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De cuando Delibes nació en Ávila

“Yo nací en Ávila, la vieja ciudad de las murallas, y creo que el silencio y el recogimiento casi místico de esta ciudad se me metieron en el alma nada más nacer”.

Éstas son las palabras inaugurales de Miguel Delibes para la literatura.

Antes de pensar yo en vivir en Ávila tantos años, llevaba ya aquellas palabras metidas en el alma. Las decía casi de memoria desde que era un niño, tras la primera y estremecedora lectura de La sombra del ciprés es alargada, que me proporcionó mi tío Marcos, el abulense, quien sabía muy bien del silencio, del recogimiento y del hielo.

Para escribir La sombra del ciprés es alargada Miguel Delibes tomó muchos días el tren desde Valladolid. Antes de bajarse en la estación de Ávila, todavía en el vagón, era capaz de sentir el “chasquido crujiente” de sus pies al pisar “la mollar blandura de la nieve”. La nieve más pura y prístina del mundo. Luego recorría despacio sus calles sin tiempo, tratando de distinguir las voces de los ecos al otro lado de las puertas cerradas. Y ocasionalmente se subía a los Cuatro Postes para ver la ciudad dormida, varada en la irrealidad y en el sueño, mientras se terminaba el bocadillo.

La sombra del ciprés es alargada no era la novela favorita de Delibes. Según él, le sobraba parte del final, toda esa colección de términos marineros que exhibiría más tarde, y con mayor justificación, en Madera de héroe. Sin embargo, el jurado del Nadal, que decidió concederle el premio como regalo de Reyes en el año 1948,  no pensaba lo mismo. Cuenta la leyenda que el escritor ese día no se separaba del teletipo de El Norte de Castilla, esperando a que llegara la noticia desde Barcelona. Y llegó. Delibes había ingresado en 1941 en el periódico como dibujante, había firmado su primer contrato como redactor en 1944 y se había casado con Ángeles en 1946. Ella fue la que le regaló, como obsequio de bodas, la Hermes Baby con la que Delibes escribió La sombra del ciprés.

“Me sonreía el contorno de Ávila allá, a lo lejos. Del otro lado de la muralla permanecían Martina, doña Gregoria y el señor Lesmes. Y por encima aún me quedaba Dios”. Con las murallas de Ávila empieza y termina La sombra del ciprés alargada. Ambientada en la más meridional, pero también la más alta de las capitales de Castilla la Vieja. Ahí comenzó entonces una carrera literaria que no tiene parangón. Delibes contaba 27 años. La “x” de la incógnita que había colocado en su firma como caricaturista (Max) empezaba a desvanecerse, y enseguida se sucederían nuevas novelas y nuevas responsabilidades en el periódico.

Cuando publicó en 1950 El camino, Delibes ya era Delibes. Dos años después, la empresa le nombró subdirector con un objetivo muy concreto: librarse de don Gabriel Herrero, el cura falangista que la dirección nacional de Prensa había impuesto al frente de El Norte, tras la depuración de Cossío. Sin duda su prestigio creciente como novelista le sirvió para  progresar en el empeño. En 1955 Miguel Delibes obtenía el Premio Nacional de Literatura con Diario de un cazador. Y en 1958 sería nombrado director interino del periódico. Es en estos momentos cuando el escritor afina su célebre técnica de “cambiar de instrumento” frente al acoso incansable de la censura. Lo que no le dejan decir en el periódico lo dice en sus novelas. Y es aquí también cuando surge, fruto de estas pendencias, otra de sus grandes, imprescindibles novelas: Las ratas.

En Las ratas, la Castilla de Delibes termina por consolidarse como un mito. Desde las páginas de El Norte, el escritor libra su “batalla por Castilla”, pugnando por la subida de los precios del trigo y reivindicando una y otra vez el plan Tierra de Campos, al modo en que el régimen se había empleado en el plan Badajoz. Las ratas obtiene el Premio de la Crítica, y Delibes está en pleno éxito editorial. Pero la opción del cambio de instrumento está tocando a su fin. En su pelea con el ministro Fraga y con su director general de Prensa, Jiménez Quílez, Delibes pierde la dirección de El Norte. Pero es lo mismo: el Nini, el tío Ratero, la Fa, Malvino, Matías Celemín, Simeona y Virgilio, y hasta doña Resu, la Undécimo Mandamiento, ya han dicho todo lo que tenían que decir sobre esa Castilla muerta de hambre, de sed y de abandono. En Las ratas los diálogos, fruto de ese maravilloso oído periodístico del que siempre disfrutó Delibes, alcanzan un punto máximo de expresión y de verdad. Falta muy poco para que escriba otra de sus obras maestras, Cinco horas con Mario, cuya esquela inicial es casi la esquela de la dictadura, en su tránsito espiritual y material hacia la “dictablanda”.

Desde la primera hasta la última de sus novelas, como desde el primero hasta el último de sus artículos, el compromiso de Delibes con la lengua, con la tierra y con la libertad de pensamiento fueron un mismo compromiso. Yo tuve el privilegio, y no dejo de recordarlo un solo día en este Centenario, de tomar de sus manos, en su casa de Valladolid, el relevo simbólico en la dirección de El Norte, el decano de la prensa española, que jamás podría haber sido el mismo sin su figura. En nuestra conversación, que seguramente alargamos más de la cuenta, a pesar de su delicado estado de salud (se marchó apenas cuatro meses después), hablamos de las faltas de ortografía, su caballo de batalla a lo largo de toda una vida; hablamos del campo, del aire libre, del mundo rural y de la manera en que todos, de una u otra manera, somos de pueblo, y hablamos también de la independencia, ese bien que Delibes administró mejor que nadie a lo largo de su vida. También hablamos, y mucho, de Ávila. De la pureza de su nieve y de la indescriptible tonalidad del azul de su cielo. Y de Valladolid. Y de Castilla. De la sombra de esos cipreses que velan sobre la memoria de los muertos e invitan a los vivos a no dejar de mirar hacia arriba. Siempre hacia arriba. Pequeñas grandes cosas, en todo caso. “En la literatura nada hay más difícil que la sencillez”. Él fue el maestro.