que se mezclan la supervivencia, el riesgo y la aventura. Las minas cierran y provocan la suspicacia del porqué y la oportunidad de la respuesta a ese porqué; qué deja y cómo lo deja, ¿de qué vivirán los mineros mientras sus monos de trabajo se destiñen por el contacto con el aire de la superficie? ¿A dónde van las promesas de reinserción industrial, los dineros destinados a paliar la inseguridad que hombres acostumbrados a lidiar con los derrumbes de tierra y a construir galerías donde no alcanza la mirada, pero no a lidiar con la intemperie; ¿a dónde las empresas fraudulentas que, subvencionadas, llegaban para salvarlos? La supervivencia es a veces más difícil en la superficie que en el interior del pozo cuando se ha logrado distinguir el olor del gas dulce de la somnolencia que produce el vino trasegado con el bocadillo. El grisú de la superficie, cuando cierra la mina, es la incertidumbre y un paisaje que ensombrece su faz y arruga el entrecejo.

Así pues, se hace necesaria la crónica de ese tiempo; una crónica veraz, bien documentada, escrita con solvencia desde las vísceras de esas minas vaciadas, de esos úteros aniquilados por la histerectomía, de la sangre derramada en busca del oro negro, de la memoria de todos aquellos a los que devoró el monstruo y de los que se salvaron. Una crónica que desvele secretos de sumario y a la vez nos proponga nuevas preguntas; una crónica hecha literatura, como presumo que es la que contienen las páginas de este libro, en esencia, oportuno: Hijos del carbón.

Las minas cierran, cerraron, Noemí y, visto con cierta retrospectiva, nuestra mirada de hijos del carbón tiende a condensar la tristeza de un mundo que fue perdiendo sus referencias: un mundo que germinaba en las entrañas de la tierra, nacía cada día del esfuerzo de miles de mineros que  cada día entraban al pozo para ganarse el pan de cada día y el futuro de sus hijos lejos del pozo a poder ser, y se iba transformando a medida que la luz del sol hacía innecesario el destello de las lámparas. Un mundo de riñas y trifulcas, pero abnegado y generoso; duro y pendenciero, pero justo y respetuoso con el origen y la raza de cuantos llegaban, en aluvión, a ganarse el pan de cada día: eso que tanto nos preocupa ahora. En el paisaje de la mina todos eran negros. Nosotros también éramos negros y teníamos tatuajes cenicientos, pero no en los dedos, ni en la cara, sino en el alma.

Las minas se extinguieron; el monstruo inverna, aun en veranos condescendientes; los castilletes se elevan como dioses heridos de muerte, reyes todavía de un paisaje que se resiste a morir a pesar de las ausencias; se abren nuevas vías de agua en la red subterránea y llena de contradicciones de la memoria. Pero, a su vez, se extiende ante nosotros un amplio campo abonado para la leyenda; una leyenda sin héroes en el sentido místico, pero héroes en su obcecación por ganarse el pan de cada día. Y la leyenda concita a la imaginación y ésta a despejar todas las dudas sobre la regeneración de la entelequia de lo que pudo ser. Los mundos que se extinguen no vuelven; sin embargo, dejan un paisaje reconocible y, en estos tiempos de mascarillas y mascaradas, de Españas deshabitadas e hipócritas veleidades, cuando la naturaleza también se revela, como entonces, no está de más recordar aquel paisaje donde todos éramos negros, salvo el cielo y el reflejo en los picos de las montañas y la nieve.

Cuando vuelvo a casa aún contemplo el castillete, envejecido pero luminoso, y aun veo a los mineros bajar por la carretera, negros del carbón, y me da la impresión de que no he crecido y que estoy a punto de entrar en una jaula en la que nunca puse los pies, la jaula que conducía a la oscuridad.

No he tenido ocasión de leer tu libro, pero presumo, Noemí, de tener razón en lo que digo o, al menos, no andar muy descaminado. Hay un hilo invisible que conecta a los hijos del carbón.