Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

Amy Tan

Planeta publica una edición conmemorativa del 30 aniversario de El club de la buena estrella.

Los personajes de Amy Tan son mujeres fuertes, para nada indulgentes; en cierto modo, trasuntos de la autora.

Viene a cuento esta edición de la famosa novela de Amy Tan, El club de la buena estrella, en un momento en el que la lucha por la equiparación de la mujer al hombre, la lucha por la igualdad de género, está acercándose a su punto álgido. Hace treinta años que Amy Tan, con otras mujeres, incluso mujeres de su propia familia, proclamaba esta necesidad y lo hacía recurriendo, en esencia, a su propia biografía. Viniendo de una escritora norteamericana de ascendencia china el asunto cobra mayor trascendencia. No se puede separar la obra narrativa de Amy Tan de los elementos que conforman su biografía y, como sabemos, el estímulo autobiográfico se alimenta de las experiencias propias y de la memoria que han ido conformando los que nos precedieron.

Amy Tan pertenece a la primera generación de chinos nacidos en Estados Unidos. Asunto para nada baladí, si tenemos en cuenta que las generaciones marcan al individuo en la misma medida en que la suma de los individuos, sin olvidar las circunstancias históricas, confieren un destino determinado a las distintas generaciones. Y, si se cuenta con dichas circunstancias, parece innegable que no es lo mismo luchar por la igualdad de género en la China de la primera mitad del siglo pasado que en los Estados Unidos de la segunda mitad de siglo, a pesar de los ingredientes sociales y los poderes fácticos que a veces se empeñen en desvirtuarla.

Puede parecer de Perogrullo, pero de esta reflexión volandera, hecha con treinta años de retraso, nace el germen de El club de la buena estrella; título que invita al optimismo, a pesar del mundo oscuro que acecha a las protagonistas y que está muy presente en la novela.

Dice Amy Tan en el prólogo a esta edición, prólogo inédito por cierto: “La ficción me permite crear escenas como por arte de magia, añadirles detalles de mi vida o de la vida de mi madre, modificarlas y hacer todo lo que convenga para contar una historia. Es el mercadillo definitivo.” Y más adelante: “Las historias que contaba mi madre eran una purga para su dolor. En realidad, sus historias y mi infancia fueron mucho más sombrías que las vidas de las madres y las hijas de la ficción. Cuando era niña, yo era la infeliz receptora de esas historias trágicas.”

El pasado es capaz de inocular un virus que, tomado en grandes dosis, puede ser letal. Conviene administrarlo bien, para que, en lugar de aniquilarnos, fije el presente en el momento del cambio, antes de que éste se convierta también en memoria. Amy Tan modula bien los recuerdos propios y los contenidos en las historias que le contaba su madre para, a pesar del dolor y los momentos oscuros (los caminos que conducen a ellos son infinitos: el racismo, la pobreza, el fascismo, el odio, la mentira, etc…),  construir un mundo nuevo que trascienda a la memoria y no permitir que los recuerdos se conviertan en una condena.

Los personajes son todos femeninos, salvo la irrupción de algunos secundarios, sobre todo hombres, que cobran gran relevancia por representar el mal y el abuso; una figura negativa y malformada que tiene su mayor reflejo en el maltrato, el abandono o la disposición de varias concubinas: la expresión máxima de la desigualdad entre el hombre y la mujer, objeto, cuando no prostituta sin remuneración o con el premio de ser violada. Los recuerdos persisten, el dolor no se extingue, pero el mundo cambia, por más que todavía haya que arreglar algunos socavones en el suelo que lo soporta. Las historias que la madre de Amy Tan le contaba en su infancia son fundamentales en la construcción de su mundo imaginario, en el que memoria y ficción se complementan.

El club de la buena estrella es una novela intensa –quizá como consecuencia de que sus capítulos anteriormente eran cuentos- que nos bombardea de modo inmisericorde, nos golpea con puños de hacer; pero también nos ofrece esa luz necesaria cuando el polvo del lado oscuro ciega nuestros ojos.

El pasado no cambia; pero, quizá, su recuerdo hecho novela, ayude a mejorar de cara al futuro.