Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

BIBLIOTECA DE RELECTURAS NECESARIAS Mercier y Camier. Samuel Beckett

 

Hay muchas clases de lectores y todas ellas podrían englobarse en dos categorías: lectores activos y lectores pasivos.

El que relee es por fuerza un lector activo al que le gusta ir cada vez un poco más lejos, rebuscar entre las palabras almacenadas, desvelar nuevos secretos antiguos.

La literatura −sin objeción por parte de los géneros literarios; si bien en su contexto más próximo a la narrativa− es, casi por definición, un viaje. Por consiguiente, la lectura es una aventura; a menudo, una odisea. No es extraño, por lo tanto, que la Odisea, de Homero sea uno de los referentes más conspicuos tanto si se habla del viaje literario como de aventura.

La diferencia radica en la disposición con que afronta cada lector la aventura del viaje que se le propone; su grado de implicación a la hora de abordar la lectura, su compromiso −en cierto modo la lectura es una suerte de reescritura; ya se ha dicho− con el destino que empieza a fraguarse no bien se embarca, a merced de los vientos y tempestades que pueden sobrevenir en cuanto se abre el libro y el argumento empieza a deslizarse sobre las olas que arrastran la nave hasta quién sabe dónde. Si lo hace, bien cual turista accidental, bien como distracción o entretenimiento, desde el cómodo sillón de su casa, la estrechez de los asientos de un avión suspendido en la prisa por abarcar el cielo o en la cómoda amplitud y la falsa parsimonia del tren. O, por el contrario, con la inquietud del que viaja a pie, pateando las palabras, eligiendo en cada cruce de caminos, saboreando el paisaje, penetrando sin miedo en la espesura de las zonas de sombra y niebla, llegando a los rincones oscuros, buscando la  esencia que se destila de cada renglón, detrás de las palabras, entremedias, aceptando los riesgos y las sorpresas, preguntando e interrogándose a la vez. Ni en uno ni en otro caso cobra demasiada relevancia el bagaje del lector.

La literatura es un viaje que cobra mayor elocuencia cuanto mayor es la disposición del lector a reescribirlo. Tanto es así que hay libros sólo aptos para lectores activos que no dudan en enfangarse en el lodo que supuran las aguas pantanosas o en soportar rayos y truenos, abordajes intempestivos, vientos huracanados, si al final encuentran lo que quizá buscaban sin buscarlo conscientemente. Sólo esos viajes, como premisa deseada, son capaces de imprimir un nuevo destino en la configuración personal del lector e incorporarse a su memoria como una imposibilidad vivida.

Uno de ellos es −para mí no hay duda− Mercier y Camier del escritor irlandés afincado en Francia, secretario de James Joyce y Premio Nobel en 1969, Samuel Becquett, que en muchas ocasiones he tomado como referencia para aludir a los distintos tipos de viaje; a saber: los que permiten que el viajero regrese al punto de partida, los que obligan al viajero a no regresar nunca y los que, sin llevarse a cabo, reflejan toda su intensidad abalados por la fuerza de la imaginación.

Con no ser la más renombrada de las novelas de Samuel Beckett, frente a la más conocida pieza teatral Esperando a Godot o la trilogía que resalta la enorme actividad del cuerpo inmóvil: Molloy, Malone muere y El innombrable, donde lo que se cuestiona en esencia es la pérdida de la identidad activa, pérdida que desemboca en una quietud alarmante, incluso la quietud de la muerte, sólo aplacada por el flujo del pensamiento, incluso después de la muerte o en el tránsito hacia la desaparición, los personajes de ésta, Mercier y Camier, buscan a todas luces un atisbo de identidad que les congracie con la existencia, la propia, existencia dual a pesar de parecer única, iniciando un periplo circular alrededor de si mismos, perseguidos por ellos mismos; un periplo atrabiliario entre la imposibilidad de moverse más allá de las fronteras de sí mismos y el vértigo del abismo que se abre a sus pies. Un periplo incendiario de las normas que enajenan la voluntad individual, incluso cuando esa voluntad se divide en dos, para el cual no necesiten salir de casa, aunque salgan −o nos sugestionen para hacernos creer que lo hacen−, ni más recorridos de los que abarcan sus pasos o un corto trayecto en tren entre estaciones donde inevitablemente hay un bar, una cantina o una tasca, donde el misterio es más voluble que a campo abierto o bajo un aguacero, ni tengan que abandonar su ciudad, a la que vuelven de una manera obsesiva, buscando la quietud que otros personajes encontraron en la cama o en la muerte, aun sin muerte por medio.

Los personajes, Mercier y Camier, empiezan la aventura siendo dos conocidos que se desconocen y la terminan siendo dos desconocidos que han intentado conocerse a pesar de las circunstancias poco favorables para el viaje. La aventura se ha llevado a término en el fin de la partida, lo que no es baladí en un tiempo en el que la identidad no era un atributo que se cotizase al alza. Eran tiempos recios donde quizá el tiempo, con su carga de profundidad mojada, sea lo que les sobre a los personajes y de ahí que utilicen la eternidad de unos pocos días, tal vez un instante de eternidad, en reencontrarse consigo mismo o, quién sabe, consigo mismo.