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POR UNA NAVIDAD DE CUENTO NOCHEBUENA EN LA CASA VIEJA

Lo pensó así, de repente, pero como si le fuera la vida en ello; como si se tratase de un plan, largamente, postergado. Un plan inviable a todas luces.  

El niño, ya un adulto entrado en calvicies, quizá un viejo prematuro, estaba, a la sazón, releyendo un artículo de José María Merino en la Revista Epicuro sobre la España vaciada.

Cuando los políticos necesitan adhesiones, hay asuntos que se vuelven recurrentes para los medios de comunicación y, como consecuencia, para la sociedad. Si a eso le sumamos la añoranza de las ausencias y los paisajes que conlleva la Navidad, el argumento que exponía el autor del artículo devenía grave de necesidad.

Al niño, viejo prematuro, eso de la “España vaciada” le parecía una etiqueta promocional equivocada e intuía que Merino también lo pensaba y que había titulado así su artículo por mor de la ironía y la protesta.

El niño prefería decir: “la España deshabitada” e intuía que Merino también. Deshabitada por motivos de distinto pelaje; pero casi siempre por decisiones políticas equivocadas. Decisiones que, a fin de cuentas, habían influido en la soledad de muchos pueblos y en la tristeza de sus paisajes. Porque un paisaje, cuando nadie lo contempla o sólo lo hacen turistas ocasionales, se vuelve triste y le llora a la cara oscura luna.

En ese instante, todavía sentado ante el ordenador, decidió que quería pasar la Nochebuena en la casa vieja, al calor de la lumbre de la chimenea, contemplando el árbol de Navidad que habría sobre la trébede. No lo dudó, como no se duda ante los deseos invencibles. De todas formas, la iba a pasar solo y no tenía un árbol que contemplar para azuzar a la añoranza y el whisky no tenía ya el poder lenitivo de antaño.

El viaje, aun por lo inesperado, no le iba a suponer un gran esfuerzo. Hay viajes que se pueden hacer con un somero equipaje de mano. Además, no tenía nada que perder regresando al paraíso en blanco y negro que cobijó su infancia, al que nunca había dejado de volver. La infancia, por negra que sea, siempre alberga un  paraíso y éste, por lo general, cabe en un  cuento o en muchos que se repiten a lo largo de la vida.

Así lo pensó durante el trayecto; sólo que imaginándolo tal como lo recordaba de haberlo vivido. El paisaje nevado. Las puntas de las montañas recortando el horizonte entre sombras, ondulándolo, como en los cuentos de misterio. Luces humildes de bombillas macilentas trazando en la nieve el sendero de cada uno hacia su casa en busca de la calidez y la algarabía propias de una noche que no era una noche cualquiera. Para el niño tampoco era una noche como las demás, aunque sucediera tan sólo hace dos días y aún no haya terminado para él.

Vio las lunas de los bares tomadas por la incipiente helada, el murmullo del consenso o del desacuerdo en el interior, a los mineros celebrando una nueva navidad sobre la tierra, no debajo como era la costumbre, felicitándose por haber sobrevivido a las riñas o iniciando nuevas pendencias; a las mujeres afanándose en la cocina y a los niños, felices o huérfanos, mirando el fuego que desprendía el árbol tan cerca de los fogones y esperando con ansiedad que la llegada de los reyes magos no refrendase el castigo por alguna fechoría cometida durante el año; pues a los efectos contaba todo el año y los reyes tenían buena memoria.

Lo peor de la navidad era que los reyes magos trajeran carbón en una tierra de carbones, que, paradójicamente, no sobraban en las casas; lo mejor, antes del día de reyes, el aguinaldo. No faltaba el turrón, los polvorones y, sobre todo, las naranjas que, de grandes y lustrosas, parecían recién sacadas de un bodegón, en un tiempo en que pocos sabían lo que era un bodegón. Lástima que no tocasen ni a una por cabeza; ya que el reparto, por querer ser justo, se volvía tacaño a la hora de la verdad.

Admiró el castillete, reluciente hierro en la negrura del carbón y los rostros tiznados de oro negro, dueño y señor del paisaje, y pensó que escribiría un cuento de navidad sobre el castillete; si bien, de inmediato recordó que ya se había escrito uno –algún iluso que se entretenía en desempolvar viejas reliquias, haciéndolas pasar por sueños reconquistados- aunque aquél no fuera un cuento de navidad.

Llegó con el tiempo justo para tomar unos vinos antes de la cena, como era preceptivo en aquel paraíso de nieve y carbón. No se dio cuenta de que era un niño o un viejo prematuro y que a esas edades estaba prohibido entrar en los bares sin el respaldo de un adulto o un facultativo. Tuvo, no obstante, poca importancia el olvido, ya que se encontró todos los bares cerrados. Tampoco había nadie por la calle a quien se pudiera preguntar. El único día que cerraban los bares por la noche era el día de Nochebuena; medida sin igual para que los parroquianos aterrizasen pronto en sus hogares, pero que a él le pareció demasiado severa e inoportuna. Lo que si había era nieve y un sendero que, intuyó, le conduciría hasta la casa vieja, ayudado por la sumisa y cenicienta luz de las bombillas.

No se encontró con nadie durante el camino. No sintió el frio de la nieve, a pesar del calzado inadecuado que portaba; ni la amenaza de la helada, que prevenía de una nueva nevada a la del alba. El equipaje no era una impedimenta.

No le costó ningún esfuerzo plantarse ante la casa vieja. Le sorprendió el grito del silencio, que sonaba como un eco procedente del bosque que rodeaba el cementerio vecinal; pero no tuvo miedo. Sería el búho, que no descansa ni en navidad. Observó que el árbol, al que nunca pudo subirse cuando el resto de los niños lo hacía a menudo y sin problema, lo que hacía que se sintiera pequeño ante los demás, seguía en pie y lo miraba con cierta ironía o, quién sabe, si desencanto.

Por fin, se acercó a la puerta de la casa vieja. La aldaba, una mano que empuñaba una gran bola de hierro, era tan imponente como el castillete. Tocarla era como invocar al sueño y retar a algún dios antiguo. Subió dos o tres escalones y, cuando se disponía a golpear con mano de hierro en el hierro que sobresalía de la puerta para impedir que ésta se cuartease antes de tiempo, comprobó que estaba entreabierta. Buena señal, porque era la señal de que lo estaban esperando.

Entró en el portal que, frente a la carbonera y la escalera que subía a las habitaciones y el taller que un día fuera de costura, separaba dos dependencias de pareja estructura que se habían reformulado para ser una sola vivienda. Era una casa de familia numerosa y peonía; de modo las habitaciones siempre eran pocas.

Giró a la izquierda, hacia la cocina, que, al calor de la chimenea, se convertía en invierno también en sala de estar y comedor, pues allí se celebraban las reuniones y comidas familiares, sobre todo en navidad. No escuchó ruido alguno, salvo el dulce chirriar de la puerta. No vio a nadie, pero observó nada más entrar que la lumbre estaba encendida y bien alimentada, como para durar toda la noche. Alguien que lo conocía había sido precavido, supuso que la abuela, ya que el abuelo había muerto de silicosis antes de que él naciera; pues en el pueblo todos sabían de su incapacidad para subirse a los árboles y conseguir que los troncos ardieran.

En la penumbra que provoca la nieve, infiltrándose en la oscuridad, se acercó a la mesa con hule y se sentó en una silla, esperando nuevas providencias de una noche que presumía mágica. Escuchó el silencio una vez más. Encendió una vela, que parecía estar esperándole sobre la mesa, sujeta por un candil de bronce u hojalata, que tanto daba. De momento, hasta que los demás no estuvieran presentes, no quería hacerle gasto a la compañía eléctrica o a la junta municipal encargadas del alumbrado; sólo era un niño y tenía muy claro que para los estipendios debía contar con la autorización de los mayores.

A su alrededor, todo estaba como siempre, incluso el árbol de navidad sobre la trébede que condensaba el calor de la chimenea y, otrora, había devuelto a la vida a sus músculos entumecidos por la nieve o la humedad de la lluvia. Lo que no había era bebida, ni pistas que anunciasen un gran ágape de nochebuena; quizá alguna de las delicias, jijas por ejemplo, sacadas del cerdo sacrificado por San Martín. Fue a encender un puro para aliviar la espera; pero no lo encontró. ¡Qué tontería –se dijo-, era un niño y aún no había empezado a fumar!

Al pie del árbol divisó una naranja, grande y lustrosa de las que no se veían. Tuvo la tentación de acercarse y, al menos, contemplarla como si fuera un regalo del dios de la aldaba, pero se dio cuenta de que, en caso de que tuviera derecho a comerla, tendría que compartirla con su hermana. Ni siquiera contemplarla, pues la delectación visual que precede a la comida, el olor del cítrico inusual, es el culmen de la felicidad previa a la ingesta, aunque después no se coma.

Decidió seguir sentado y esperar a que fueran apareciendo. Al poco, sintió en su paladar un regusto áspero, como de incertidumbre sobre lo que pasaría. Echó de menos a sus familiares y apeló a su sentido de la cordialidad, ya que en un pueblo minero, donde los bares hacían de jueces y testigos atrabiliarios de la prisa de sus parroquianos, la puntualidad se quedaba en un gesto que pocas veces se manifestaba. Se armaría de paciencia; no en vano era un niño tranquilo.

No supo cuánto tiempo había pasado; quizá poco porque el pábilo de la vela seguía tan lozano como al principio, tal que la llama que desprendía fuera de atrezo. Empezó a entrar gente y a sentarse, alrededor de la mesa, en las sillas restantes a la suya, con un murmullo de sorpresa. Sin hablar, lo miraron, como si estuvieran viendo a un fantasma, a un niño fantasma que hubiera interrumpido su calma, pero sin perder el gesto de calidez que los precedía. Alguien encendió la luz y se encontró con los rostros de mineros que conocía a pesar del maquillaje que impregnaba el polvo del carbón, como una máscara indeleble. Ninguno le aclaró por qué no asistía su familia y él no preguntó. Era extraña la nochebuena y, aun con añoranza, se sintió gratificado por la suerte.

Le extrañó que nadie le preguntase por qué nunca se había atrevido a acercarse al pozo. El niño sabía la respuesta; pensó en su padre, pero no dijo nada –estaría a punto de llegar; él siempre aprovechaba las horas de luz, aunque fuera de noche-, no era necesario. Sólo uno de ellos, el viejo Antón, se atrevió a romper el silencio para hacerle una pregunta: ¿Por qué nunca aprendiste a jugar al tute?

Se fueron poco a poco y, otra vez, se quedó solo, sin saber a dónde dirigirse. Al cabo de un rato, insondable, decidió que iría hasta el castillete. No sabía bien si para rendirle pleitesía o para dinamitarlo. Cualquiera de las opciones era menester de minero avezado.

Atrajo la puerta hacia sí, pesaba. Miró la aldaba y rozó su puño de acero, precursor de tantas batallas perdidas. Salió a la nieve. Miró hacia las montañas, veladas por la niebla y, cuando iba a echar el paso quizá más determinante de su vida de niño, vio en el horizonte helado recortarse las figuras de los tres reyes magos con sus pajes.

No le extrañó que todos fueran negros. Es lo que corresponde a un pueblo minero donde, a pesar de los pesares, se sigue celebrando la nochebuena.

 

Katina; sabes que el niño estuvo allí y que yo sé que lo sabes. Tú fuiste testigo y parte de la felicidad del reencuentro. Aunque no sepa jugar al tute.

Un viejo prematuro.