ELÍAS GOROSTIAGA Un Beat del páramo

“En aquellos años todo era nostalgia, pero también memoria y mirada, al alejarte de los amigos, la tradición familiar, los paisajes de tu vida…”

“Vaciamos España hasta la desolación, agotamos sus recursos, los paisajes, los valles, los ríos, la fauna, distribuimos mal los presupuestos…”

Epicuro: En Tierra de invierno, tu libro de poemas anterior a este Cuerdas de plata que se ha alzado con el premio Internacional Diario de Jaén de poesía 2020, había evocación y nostalgia de unos paisajes natales que vuelven a comparecer ahora.

Elías Gorostiaga: Tierra de invierno es un libro muy querido que envejece bien. Lo escribí en 1994 y lo publiqué veinte años más tarde. En aquellos años todo era nostalgia, pero también memoria y mirada, al alejarte de los amigos, la tradición familiar, los paisajes de tu vida que crees nunca vas a perder y que cambiarán de forma radical, sin vuelta atrás. Al distanciarte aparece la paranoia de la pérdida, la orfandad que no deja de ser una preparación de la vida para el futuro y más habiendo nacido en un pueblo de la provincia de León. En la tradición literaria leonesa, portuguesa, gallega y asturiana, la del noroeste, de Torga, Cunqueiro, Pereira, Ángel González ya sale todo eso y se actualiza con una fuerza enorme con la poética de José Antonio Llamas, Gamoneda, o Julio Llamazares.

E: Sin embargo, en Cuerdas de plata la manera de acercarse a la memoria es distinta, aspira a una catarsis mediante el intento de romper con el pasado; de hecho, comienza con una hoguera. Hay un conflicto entre el futuro y las raíces que, me parece, resulta irresoluble al fin.

E.G.: Cuando se habla de conflictos familiares, siempre se suspira. Por edad y por conflicto, esa tierra que empieza a arder cuando sales de ella es un período de tiempo en el que montas tu propia estirpe familiar, o continuas la que te han legado tus mayores, sin ser consciente de lo que eso significa. El relato del paisaje en ese tiempo comienza con una grieta en el edificio bajo el que vivías, y a la que nadie miraba, que venía avisando tiempo atrás. Las grietas a groso modo eran: parte de la biblioteca de mi abuelo Claudio Sáenz de Miera, que fue a parar al Casino de Valencia de Don Juan; la casa Gorostiaga, que derriban hasta la raíz bajo la titularidad de los herederos, nietos y bisnietos; y, al final, la muerte de la madre después de una larga enfermedad que a mi me deja huérfano a ochocientos kilómetros. En ese momento la situación emocional te sitúa en primera línea de fuego, pero lejos del campo de batalla, y sin embargo con los recuerdos a flor de piel. Por último, llega la herencia, como un bálsamo falso, y el reparto de los bienes, que no dejan de ser más pérdidas. De eso escribo en el poema San Juan; catarsis y liberación de carga y como forma de sostener el peso de la techumbre de mi propia catedral.

E: La tierra de la que hablan tus nuevos poemas es una tierra suicida que se ha convertido en «granero de «hombres sin trabajo y sin minas», condenada a que sus naturales regresen de viejos a «llorar todas las cobardías de su vida sentados al sol». Una tierra de exilio, destinada a vaciarse.

E.G.: La lectura que haces no puede ser mejor, es así y no hay otra. El poemario es un santoral que es una forma de situar en lo rural, el tiempo del trabajo y el de las cosechas, actualizado a mi gusto. En el poema largo La cosecha, me convierto en narrador y protagonista de un himno a León y a los hijos, un diálogo con la Virgen/Madre, la despoblación, el abandono y lo que se van a encontrar los hijos, de nuevo la herencia de la tierra, las tierras del Noroeste, las provincias pobres de las que sale mano de obra, la marinería para conquistar el nuevo mundo, los soldados para la guerra y yo. Vaciamos esa España hasta la desolación, agotamos sus recursos, los paisajes, los valles, los ríos, la fauna, distribuimos mal los presupuestos que deberían servir para ayudar y no para subvencionar corrupciones y rentabilizar multinacionales. La singularidad de León pasa por imponer y organizar artificiosamente el territorio que es el último orgullo que nos queda, imposibilitar el desarrollo en el trabajo tradicional leonés y la familia, el dialecto de la montaña, las señas de identidad enterradas por la destrucción sistemática de la arquitectura popular, pueblo a pueblo, calle a calle, plaza a plaza, a cambio de moderneces, alcaldes corruptos (de pésimo gusto, sin ningún plan, sin criterio alguno), arquitectos y constructores enloquecidos, normas urbanísticas y medioambientales que tragan con todo, dejando un legado de cicatrices para los próximos doscientos años y te pongo un ejemplo bien doloroso, Valencia de Don Juan (donde la gente va en coche al Super), cuyo éxito consiste en crecer ciegamente, modelo barriada periferia de Madrid y dotarse de servicios a costa de la sangre, el vaciado y abandono de los pueblos de la comarca. Políticas que propician la ruina, el suicidio cultural, emocional y el desarraigo. El modelo se agota y te quedas con los bloques de hormigón y ladrillo y sin vecinos.

E: Utilizas en tus versos expresiones e imágenes que proceden de un mundo rural en el que hay cocinas de carbón, sabores viejos «que estarán en todas partes como nata hervida» e incluso hay un poema muy original dedicado a la matanza del cerdo. Es un lenguaje de una España que se desvanece con la generación que la habitó, que a no mucho tardar resultará incomprensible. ¿Es un mundo que todavía está por escribir?

E.G.: Si hubiera nacido en Manhattan, si hubiera nacido en París, en Casa Blanca, tendría en la retina otras imágenes, tendría otras ruedas. Si trabajara en un polígono industrial, si tuviera siete hijos, dos mulas y veinte acres de tierra, si faenara en el mar con viento de Libia, usaría palabras que recrean otras imágenes, otros verbos entrarían en el entramado. La madre y la familia te enseñan el lenguaje de las cosas básicas y las estructuras complejas del idioma que mamas lentamente, para acto seguido ver que eso también desaparece, que cuando hablas y escribes con esas palabras no te entienden o te entienden a medias; sin embargo, no puedes evitar esa querencia por señalar con una sola frase un cuerpo potente. Buscas a tus amigos por sus palabras, buscas en los libros lo que quieres leer, lo que quieres decir y al final terminas por encontrar tu sitio, tu silla, tu cama en la que vas a dormir. Y es así en la pintura, la escultura, la música. Sobre la mesa tengo el pal.luezu de Silvia Aller, Tonino Guerra, Benet, una biografía de Chéjov, a Karmele Jaio, El poemario Tierra de Guillermo Fernández Rojano, donde encuentro lo que quiero ser, y al lado estas tú, Antonio Manilla, y al lado Alberto García-Alix, cada uno con sus palabras, su sensibilidad, su arte sibilino, su silencio, enigmas, grandes mentiras, que disfruto y frente a mí, en un metro cúbico de ventana, toda la obra de Julio Llamazares, esperando cuadrar una biografía. Esas son las palabras que uso. El poema San Martín comienza así: «Quería criar al sol», a partir de una foto que recoge la matanza del cerdo (por tradición en San Martín), cuyos personajes son el matachín del pueblo, Concha la lavandera, mis tíos, mi madre y mi padre (grabado a fuego, como una hipoteca de futuro) al que le faltaban cinco años para morir, mi hermano Álvaro en brazos de la niñera. A partir de ahí se desata la locura. Las palabras matan y si no te matan te hieren.

E: ¿Podríamos decir que tu mirada hacia todo ese pasado se ha vuelto lúcida al hacerse crítica? Hay acidez y algún que otro «ajuste de cuentas». Hombres primarios e inmovilistas, «cabezas sin sueños en los que dormir» …

E.G.: Esta pregunta viene a cuenta del poema San Esteban, que es la última noche del año, en la que rindo homenaje a Céline y sentencia así: «Morimos a crédito cada noche». La festividad de San Esteban coincide con la muerte del año, físicamente son días cortos, noches largas en las que terminan entrando los demonios, la cizaña familiar, los sueños, las canciones, tabaco y orujo, nuestras reliquias. En ese poema se establece un dialogo con dios y a la vez en algún instante me pongo en lugar de dios, imparto una justicia que no se basa en leyes, un juego mental que se desvanece cuando la noche te derrota y puedes por fin dormir. Y el ajuste de cuentas viene en «Buena gente», y Machado. Ahí paso la red entre mis paisanos y pesco en el hábito y las costumbres. Como un notario doy fe de que sigue habiendo coches en las aceras, con un cartel que pone: «se vende»; que el guarnicionero se pone su traje y su corbata, deja a la mujer y la bronca en casa y asiste piadoso a la procesión; en definitiva, un ajuste porque en este país, que sacude el mantel y las migas por el balcón, el que no te mata te tira de la pata y consiente, antes por miedo y hoy por temor. Buena gente, si, que se lo digan a Machado y a su madre en Colliure, que se lo digan a Walter Benjamin. Que pregunten en las cunetas. «Ese hábito de los hombres de apurar cigarrillos hasta el filtro, / de matar animales y mujeres».

E: Te parecerá una tontería, pero yo he hecho una segunda lectura de Cuerdas de Plata al revés del derecho, de atrás hacia delante, y me parece que funciona tan bien como en su forma original.

E.G.: Lo cierto es que el orden de factores no altera el producto, podría empezarse por el final, como los periódicos. Y el final es el poema X que se titula Aullido y que se titula así, a lo Ginsberg, con la intención de que el crítico lo aprovechara para mezclar jamón y melón. En todo caso si es beat, es un beat del páramo. Este poema me viene por un accidente de coche en el que muere reventado un tipo al que se le conocía como El Gordo de Cubillas, un tipo que tiró el motor de regar del padre al pozo porque no le compraba un coche. El coche, que terminó por adquirírselo el padre, y que es con el que se mató, era un Renault 4 naranja. El Gordo era un tipo que yo veía por las noches del pueblo, dos metros y ciento sesenta quilos, siempre buscando pelea, bebiendo en los bares cincuenta pesetas de whisky, y cosas raras que pasaban en los años ochenta, años en los que la gente se mataba en cualquier curva, conduciendo coches sin frenos y con mucho motor. Muchos accidentes, muchos amigos muertos, muchos tetrapléjicos, risa y sufrimiento cada fin de semana, y el coctel era copas, coches y hachís; a tumba abierta por las comarcales. Salvando el tiempo y el espacio, la Generación Beat, Allen Ginsberg, chicas recién horneadas, preñadas locamente en unas pocas horas de la misma noche de verano y entre aullidos y un muchacho que se sale de la carretera al tomar la primera curva, nada más cruzar el puente sobre el río Esla. Volvía a casa enamorado como un dios joven, lleno el cenicero de colillas, escuchando y gritando «Frío» de Manolo Tena, lo normal. También de esto te tienes que salvar y pienso en mis hijos. 

San Martín

Quería criar al sol,
creía en la fe de los árboles muertos,
en la inmortalidad de las cocinas. 

A la fiesta no faltó el cerdo caliente, desangrado y colgado de la viga,
las tripas humeantes en la artesa,
padre abriendo una botella de vino de pitarra,
tempranillo, garnacha. 

Los esclavos negros:
Concha la lavandera, la niñera, Goyo el Chafandín y el delantal de sangre,
no faltaron,
los cuchillos que cortan y
los cantos rodados del patio,
el manantial del invierno ocupado en sus labores de hielo. 

Los esclavos negros:
no faltaron mis tíos,
mi hermano mayor, triste, en brazos de su niñera,
la vieja casa de la calle Mayor.
La recompensa por la falta de rencor. 

Quería criarle en la fe de un dios
y el sol no se dejaba,
el vino ácido de los Oteros,
la carne y el pimentón picante de esa fiesta.

No me dejaron subir al carro,
ni pisar la sombra de las bestias,
ni el alma sagrada sobre el yunque,
"eres nuevo en la piel y las maneras", dijeron. 

Quería criar a la tristeza con rabia,
con cuerdas de plata y no me dejaban.
"Falta ya poco para llorar", dijeron.
Y mi padre estaba allí, cercano a la muerte. 

Y tenían razón los esclavos negros y los vecinos,
esa tradición en el día de la matanza,
eran los gritos sordos del matarife,
el ciclo no escrito de vida y carne.

La modestia de la herrumbre,
el dolor del frío en las manos sin guantes,
en las aguas de los lavaderos,
el helor del aliento a la intemperie.
Vencerás al hielo que te devora,
padre,
en este invierno que ya empieza a nacer
y es largo y siempre hambriento.

Recolecta la bruma y date prisa padre y dame a mis hermanos.

Elías Gorostiaga