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Julio Llamazares. El lugar de los secretos

Julio Llamazares. El lugar de los secretos

“El principio de la Literatura está en el viaje”; lo dijo Julio Llamazares durante la presentación de su último libro, “Las rosas del sur”, en el Museo de la Siderurgia y la Minería de Sabero (León).

También dijo que sin poesía no era posible la literatura en ninguno de sus géneros.

Si a estos les añadimos la memoria, obtendremos el triángulo perfecto para que cualquier acto sea una buena excusa para encontrarse con la literatura.

Con Julio Llamazares es fácil. Para empezar, su magno proyecto, terminado después de quince o veinte años, el viaje por las catedrales de España, podía, según dice, ser una excusa para visitar todas las ciudades de España. “Las rosas de piedra” y “Las piedras del sur”, ahí están, más de mil quinientas páginas que corroboran que, cuanto menos, quieto no se estuvo durante estos años. Las motivaciones del viaje son diversas y de variada envergadura según por qué mundos se desarrolle éste. El mundo de las piedras es también el mundo de sus secretos, de sus historias y de sus leyendas.

Paréceme a mí que la presentación del libro de las catedrales en la Catedral de la Siderurgia de Sabero (que Epicuro ya ha visitado en entregas anteriores), fue así mismo una excusa para regresar al pasado, al viaje primigenio, a la memoria y al lugar de los secretos literarios. Cuando las palabras fluyen, los secretos se develan con facilidad.

El discurso sin retórica desgrana los distintos territorios que propiciaron que la poesía se esparciese por las páginas de los libros que dieron cuerpo al viaje de iniciación; cada territorio con su memoria y, a su vez, con su espacio imaginario. Entre las piedras de la catedral de la siderurgia (lo sé por experiencia), que otrora fue asilo de farmacia y economato, incluso campo de juegos y albergue de lluvias y nieves en los recreos para los díscolos chavales de la mina que bajaban a desasnarse en los colegios de la capital del valle, es fácil recordar, aunque no todos los recuerdos sean felices; sí todos necesarios.

El viaje literario de Julio Llamazares empezó con la memoria del agua. Los pueblos anegados por el embalse del Porma, las gentes desterradas después del desahucio, los recuerdos apelmazados con el légamo que desprenden los edificios abandonados. Pero no queda ahí. No sólo es una memoria subterránea; por más que muchas veces discurra por esa fina línea que separa o funde lo subterráneo (por ejemplo, la mina) y los paisajes que se despliegan a partir de las raíces que surgen de ese mundo oculto. El paisaje es fundamental para forjar un carácter y reunir los pertrechos para el viaje.

El paisaje de la mina, él dice, es peculiar, ni peor ni mejor, sino distinto a otros. Julio no tuvo nada que ver con la mina, salvo que su padre (le llamábamos Don Nemesio) era maestro de escuela durante el franquismo (como nosotros éramos niños en el franquismo y nuestros padres eran padres y mineros en el franquismo. Ocupó su padre durante años una plaza de maestro en el valle, concretamente, en Olleros y Julio tuvo la oportunidad de mezclarse y vivir las experiencias de “guajes” cuyos padres bajaban todos los días al pozo y se convertían en seres anónimos durante, a veces, dos relevos. Julio era hijo del maestro, pero en su memoria guardó bien el secreto de una experiencia que lo acercó a situaciones límite, derrumbes, escapes de grisú, fantasmas tiznados de negro enterrados de por vida y de por muerte. Ese secreto lo ha sacado a relucir en varias ocasiones; pero el otro día con especial atención al público que se reconocía en sus palabras.

El autor de “Luna de Lobos”, llevada al cine por el director y común amigo, Julio Sánchez Valdés, recuerdo de la recidiva sangrienta de una guerra civil, especialmente, virulenta en las montañas que unen León con Asturias y Cantabria, dedica un exitoso homenaje a su estancia en el valle: “Escenas de cine mudo”, no muy bien entendida (si bien sí leída) por algunas gentes del lugar. En este encuentro el escritor, con más fortuna, logró convencer de la dimensión novelesca del libro; al que, por cierto, sólo pongo un reparo. El nombre del cine protagonista de las escenas no era el cine minero, sino el cine obrero, como atestiguan las placas originales de las puertas, que guardo con orgullo en mi lugar de los secretos.

Hay viajes que se hacen a pie de paisaje, como “El rio del olvido”, el Curueño, donde se baña su hijo los veranos, donde quizá se bañó también su sobrino, David Rubio, director de la Nueva Crónica de León, que también nos acompañó en el acto e iluminó con sus preguntas las zonas más sombrías de un viaje que no acabará allí.

Al fin, el acto de presentación de un viaje por las catedrales de España, se convirtió también en una excusa para vernos y comulgar con un tiempo que, no por pasado, se puede dar por olvidado. Y, como no, para advertirnos de que a los dos días cerraría la última mina de León y, con ella, se echaba el cierre a un modo de vida. Las promesas de reindustrialización de la zona son como aquellas naranjas que les daban a los mineros con el aguinaldo en Navidad, grandes y lustrosas, pero escasas.

Como en otras ocasiones, precisamente, en el valle donde vivió Julio parte de su infancia, los Reyes Magos nos han traído en lugar de carbón, el cierre de otra mina.