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ESPIDO FREIRE Melancolía creativa, ausencia venturosa

De la melancolia
De la melancolia

Para un gallego la morriña no se traduce en nostalgia, sino en melancolía y Espido Freire es muy gallega, aunque naciera en Bilbao.

La melancolía viaja hacia atrás para coger impulso y modelar el futuro.

Recuerdo que Ramón Pernas, de quien hablé no hace mucho, solía distinguir entre nostalgia y melancolía, para aseverar que él estaba instalado en la melancolía. Nada raro en un autor procedente de las tierras del noroeste, donde termina el mundo conocido y empieza el imaginario.

Para mí que Espido Freire, de quien hablo ahora, si no está instalada en la melancolía, también está a punto de hacerlo, ya que merodea mucho a su alrededor. Siempre que hablo de esta escritora me viene a la cabeza su novela, Irlanda (1998), un principio fulgurante, que la llevaría a ganar el Planeta al año siguiente con tan solo veinticinco años y habiendo practicado ya otras artes. E Irlanda cada vez se me parece más a El baile de Irene Nemirovsky. Lo he comentado con la autora bilbaína y me ha asegurado que no había leído a la autora de la Suite Francesa cuando escribió su primera novela. La creí y lo creo ahora, pues los duendes de la literatura proporcionan conexiones sorprendentes, ya que, con más frecuencia de la prevista, también ellos se dejan arrastrar por la melancolía. Porque Espido Freire es de Bilbao, pero su ascendencia es gallega y ella gusta de pasear entre los eucaliptos y los loureiros, entre las lágrimas de la niebla y los susurros del mar y la leyenda. Y porque, para un gallego, la morriña no se traduce en nostalgia, sino en melancolía.

Y porque hay una gran diferencia entre ellas, tanto si estás en contacto con la naturaleza, el paisaje y la ausencia, como si vives en una gran urbe, donde muchas veces el paisaje se reduce a la ventana que nos aboca a la soledad. Mientras la nostalgia es reductora y opresiva en muchos casos, pues somos nosotros los que la provocamos para acomodarla a nuestro destino; la melancolía es, en su esencia, creativa, aunque venga provocada por una ausencia inesperada. La nostalgia nos empuja hacia atrás, en busca de una memoria que ya no existe. La melancolía viaja hacia atrás para coger impulso y modelar el futuro.

La mujer que narra y vive en propia persona esta novela, que Espido titula con acierto De la melancolía, es la prueba de ese impulso que, muchas veces al borde del precipicio de la depresión, la hace seguir adelante. La propia narradora habla de que, en muchas ocasiones, ese estado de pérdida irremediable conduce al suicidio. También este hecho, si lo pensamos bien y a pesar de su crudeza y consecuencias, es un acto literario; creativo.

Cuando la protagonista, de manera inesperada, es abandonada por su marido y poco a poco descubre que era un mequetrefe que la había dejado sin blanca, se instala en un estado proclive a las emociones contradictorias; pero que, en lugar de conducirla al precipicio, la dirige hacia el cambio. La repentina ausencia de su marido, al que estaba pegada sin remisión, se convierte en el acicate perfecto para empezar una nueva vida, a pesar de las dificultades económicas provocadas por el interesado de su marido y por la crisis, que venció a muchos.

La melancolía rescata a los fuertes que no saben que lo son, quizá porque necesitan muy poco para sobrevivir, los recuerdos nunca son inventados y, por lo tanto, no te atan al pasado. La salvación, el muro que se antepone al vacío, puede llegar de la forma más insospechada. Aparecer en un recodo de ese camino que se inicia huyendo de la soledad. En este caso la figura que redime a la narradora (no vamos a preguntar si tiene algo de autobiografía, porque no hay novela que no la tenga, por muy realista que sea) es la de un anciano que precisa de cuidados continuos, por más que su cabeza siga lúcida.

El bálsamo de Fierabrás, el resquicio del que salir de las garras de la ausencia, radica, también repentinamente, en la memoria del viejo, que se va esparciendo por la novela sembrando una emoción distinta que acaba con la tortura del propio recuerdo con el recuerdo de otras torturas y heridas más profundas: la guerra y el exilio.

Recuerda el viejo la guerra civil, la emigración, el alistamiento, la pérdida de la familia, la muerte, la guerra europea, los colaboracionistas franceses, la postguerra y la incertidumbre de qué hacer cuando la guerra da un respiro a un futuro que se ha roto en pedazos. No es una memoria triste; lo que es triste es que el amor se pierda por culpa del olvido que se instala en la memoria efectiva.

Espido escribe fuerte y claro; que es el único modo de que las emociones afloren y lleguen al lector. La novela nos recuerda cosas que no provienen de la nostalgia (no se puede tener nostalgia de los acontecimientos bélicos y de la maldad y penuria que conllevan; menos, cuando no se han vivido), sino, tal vez, de la melancolía, que también es el estado habitual de muchos de nosotros.