Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

Juan José Millás

La vida a ratos es eso: ratos reales que parecen ficticios y ratos ficticios que parecen reales.

Hay pocos escritores que desmenucen la vida cotidiana y la eleven a categoría de acontecimiento literario como Millás.

Para  ser ingenioso no hace falta ser un genio; sin embargo, para ser un genio si hacen falta buenas dosis de ingenio. En cualquier caso, la categoría de genio suele otorgarse con el tiempo, pasados muchos años sobre la tumba y la obra del sujeto agraciado con semejante atributo. No es fácil percibir la genialidad y, mucho menos, otorgarla, a no ser en charlas de café o tertulia.

Así pues, no desmerece el elogio si digo  que Millás no es un genio -el tiempo dirá, el tiempo pasa rápido-; pero de lo que no cabe duda es de que le sobra el ingenio. Y esa no es su principal arma narrativa.

Fijaos, si no, en el título de este artículo, tomado prestado de una frase del propio autor en este La vida a ratos: ¿Es la escritura una especie de prótesis?

El ingenio sin fundamento es como un mal chiste, hinchado y falaz. El ingenio consiste en la chispa que enciende la tea del pensamiento o la imaginación: fugaz y sorpresivo. Leyendo a Millás se tiene la conciencia de que la chispa va a encenderse en cualquier momento aunque no se sepa cuándo: una chispa con fundamento que enciende pensamientos, recuerdos, ficciones, memorias y requiebros estilísticos y realidades con más significados de los previstos objetivamente. Chispa que apenas iluminaría sin la pericia de Juan José Millás para unir búsqueda y hallazgo y adaptarlos al ritmo de una narración que da la impresión de no ir a ningún sitio concreto, porque está en todos o de todos extrae algo curioso.

Y de ahí surge el auténtico soporte del ingenio del escritor valenciano: su natural curiosidad. No como una aptitud ante la vida; sino como idiosincrasia (¡vaya palabrita!), una forma de ser. Como la de quien encuentra, a veces dentro de la más pura inconsciencia; que la de quien busca con un objetivo determinado y tiene claras las coordenadas de dicha búsqueda.

Es esa curiosidad natural, primigenia, que encuentra sin buscar, la que permite a Millás, ver lo que no existe o no existe de una forma visible, lo imposible (ahí el quid de la pulsión narrativa), lo imposible verosímil o negro, quizá tenebroso, fantasmal; tanto en sus textos de ficción, sus artículos  o sus confesiones literarias. A ello se debe la abundancia de frases ingeniosas e inteligentes.

Millás ha dado vida a un concepto propio de lo verosímil y lo adapta con imaginación a situaciones cotidianas sin demasiado interés, sin ese punto de incandescencia imaginaria y real que, en un momento dado, hace saltar la chispa de la sorpresa y activa el mecanismo del ingenio que atraviesa, como un rayo, fugaz pero contundente, el texto.

Decir que este libro, La vida a ratos, es el que recoge con más verdad la paradójica personalidad literaria del autor de La soledad era esto o Que nadie duerma, es a todas luces insuficiente. En este libro, diario, semanario, novela de novelas, las lecturas son variables y diversas, aparece en esencia el personaje Millás, a veces Juanjo, en cuerpo y espíritu. También en mente; por eso sus visitas, casi diarias, a su psicoanalista.

Se trata de un personaje Millás, a veces Juanjo, escritor, que significa al autor de tantas novelas, cuentos y textos periodísticos, en los que no falta por escudriñar ningún rincón de las innumerables esquinas de la vida.

No es fácil reunir en un mismo plano lo real y lo imaginario, lo ficticio y lo verificable. En lo referente, tanto a Millás escritor, como a Millas personaje, hay que partir de esa conjunción, que ampara el viaje que el autor acomete cada día, ya sea para volar sobre un tiempo que no tiene contornos, para adentrarse en los recovecos de su escritura o, simplemente, para escribir, presentar novelas, ofrecer charlas en todos los lugares del mundo; pero con la seguridad de que nada es verdad ni es mentira y que la verdad puede encontrarse en cualquier parte, incluso en la mentira, cuando ésta es favorecida por el ingenio auténtico.

Millás es Robert Walser, paseando sin rumbo, es decir, hacia la propia vida, tratando de evitar la extrañeza que a la inteligencia le provoca la existencia, con la mirada extrañada, buscando una señal o encontrando sin buscar nada. Un paseante con la edad suficiente como para mirar a la muerte cara a cara y valorar el miedo que se le tiene, pero sobre todo el terror que provocan los pasos previos al momento final: la enfermedad, la neurosis, el dolor, la extinción.

Inevitablemente, surge el suicidio, como posibilidad y como remedio, decisión personal, libertad. ¿Coraje o frustración? Muchos son los libros leídos, últimamente, en los que el suicidio es un elemento fundamental en el desarrollo y evolución de los protagonistas. Lo veo lógico: así como la muerte nos espera en cualquier recodo el camino, viajamos con el suicidio en mente, más cuando somos conscientes de que la muerte se aproxima; como si quisiéramos anticiparnos a ella. Otro imposible.