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La última carga del general Colbert y el eco que ha dejado la batalla de Cacabelos 210 años después

Cuadro del General Colbert
Cuadro del General Colbert

El general Colbert estaba decidido a tomar el puente a toda costaLos ingleses se parapetaban al otro lado del río Cúa, húsares y fusileros mezclados en completo desorden entre los viñedos nevados después de la estampida que había provocado la irrupción de la caballería francesa para cerrar el cerco de Cacabelos.

“Adicto a la gloria”, según lo ha descrito el historiador Christopher Summerville, y convertido “en el hombre más apuesto de Europa” a sus 31 años, Auguste Françoise-Marie de Colbert-Chabanais estaba harto de toparse con enemigos borrachos: rezagados del cuerpo expedicionario británico bajo el mando del general sir John Moore, en retirada hacia el puerto de La Coruña, que sin orden ni disciplina se demoraban en las bodegas de los pueblos del Bierzo, saqueaban las aldeas y, como había sucedido poco antes con la villa de Bembibre, incendiaban las casas y la iglesia, violaban a las mujeres y asesinaban a todo aquel que les hacía frente, antes de que la vanguardia francesa, los dragones a caballo, diera cuenta de ellos a sablazos.

Así que pensó que la conquista del puente de Cacabelos, defendido por el general Edward Paget, no sería una empresa difícil, ni le llevaría demasiados hombres, y ordenó a sus jinetes que marcharan en columna de a cuatro para lanzarse a la carga.

Los cañones tronaron. La artillería inglesa comenzó a barrer la colina por donde descendían los franceses a caballo, que enseguida se colocaron a resguardo en la hondonada anterior al puente. “Cuando reaparecieron les esperaba una cálida recepción”, relataba el soldado Robert Blakeney, que contaría su experiencia en la Guerra Peninsular –así llaman los ingleses a nuestra Guerra de la Independencia-  contra el poder creciente de Napoleón en un libro posterior.

Los jinetes de Colbert cruzaron el puente al galope, en medio de grandes alaridos que enseguida quedaron ahogados por la descarga de fusilería del 95º Regimiento que les aguardaba en los cercados de los flancos, mientras los hombres de la Compañía Ligera de la tropa de Moore, formados en el camino de Villafranca del Bierzo con la bayoneta calada, les cerraban el paso.

Así que a los franceses no les quedó otro remedio que darse la vuelta. A su espalda, “el camino quedaba tapizado de muertos –contó Blakeney (Un chico en la Guerra Peninsular: Los servicios, aventuras y experiencias de Robert Blakeney, subalterno en el 28º Regimiento, Londres 1899). Y “entre los caídos hubo que lamentar sobre todo uno; el aguerrido general Colbert, con su marcial apariencia y su noble estampa de gesto viril, que con su osada valentía despertaría la admiración de todos”.

Así lo vio el soldado de 20 años Robert Blakeney. Y así lo reseña Summerville en La marcha de la muerte. La retirada a La Coruña de Sir John Moore, 1808-1809. “El relato de Blakeney sugiere que el general Colbert halló la muerte durante esta delirante carga a través del puente hacia la boca de los cañones británicos”, escribe el historiador inglés en un libro de 2003 que ha sido traducido al español.

Pero la memoria no siempre recoge toda la verdad. En demasiadas ocasiones la rehace con fragmentos extraídos de la leyenda y no faltan los historiadores como David Johnson (La Caballería Francesa, 1792-1895) que cuentan que Colbert sobrevivió a la carga suicida aquel día 3 de enero de 1809, y después de sacar a sus hombres del puente se puso a galopar por la orilla del río Cúa donde se movía un grupo de sus soldados.

Uno de sus oficiales le advirtió de que arriesgaba demasiado con aquel gesto gallardo.

-¿Cuál es el problema, oficial?- le espetó Colbert, embutido en su uniforme de buen paño, en sus pantalones de montar, vestido con su elegante guerrera de general francés, el más joven del Imperio de Napoleón, el más orgulloso y el más guapo, el más deseado por las mujeres, el más arrojado de entre todos los soldados del emperador, sin duda, ¿el más inconsciente, quizás?- Parece que tiene usted miedo de morir hoy –añadió.

Y escribe Johnson que sólo unos segundos más tarde, una bala le atravesaba el cráneo a Colbert por encima de la ceja izquierda.

Muerto en el puente, muerto en la orilla, muerto al fin y al cabo, en lo que todos historiadores coinciden es que el autor del disparo que derribó a Colbert para siempre del caballo fue el tirador irlandés Thomas Plunket, que armado con un fusil Baker de largo alcance se aproximó lo suficiente a la orilla nevada del río como para tener a tiro al general enemigo y de un disparo certero terminó con su vida, con su gloria, y con su escandalosa estupidez.

Auguste Françoise-Marie de Colbert-Chabanais, hijo del conde de Colbert-Chabanais, el penúltimo de cinco hermanos y una hermana, herido dos veces en el sitio de Acre diez años atrás, condecorado con la Legión de Honor por su valor en la Batalla de Marengo, héroe de la batalla de Jena y al mando de la caballería del mariscal Ney en la campaña de España, marido de la hija de un senador, padre de dos hijos, murió en el acto. Y hasta Napoleón lloró su pérdida.

Y junto a él, cuentan las crónicas, también caería abatido por un segundo disparo de Plunket su edecán, el capitán Alfred de Latour-Marbourg, que había desmontado para asistir al general de brigada y moriría al día siguiente en Villafranca del Bierzo debido a sus heridas, recuerda en un artículo póstumo -El general bonapartista Auguste de Colbert- Chabanais (París 1877-Cacabelos 1809). Semblanza biográfica y Bibliografía (Revista del Instituto de Estudios Bercianos número 41, noviembre de 2018)- el escritor cacabelense, Fermín López Costero.

Por lo demás, la batalla del puente de Cacabelos continuó sin él durante toda la tarde, con los franceses vadeando el río a caballo, pero sin poder cargar entre viñedos y rocas, y la infantería francesa rechazada de nuevo. Y solo a la caída de la noche, con la llegada de la oscuridad y la helada, los dos ejércitos dejaron de matarse por unas horas, después de perder dos centenares de hombres en cada bando.

A los ingleses les esperaba la marcha de la muerte por el puerto nevado de Piedrafita, las escaramuzas en Galicia, la batalla sangrienta de La Coruña, donde moriría el propio Sir John Moore mientras su tropa embarcaba de regreso a Inglaterra. A los franceses les aguardaba una guerra de desgaste en España, la nieve de Rusia, el hambre y la metralla, y la derrota definitiva de Napoleón en el campo de batalla de Waterloo.

Y cuando se cumplen doscientos diez años de aquel combate en el puente de Cacabelos, el eco de la muerte de Colbert se escucha de nuevo cada vez que los aficionados a las batallas napoleónicas regresan a los campos y a las calles de los pueblos del Bierzo, como ocurrió el último otoño, cargan sus mosquetes de fogueo y juegan a matarse sobre el viaducto. Esas son, quién puede decir lo contrario, las únicas guerras de las que nadie se arrepiente.