Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

MUJERES EN LA SOCIEDAD COLONIAL (III) Oficios de mujer, clases sociales y “casas públicas de mancebía”.

Los textiles se convirtieron en una de las principales mercancías de la economía colonial.

La Inquisición nunca se metió con las prostitutas; las ignoró.

La división sexual del trabajo prehispánica había creado una identidad entre las mujeres y el trabajo textil, hasta el punto de que al morir se las enterraba con sus husos y demás instrumentos de tejido. La colonización dio continuidad a esta identificación, y el tejido de algodón siguió siendo la tarea tradicional de las mujeres indígenas, aunque el producto del trabajo femenino fuese a parar a manos de la élite colonial y, sobre todo, de la Iglesia, institución que sustituyó a los templos como gran consumidor de tejidos.

A finales del siglo XVI surgió una protoindustria denominada obraje; se trataba de una factoría textil, localizada tanto en el ámbito rural como el urbano, que se nutrió de mano de obra femenina indígena. Sus grandes referentes se encontraban en Ecuador, Perú y Bolivia, así como en ciudades novohispanas concretas: Tlaxcala, Querétaro y Puebla. Estos obrajes dieron movilidad a las mujeres al trasladarlas desde su hogar a primitivas factorías, de modo que las mujeres del pueblo tenían una mayor movilidad que las mujeres de la élite, por la sencilla razón de que sus actividades económicas y la lucha por la existencia así lo exigían. Como se ha comentado, uno de los principales centros de producción obrajera se encontraba en la Audiencia de Quito, convirtiéndose en uno de los elementos más importantes de su economía pues permitía el comercio exterior y la exportación a otros territorios. Los ingresos proporcionados por el obraje garantizaban dinero circulante a la audiencia en forma de lingotes y moneda corriente que le facilitaba pagar sus importaciones y cumplir los compromisos económicos adquiridos con el exterior. El obraje fue otra de las instituciones económicas sobre las cuales se sustentó el progreso material de las familias de la élite quiteña; porque permitió la explotación de abundante mano de obra indígena y el enriquecimiento de varias familias de la Audiencia.

En estos centros de producción se fabricaban paños de algodón y lana que cubrían las necesidades de los sectores medios y plebeyos. Sin embargo, la Corona se resistía a su desarrollo, pensando que podían entorpecer su sistema de monopolio y perturbar los tributos indígenas de quienes trabajaban en los obrajes de ‘’forma voluntaria’’, cobrando un sueldo mísero.

Por su parte, las mestizas gozaron de una atención más específica y menos paternalista que las indias, fueron objeto de preocupación por parte de la Corona; pero solo de forma circunstancial, ya que a finales del siglo XVI se las expulsó de las instituciones docentes coloniales relegándolas al ámbito del servicio. Con todo, fueron capaces de aprender oficios en la convivencia con sus maridos artesanos; de ahí que las encontremos, a la muerte de estos, dirigiendo imprentas o al frente de boticas. Para asegurar este último negocio era necesario conseguir, de forma monopólica, la concesión a un colegio u hospital; estas concesiones duraban un año y podían renovarse a petición de las partes.

Las mestizas menos afortunadas preparaban en sus casas comidas o vendían fruta, verdura y pescado en los mercados o calles de las zonas urbanas.

Con respecto a las negras, la mayoría estaban sometidas a la esclavitud y desarrollaban las tareas propias de la hacienda o la plantación en el medio rural. No obstante, aun en este grupo privado de libertad, había quienes disfrutaban de un status especial: las esclavas domésticas. Estas formaban un grupo privilegiado dentro de su situación pues se empleaban en los hogares como:    cocineras, lavanderas, nodrizas y sirvientas.  Fueron muy abundantes en las ciudades porque su presencia servía para realzar la calidad de la casa de los señores.

También eran muy cotizadas las cualidades curativas de las esclavas negras y las negras libres que ejercían como curanderas y parteras,

Algunas negras libres se veían obligadas a ejercer la prostitución, un trabajo eminentemente urbano. Está constatado que había mujeres trabajando como prostitutas cuando tenían empleos temporales y necesitaban dinero para suplir los gastos durante el tiempo que estaban desempleadas. La historia de la prostitución en Indias fue paralela a la llegada de los castellanos. La Corona intentó frenar el desarrollo de esta conducta, sin conseguirlo. Por ejemplo, solicitando un permiso real o la autorización de la Casa de la Contratación para permitir el paso a América de mujeres solteras; al final, se rindió ante la evidencia y en 1526 una real cédula del emperador Carlos autorizó la fundación del primer burdel en Puerto Rico.

A partir de este momento hubo zonas con mesones dedicados a la prostitución en todas las ciudades de las Indias.  Se las conocía con el nombre de ‘’casas públicas de mancebía’’; pero también existían mujeres, las más pobres, que ejercían la prostitución privadamente. De su existencia hablan los informes enviados al consejo de Indias para conseguir permisos destinados a la fundación de recogimientos o beaterios con el objetivo de reformarlas, asegurándose en los mismos que la mayor de sus culpas era la ignorancia.

La Inquisición, que tenía como una de sus obligaciones velar por la moral pública, castigaba a bígamos y adúlteros, pero nunca se metió con las prostitutas;  las ignoró. A este respecto, Maura hace una reflexión, según la cual, la valoración social de las prostitutas en Indias era positiva y se mantenía hacia ellas un talante tolerante al considerar que muchos hombres perderían sus energías intentando seducir a mujeres honradas o practicando el incesto y la homosexualidad; por ello ‘’a pesar de todo, la función de la prostituta en el Nuevo Mundo iba más lejos que la de una simple unión carnal remunerada, ya que los españoles en un principio tuvieron fácil acceso a mujeres indias.” La prostitución representaba muchas veces una unión física y espiritual con la lejana metrópoli.

A pesar de ello, Socolow mantiene que ejercían un trabajo reprobado socialmente y que corrían el peligro de contraer terribles enfermedades de transmisión sexual, como la sífilis o la gonorrea.

En el caso concreto de Nueva España ‘’no tenemos noticia de que las indígenas fueran mujeres de prostíbulo en los tiempos hispanos. Más sabiendo que entre los aztecas existía la ‘’alegradora’’, que cumplía su función en privado y, seguramente, continuaron con esta costumbre entre los suyos’.”

Hablar de las mujeres en la sociedad colonial (siglos XVI y XVII) conlleva reconocer el ostracismo a que se vieron sometidas por leyes y convenciones sociales que rigieron en aquellos años. Las mujeres de la América colonial apenas tuvieron espacio y reconocimiento público; a pesar de las importantísimas tareas y responsabilidades que asumieron tanto en el entorno familiar, como en el social y económico.

Las grandes protagonistas del siglo XVI fueron las españolas y las primeras generaciones de criollas; ellas adoptarán el rol de ‘’mujeres de la élite’’ en su calidad de blancas y dominadoras, relegando a indias, negras y mestizas a la categoría de mujeres plebeyas y a los escalafones sociales inferiores.

Uno de los elementos económico-sociales que contribuyó de forma decisiva a la institucionalización de los roles citados fue la encomienda por la que la Corona española apoyó este modelo obligando a los encomenderos a desposarse con una mujer blanca peninsular. A partir de ese momento las españolas y criollas se encargaron de gobernar las encomiendas cuando la situación así lo requería y, a partir de la promulgación de las Leyes Nuevas (1542), litigaron defendiendo sus derechos por los repartimientos que aseguraban el usufructo de la mano de obra indígena.

Fueron ellas quienes mantuvieron los valores de las anquilosadas familias de la nobleza castellana, a través del mayorazgo y la familia patriarcal que las situaron en un papel de eternas dependientes, primero de sus padres y más tarde de sus maridos, debiendo asumir valores que las circunscribían al matrimonio concertado y la transmisión de los rasgos más característicos de la vieja nobleza.

Esta educación y el bagaje cultural que implicaba, condenó a las etnias que no pertenecían a su grupo a una situación de inferioridad, con obligada dependencia y carácter de servicio; su rol elitista, cambiará muy poco a lo largo de la colonia y dará lugar a un segmento social impermeable.

El siglo XVII trajo cambios económicos estructurales muy significativos que afianzarán a las blancas en el poder y convertirán a indias, negras y mestizas en las plebeyas coloniales. El más significativo de estos cambios fue la hacienda.

El origen de la hacienda se encuentra en las tierras jurídicamente libres que no pertenecían a la Corona. Después de la denominada ‘’conquista’’, los españoles formaron comunidades urbanas entorno a los Cabildos y cada uno de los miembros de las huestes vencedoras, transformados en colonos, recibió una caballería que, posteriormente, fue creciendo en función de la cerrada política matrimonial del grupo blanco, hasta convertirse en una unidad de mayor envergadura: la estancia. Ésta, a su vez, se transformó a lo largo del siglo XVII en una unidad de explotación económica autónoma, denominada hacienda, que relacionó el mundo rural y el urbano dando lugar a una nueva estructura económico-social y modificando la sociedad colonial.

Hacienda y encomienda son dos elementos diferentes, que, sin embargo, se complementaron. Los encomenderos solicitaron mercedes de tierra a la Corona para poner en marcha empresas como El Ingenio y poder, así, competir de igual a igual con los hacendados.

El papel de las mujeres blancas de la élite no cambió en este nuevo contexto con respecto al siglo anterior, pero adquirieron protagonismo indias, esclavas y mestizas.

Las indias que engrosaron el colectivo de las mujeres plebeyas procedían de los grupos indígenas que huían de sus comunidades albergando la esperanza de liberarse del pago del tributo y el trabajo obligatorio. Sus expectativas pronto se vieron truncadas, limitándose a ser esposas de jornaleros en las haciendas o llevar una vida mísera en la periferia de las ciudades como sirvientas.

En cambio, las esclavas domésticas constituyeron un grupo que a pesar de su falta de libertad, podemos definir como privilegiado con respecto al resto de las esclavas negras. En el medio rural, donde se ubicaba la hacienda propiamente dicha, eran cocineras, lavanderas o nodrizas y en la ciudad, en la casa de la gran familia blanca, actuaban como un elemento ‘’decorativo’’, realzando la categoría de sus señores.

También aparecieron en el ámbito urbano las negras libres; un fenómeno muy peculiar del siglo XVII. Resulta interesante señalar que, por imposición de las criollas, no podían usar joyas, ni vestidos de seda ni mantos; estos elementos de lujo y distinción se reservaban a las criollas; aquellas que se conocerán tiempo más tarde con el nombre de mantuanas en la Capitanía General de Venezuela.

Por último, debemos destacar el mestizaje que incluye el factor negro, el cual comenzó a ser un importante elemento de cambio en el siglo XVII. Durante este siglo las mulatas se constituyeron como un grupo discriminado por su doble origen relacionado con el adulterio y la esclavitud, por lo que eran muy pocas sus posibilidades de superar las barreras raciales de una sociedad tan cerrada como la colonial; su máxima aspiración sería casarse con un peninsular recién llegado a Indias y con pocas expectativas por delante.

Como vemos, la sociedad colonial durante los siglos XVI y XVII fue muy injusta con las mujeres al condenarlas a la inmovilidad en función de roles y estereotipos definidos desde la llegada de los españoles como nuevos colonos de las Indias. Dichos roles apenas se movieron a lo largo de dos siglos y, cuando lo hicieron, fue a consecuencia de los cambios estructurales en la economía.

A pesar de todo, la participación femenina en la vida colonial tendrá un importantísimo desarrollo en el traspaso de patrones socioculturales; tarea protagonizada por las blancas, tanto peninsulares como criollas, y en una intensa labor productiva y de servicio de la que se encargarán indias, negras y mestizas.