Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

Luis Mateo Díez

Gente que conocí en los sueños.
Luis Mateo Díez

Los cuatro relatos que componen Gente que conocí en los sueños, son un reflejo del Mateo más profundo.

Las ilustraciones de Mo Gutiérrez Serna son estupendas y más que pertinentes para un mundo que camina entre sombras.

No en vano la acción de los relatos de Gente que conocí en los sueños (Nórdica libros) transcurre en las Ciudades de Sombra de la peculiar geografía literaria de Luis Mateo Diez. Un mundo propio donde la existencia camina por la cuerda floja de la fantasía y la desaparición.

Se dice a menudo que el dolor y la muerte forman parte de la vida; la muerte como destino y el dolor como parte sustancial de todo bicho viviente. Aceptar esto, sin embargo, no supone ningún consuelo. De ahí, la incesante búsqueda de la felicidad, interrumpida por las constantes desavenencias con la vida.

Ilustracion de Mo Gutiérrez

He leído en algún sitio la respuesta de Luis Mateo a una pregunta de su entrevistador (de cuyo nombre no me acuerdo aunque quisiera acordarme): “La vida me ha enseñado a gestionar la desgracia”. La ficción no redime; pero ayuda a sobrevivir, al menos hasta que las novelas se llenen de realidad y el destino aparezca en titulares negros.

La vida es muchas veces insoportable y no hay nada más allá de la muerte. Esa es la razón, o una de las razones, de que el autor de La fuente de la edad, haya elegido ese territorio fronterizo entre lo real y lo imaginario donde los muertos conviven con los vivos y el Todo y la Nada juegan a los acertijos. Cuando la realidad se muestra más áspera de lo debido sólo hay un camino posible que facilite la huida, precisamente, hacia ese territorio donde la luz ha de intuirse a través de las sombras.

En las Ciudades de Sombra, cuando se adopta su paisaje como refugio ante la fatalidad, la literatura como bálsamo y la palabra como defensa, todavía queda un atisbo de esperanza. Aún no se ha hecho noche del todo. La muerte consiente que algunos de sus reos regresen a la tierra, paseen por las calles de la ciudad, convivan con los vivos, entren en los bares y diseminen su sabiduría.

Se trata de una convivencia sana y beneficiosa para todos porque cuando alguien llega a una Ciudad de Sombra ya empieza a tener más cosas en común con los habitantes de la noche que con los que van llegando y aún conservan algún recuerdo de lo que era la vida.

Ilustracion de Mo Gutiérrez

El deseo de desaparecer en algún momento, cuando la realidad se pone el hábito de la fatalidad, es material sensible y, a menudo, explosivo. El diablo siempre está al acecho de las vidas descarriadas y de las almas en tránsito. Las tentaciones están a la vuelta de la esquina, te caen por sorpresa, es difícil  no caer en ellas. El diablo compra barato y el desesperado regala más que vende su alma. Pero el diablo tiene sus exigencias; de modo que si, muestra de pícaro, decides vender el alma de un amigo para recuperar tu salud, recuerda que será tu amigo quien tenga que darle cuentas. No hay nadie más pícaro que el diablo.

Luis Mateo Diez ha escrito cuatro relatos fantásticos, dignos de su mejor literatura; aquella en la que la ficción se incrusta en la vida de tal manera que es difícil distinguir una de otra o de verificar cuál es la verdadera y cuál la falsa. Su obra está plagada de fantasmas que de lo único que no dudan es de su condición de espíritus corpóreos apegados a la tierra, quizá para tratar de enderezar los caminos torcidos que tomaron durante su vida.

El humor es el condimento inequívoco también en la obra de Mateo. A veces un  humor negro y desolado; a veces sereno y lúcido; a veces desbocado y punzante; a veces reflexivo. A veces, también, la risa; aunque el territorio se haya vuelto agreste y poco solidario con sus habitantes.

La reflexión ha de empezar por la risa; el matiz lo pone el humor sosegado que interroga sin aspavientos.