Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres
El óxido desprendido de la boca

Gamoneda

En 1931 nace Antonio Gamoneda en Oviedo. En 1934, huérfano de padre, se traslada a la ciudad de León.

Hijo único, llega junto a su madre a la capital leonesa para habitar con la necesidad material y la condición asmática de la madre, situación que se agrava en el clima de violencia prebélico del momento.

Con los escasos recursos disponibles más un libro, Una más alta vida, escrito por su padre y sobre el que el niño, “Toñín”, aprenderá a  descifrar y unir letras, a leer; la familia ocupará una vivienda en la Carretera de Zamora de la ciudad del Bernesga.

Con lo que aporta la madre, modista por cuenta propia, sobrevive la familia. Entre la necesidad y el miedo, entre la pobreza y la muerte “yo nací a la conciencia en 1936. Desde mis balcones podía verse la represión (…), los preparativos, los miedos, los gritos de los familiares, la sangre en la calle”. Tras el óxido de las barras protectoras del balcón del domicilio familiar observa las cuerdas de presos que con paso cadencioso,  cabizbajos, avanzan hacia la cárcel instalada en San Marcos y, muchos, al exterminio. El niño “Toñín” conoce la humedad del terror, el frío de la aniquilación en una España; en la que, al decir de Miguel Hernández, abundan más los ríos de sangre y las sementeras de cadáveres que las cosechas de trigo. Las cuerdas de hombres destilaban olor a grisú y a tierra estercolada, eran mineros y agricultores que caminaban como rebaño de corderos al ara del sacrificio. Su delito era, en la mayor parte de los casos, defender la libertad y una República legítima.

“Las lágrimas del cerebro discurren por el corazón”, nos dice Leonardo Da Vinci y será desde este espacio desde el que arranca la sensibilidad creadora de Antonio Gamoneda. La memoria, la brega contra el olvido y el reconocimiento de que lo que no alcanza la tradición, es poesía, o  una manifestación inquietante que pregunta. Y toda pregunta reverbera una inquietud y la expresión de una intimidad. “Mi tipología de escritos, declara, ha de ser la que pueda darse en la suma de unos componentes históricos y biográficos que son, más o menos, los siguientes: la pobreza familiar, escasa escuela pública y contemplación inocente de la crueldad y la miseria moral de la guerra y de la posguerra militarizada (…) las lecturas nada selectas; trabajos desde la niñez en niveles inferiores.

Estos son los niveles culturales primarios. A continuación, con la vocación poética ya descubierta, estudios accidentales y lecturas tirando a imprevisibles, nada de viajes educativos, y jornadas laborales de doce horas, menos los domingos que sólo hacíamos tres”.

El nutriente intelectual y ético del poeta era poco edificante en los inicios biográficos. ”Mi sensibilidad y mis pensamientos se desarrollaron contaminados por este sufrimiento que entraba en mí”. Estos contenidos y esta experiencia se adentran en la capacidad selectora del poeta para trasformarlos en conocimiento, para expresarlos en versos de denuncia y de compromiso, cargados de interrogantes y como manifestación que después de Auschwitz cabe la poesía, pues es necesario que no todas las voces sean silentes frente al drama, que desde el hondón de los creadores salga el fuego que derrita la nieve, expulse el frío de la muerte y disuelva  la niebla.

El lector atento y comprometido no permite la existencia de una ciudad amordazada y avergonzada. Gamoneda se muestra en duermevela frente aquellos días de luto, “los días eran espesos en mis párpados”. Sufre censura, mas los poemarios surgen ensartados y caerán como gritos nacidos en un armario de silencios aterradores, como eslabones oxidados que refulgen como estrellas desde Sublevación inmóvil (1960) a Esta luz. Poesía reunida. En este espacio encontramos Descripción de la mentira (1977, Blues castellano (1982), Lápidas (1987), Libro del frío (1992), Libro de los venenos (1995), Arden las pérdidas (2003), Cecilia (2004), Extravío de la luz (2009) o La pasión transparente (2016). Serán libros o cuencos que acogen la palabra cargada de memoria, palabra ontológica nacida en un topos que se precisa aliviar frente al miedo y a la desazón, donde los sables y la tortura, los palios y las pistolas, las procesiones y la propaganda enlutan los días. “Quemaron libros y quemaron seres humanos en mi tierra “, “esta es la tierra donde el sufrimiento es la medida de todas las cosas”, nos confiesa el poeta, pues en ella “llueve sin esperanza” y en palabras de Kafka que el poeta repite: “vivimos en un lodazal de mentiras”, pero queda como cobijo el regazo de una madre atareada y el calor de una hornilla frente al acerado frío del miedo y la necesidad.

Antonio Gamoneda a los catorce años se inicia en el trabajo en largas jornadas por 89 pesetas al mes y prosigue su autoformación  en estudios. Como buen lector atrapa contenidos que lleva a conocimientos con desorden didáctico pero atrevido; no obstante, C. Vallejo, Kafka, Lorca, Rimbaud, P. Celan, N. Hikmet, Saint Jhon-Perse y otros le acompañan en lecturas apasionadas y arriesgadas.

El creador leonés, de origen asturiano, es un caso paradigmático de máxima unión entre vida y poesía. Leer sus versos es vía diáfana para adentrarnos en la biografía propia, la de una ciudad (León) y en un espacio-tiempo (España posbélica). Sus poemas nacen desde la orfandad y las pérdidas como voces contra una realidad putrefacta contra la que grita resistente  con voz propia “hasta cansar mi corazón”, nos confesará.

En este contexto reiteradamente defiende el pensamiento poético, pues la poesía es “una emanación de la vida”, “el conjunto de mi poesía no es otra cosa que un relato de cómo voy hacia la muerte”, pues “crece la muerte con la vida”.  Es pues una poesía metafísica y existencial, gnoseológica y ajena a modas.

La obra de Gamoneda desde hace años recibe los máximos galardones y reconocimientos, se traduce y reedita, se estudia y expone a la vez que el creador lucha para que el óxido no se deposite en su lengua y ésta se manifieste exigente y sin imposturas, seductora y transparente, mas todo por sencillamente ser humana. Voz de poeta.