Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

EL HILO

“El miedo le recorrió todo el cuerpo, de la cabeza a los pies, dejándola anclada al suelo”.

“Qué clase de perturbada hace ovillos con telarañas”.

Elva se dirigía a casa, a paso ligero, pensando en todo lo que tenía hacer aquella mañana, cuando se paró en seco.  Una gran araña estaba custodiando la puerta. Contuvo la respiración, recordando el pánico inexplicable que, desde pequeña, le daban esos bichos. El miedo le recorrió todo el cuerpo, de la cabeza a los pies, dejándola anclada al suelo. El insecto la miraba fijamente con cada uno de sus ochos ojos, mientras frotaba lentamente con sus dos patas delanteras una hebra translucida que le salía de la parte trasera de su cuerpo. Sin apartar la mirada de la niña, comenzó a recoger la fibra con el resto de sus patas, impulsándose para subir por ella. Elva la observada pasmada, siguiendo sus movimientos rítmicos y zigzagueantes con la cabeza, mientras sus pies seguían pegados al suelo. La araña desapareció al introducirse por la ventana del segundo piso. Tardó unos segundos en reaccionar y al abrir la puerta del portal pensó en que aquella casa era la de la vecina, esa tan rara.

-¿Por qué has tardado tanto? ¡Solo tenías que ir a la panadería, al otro lado de la calle! ¡Me tienes harta! Llevo recordándote toda la semana que tienes que hacerte una maleta con algo de ropa antes de que lleguen los de la mudanza ¿Quieres ir desnuda los primeros días en la casa nueva?

Elva pensó en que no le importaría tener que ir sin vestir, que le parecía incluso divertido; pero su madre estaba demasiado enfadada como para hacerla comprender que la idea de ir sin ropa le agradaba. Además, ella a veces le hacía preguntas que, en realidad, no quería que contestaste.

-Lo siento mamá, ahora la haré.

Accedió a su cuarto con dificultad. Había cajas de cartón apiladas por todos lados. Al entrar se cayeron algunas que había dobladas detrás de la puerta, lo que provocó que esta se cerrara de golpe. A lo lejos pudo oír cómo su madre se quejaba del poco cuidado que Elva ponía en todo lo que hacía. Pensó en salir a rebatir esa opinión, pero aún tenía que buscar la maleta. Abrió el armario y en el altillo pudo ver cómo sobresalía un asa que sólo podía ser de su bolsa de deporte. Estiró el brazo y de un brinco consiguió bajarla. Recogió algunas mudas, un pantalón y varias camisetas. Sobre su mesilla de noche, junto con un boli negro y algunos lápices de colores, estaba su cuaderno de sueños. Lo alcanzó y le hizo un hueco al lado de la ropa en la bolsa, porque pensó que podría ir desnuda por la casa nueva, pero nunca sin su registro nocturno.

Hacía ya dos años que la abuela de Elva, María, había fallecido. Desde entonces, no había dejado de escribir en aquel cuaderno todos los sueños que recordaba al despertar.  Cuando no sabía qué hacer o necesitaba consuelo acudía a él. En muchos de sus sueños aparecía María, y así, gracias a sus escritos, podía volver a abrazarla todas las veces que quería. Mientras la soñaba, la recordaba o la leía. Si quería saber qué hacer en una situación determinada releía sus sueños y observaba las imágenes que junto a algunos de ellos había dibujado; porque, como siempre le decía su abuela, <<No todo se puede expresar con palabras>>. Y entre aquellos relatos siempre encontraba algún mensaje que la ayudaba a saber qué hacer.

Pasó rápidamente la mañana, entre cajas, bolsas y prisas. La madre de Elva iba de un lado a otro revisando las habitaciones, hasta que llegaron los trabajadores de la empresa de mudanza. Los porteadores eran tres hombres, muy bajitos, que iban vestidos completamente de negro, excepto en la parte posterior de sus camisetas en las que resaltaba en blanco un teléfono de contacto.  La casa no tenía ascensor, así que tuvieron que trasladar los recuerdos y restos de la vida de Elva y su madre por las escaleras. Aquellos pequeños hombres parecían una legión de hormigas levantando sobre sus cabezas el doble de su peso, moviéndose rápidamente y sin descanso. Cuando hubieron terminado de vaciar la casa, sobre el suelo desnudo solo quedaron las huellas de las pisadas y las marcas del espacio que hacía un momento, habían ocupado los muebles. Elva y su madre barrieron y fregaron todo el piso, pero las zonas donde habían estado colocadas las camas y los armarios no terminaron de desaparecer. Elva pensó que los nuevos inquilinos se verían obligados a organizar sus cuartos de la misma manera, si no querían que se notaran aquellas marcas; y entonces se planteó, por primera vez, si ella también debería adaptarse a las huellas de la nueva casa. Su madre dejó la llave dentro del buzón y se dirigieron andando a su nuevo hogar.

Mover su domicilio unos metros más abajo, les permitiría tener la tranquilidad de poder pagar el alquiler. Hacía unos meses que a su madre la habían despedido del hospital psiquiátrico donde llevaba trabajando 10 años, y desde entonces, la situación de la familia no había dejado de empeorar. Las explosiones de rabia se habían vuelto parte habitual del ambiente y el dinero del subsidio por desempleo no era suficiente para mantener todos los gastos.

Mientras madre e hija cogidas de la mano bajaban la calle, Elva se concentraba en no pisar por descuido las juntas de las baldosas de la acera. Después de apenas unos minutos, su madre se paró ante una mujer, de pelo rizado y largas piernas, que estaba apoyada en la puerta, de lo que Elva dedujo sería su nuevo hogar. Sin mediar palabra les alcanzó una llave y se marchó rápidamente. El edificio parecía algo viejo y descuidado, la placa donde debía aparecer el número del portal había perdido el uno, del que apenas quedaba una huella y solo un 3 de metal decoraba la puerta. Al entrar, un olor jabonoso empezó a disipar la primera mala impresión que había tenido sobre aquel lugar. Caminaron por un largo pasillo y al llegar al fondo, se encontraron en el centro de un patio interior. Sobre sus cabezas un montón de ropa estaba tendida en cuerdas atadas a las barandillas de madera de unas galerías, donde se distribuían las puertas de cada casa. A mano derecha había una escalera. Subieron hasta el segundo piso y entraron por una puerta abierta al final del pasillo. El espacio era bastante pequeño, las cajas amontonadas y los muebles de la antigua casa, apenas dejaban sitio para moverse.

-Seguramente estarás muy cansada. Ha sido un día muy largo. ¿Te apetece que cenemos algo y nos vayamos a dormir? Mañana podemos empezar a organizar todo con calma.

-Prefiero irme directamente a dormir. No tengo mucha hambre.

-Está bien

Ambas se abrazaron durante algunos minutos; hacía muchos meses que no lo hacían durante tanto tiempo. Elva recogió la maleta que había preparado aquella mañana y se dirigió hacia la única puerta que vio. En la habitación se encontraban las dos camas de la otra casa, separadas por una mesilla de noche que no recordaba haber visto nunca. Al otro lado, había otra puerta que, supuso, correspondía al baño. La abrió, se lavó la cara y los dientes, y se puso el pijama. Sacó su cuaderno de sueños para ponerlo encima de la mesilla y se quedó profundamente dormida.

Sobre su cuerpo empezaron a reflejarse las estrellas, al tiempo que sentía como la luna rodaba hacia ella; ante el miedo a ser aplastada por el astro, se levantó rápidamente. Al asomarse a la calle, vio a su abuela sentada en un banco. Vestida con un traje rojo, tejía tranquilamente lo que parecía ser una bufanda de color blanquecino. A su lado, una araña creaba el hilo a la vez que María iba anudándolo lentamente. No tuvo tiempo de decirle nada, y ella ni siquiera reparó en su presencia. La luna estaba cada vez más cerca. La estancia se inundaba con una luz blanca y brillante. Cerró la ventana y bajó la persiana. Intentó volver a tientas a la cama, pero en el camino chocó con su madre, que dormía plácidamente en la cama de al lado. Sintió el impulso de darle un beso, y recorriendo su cuerpo a oscuras alcanzó su cara y la beso suavemente. Luego volvió a su cama y se acostó. A la mañana siguiente, dibujó en su cuaderno una araña envuelta en un hilo.

Ella y su madre se pasaron todo el día abriendo cajas. Parecía que no iban a acabar nunca, pero sobre las nueve de la noche ya solo quedaban cuatro cajas apiladas en una esquina.

-Esas las podemos dejar para mañana -dijo su madre, mientras se levantaba.

Elva se quedó mirando las cajas, pensando en si prefería terminar de sacarlo aquella noche y, así, tener el día siguiente entero para descansar. Pero, cuando aún no había llegado a la resolución del dilema, una araña salió de dentro de una de las cajas. Enseguida recordó el sueño de aquella noche. Sus ojos no podían dejar de seguirla con la mirada; de repente se escabulló por debajo de la puerta y Elva, sin decir una palabra, fue detrás de ella.  Andaba a paso ligero tras aquel animal que parecía tener bastante prisa. Sin darse cuenta se encontró frente a la puerta de su antigua casa. Había perdido el rastro de la araña, pero no dudó de dónde se había escondido.

-Tengo que conseguir meterme en esa casa -pensó en voz alta.

Su abuela siempre le decía que era muy importante tener presentes los sueños porque estos siempre apuntan hacia aquello que no debemos o no podemos olvidar. La araña, el hilo y su abuela tejiendo, eran claramente una señal que apuntaba hacia la situación que había vivido hacía dos días, paralizada ante la visión de araña que se escondía en la casa de su extraña vecina. Como ya no tenía la llave de aquella puerta no podía meterse en el portal, así que decidió colarse por la ventana. Era un primer piso por lo que no le costó alcanzarla y, por suerte, estaba abierta.

Rodó dentro de la casa. Se incorporó con cuidado, su corazón le palpitaba ferozmente, pero al poco rato se tranquilizó al no escuchar ningún ruido y pensó que debía de estar fuera de casa. Miró a su alrededor, era bastante extraño estar de nuevo en aquel edificio, cuando hacía dos días pensaba que nunca más volvería allí. La estructura parecía ser igual a su antigua casa, aunque en esta no había ningún mueble. El suelo estaba tan lleno de polvo que se podía reconstruir fácilmente el recorrido que había hecho desde que había alcanzado la ventana, gracias a la suciedad que había apartado con su cuerpo. Se miró el vestido rojo que llevaba puesto, estaba casi completamente negro. Intentó limpiarlo frotándolo con las manos, pero unas escasas sacudidas no parecían suficientes. Se distrajo durante un rato mirando a su alrededor. Las paredes del salón estaban decoradas con un extraño papel pintado, lleno de líneas y puntos.

De improviso, un ruido en el exterior le hizo recordar por qué había entrado allí, y su intuición le dijo que la respuesta no parecía estar en esa sala. Los secretos no suelen esconderse en una estancia cualquiera, lo más íntimo debe estar asociado a un espacio especial, y este suele ser la habitación de dormir. Así que creyó que debía buscar allí sus respuestas. Atravesó la puerta del salón y fue en busca de la parte posterior de la casa. Al abrir la primera puerta casi se cae del susto.  La habitación estaba llena de arañas de todos los tamaños, y las paredes lucían atravesadas por millones de hilos. La luz, que salía de la ventana del fondo de la habitación, apenas podía atravesar la estancia por la cantidad de telarañas que había en ella.  Los bichos parecían trabajar a destajo, formando diferentes construcciones de todos los tamaños. En la parte derecha de la sala había una rueca y, a su lado, centenares de ovillos de hilo translucido.

Elva se estaba convenciendo cada vez más de que su vecina estaba rematadamente loca. << ¿Qué clase de perturbada hace ovillos con telarañas?>> Pensaba al tiempo que un escalofrío le recorría el cuerpo. Sabía que debía moverse para intentar buscar alguna pista de cuál era el negocio que aquella mujer se traía entre manos, pero cuando se disponía a cerrar la puerta, una mano que salió detrás de su espalda se lo impidió.

-No deberías haber abierto esta puerta. No les gusta nada que las molesten cuando están trabajando.

Elva creía que se iba a desmayar de un momento a otro. Un grito ahogado se le atascó en la garganta. Las manos firmes de la mujer ahora le sujetaban la espalda y la empujaban hacia la habitación de al lado, que estaba abierta. Las piernas le temblaban tanto que pensaba que se iba a caer de bruces contra el suelo. Pero antes de que dejaran definitivamente de responderle la empujó sobre una butaca que había en medio de la sala; se acercó a una cómoda que había en una de las paredes y abrió el primer cajón. Sacó una espacie de varilla de madera y apuntó a Elva con ella. Entonces lo entendió todo, era una hechicera y la iba a convertir en una araña. ¡Qué forma tan horrible de terminar sus días!

-¿Sabes lo que es esto?

-¿Es tu varita de bruja? – masculló entre lágrimas.

La mujer empezó a reír.

-No seas tonta. Las brujas no existen. Esto es algo mucho más poderoso que una varita mágica, o al menos lo era, antes de que el gobierno introdujera sus nuevas normas.

Elva había dejado de llorar, pero estaba aún más aturdida.

-Esta “varita” es en realidad una batuta. Es la herramienta de dirección de una orquesta. Aunque supongo que tú ni siquiera debes saber lo que es la música. – Al pronunciar esa palabra, su cara cobró un brillo especial y las arrugas que la adornaban parecieron desaparecer por unos instantes- ¿Cómo explicar qué es la música a alguien que nunca ha podido experimentarla? Pero estás de suerte, porque justo hoy he terminado el último de los instrumentos de cuerda. ¡Serás la primera privilegiada en asistir a un concierto! Acompáñame.

Mientras decía estas últimas palabras la tiró del brazo y la condujo hacia la sala del papel pintado. Se acercó a una de las paredes y rozó un picaporte que había oculto en la pared. Se abrió otra puerta y apareció otra sala que estaba llena de sillas organizadas en forma semicircular alrededor de un gran baúl de madera. Lo abrió y sacó de él un artilugio de color caoba. Volvió a introducir la mano y apareció un ovillo blanquecino, como los que hacía un momento había visto en la sala de las arañas. La mujer comenzó a envolver uno de los salientes del instrumento con ese hilo, y, mientras lo hacía, Elva no podía dejar de estremecerse << ¡Qué asco! ¿Es que no podía utilizar otra cosa?>>

La mujer, que parecía escuchar sus pensamientos, sin dejar su intricada labor, le espetó:

-Si algo está prohibido es complicado conseguir los materiales. Me las he tenido que ingeniar como he podido. A mí también me daban miedo las arañas. Pero cuando necesitas algo de verdad eres capaz de controlar los buenos y los malos sentimientos.

Terminó de meter el hilo por uno de los últimos surcos del instrumento y apretó las clavijas que había a ambos lados. Al acariciar las fibras con la punta de sus dedos, un ruido indescriptible comenzó a inundar la sala. Era como si dentro de aquella precaria construcción de madera e hilo estuvieran escondidos los sonidos de la lluvia cayendo, el silencio después de un relámpago, una conversación entre pájaros o el zumbido de unos mosquitos en una noche de verano. Se paró el tiempo y, con él, el espacio se hizo un lugar abstracto. Elva sintió que estaba siendo transportada a cientos de lugares a la vez, y cuando la música paró, aún aturdida dijo:

- ¿Qué ha sido eso?

- ¡Esto es música! -dijo entre una gran sonrisa- Es normal que estés confundida, al ser la primera vez tu cerebro aún tiene que procesarlo… Elva, necesito tu ayuda. -La niña arrugó la nariz extrañada de que supiera su nombre- tenemos que volver a traer la música a la sociedad.

- ¿Qué puedo hacer yo?

- Necesito que consigas los registros de los nombres de los pacientes que tu madre tenia en el hospital. Cuando el gobierno prohibió la música, a todos los que nos dedicábamos a ella se nos hizo creer que estábamos enfermos. Yo, por suerte, pude escapar… Sin embargo, el resto de mis compañeros y compañeras… -Una lágrima empezó a rozar su mejilla- Pero aún estamos a tiempo de salvarlos. ¿Sabes? Hacer música nunca se olvida, y ellos cometieron el error de encerrarnos a todos en el mismo lugar… Ahora han intentado arreglarlo, cerrando el hospital y trasladándolos a lugares distintos. Pero ya es tarde… -Una sonrisa pícara apareció en sus labios y sus ojos comenzaron a mirar a Elva profundamente- Cuando tenga en mi poder esos nombres, los reuniré de nuevo y ya nadie nos podrá parar.

- Creo que sé dónde están esos papeles -dijo Elva, a la vez que salía corriendo de la casa. Bajó la calle sin pensar, inundada aún por la sensación que le habían dejado aquellos sonidos. Ya era tarde y su madre estaba durmiendo. Pero recordaba perfectamente dónde había colocado todos los papeles del hospital, prometiendo que al día siguiente los organizaría y tiraría lo que ya no le hacían falta. << ¡Menos mal que no lo había hecho aún!>> De debajo del somier de la cama sacó una carpeta azul llena de papeles. La metió en su mochila.

Pasaron algunos meses y, cuando estaba a punto de olvidar todo lo que había pasado, una tarde, mientras Elva y su madre estaban como atontadas mirando la tele, un ruido extraño se empezó a colar por debajo de la puerta. Empezaron a brotar de nuevo todos los recuerdos: las arañas, la vecina y aquel mágico sonido. Insistió a su madre para que salieran a dar un paseo y, cuidadosamente, hizo que este terminara frente a la puerta de su antigua casa. Todas las ventanas estaban abiertas y de ellas salía una inmensa colección de sones diferentes, pero que, paradójicamente, conectaban a la perfección.

La calle pronto se empezó a llenar de curiosos, las personas que pasaban por allí se quedaban prendadas y los vecinos de alrededor salían a las ventanas. Al rato, las sirenas de la policía se empezaron a colar entre los sonidos mágicos que procedían de aquella casa.  Cuando salieron los agentes, todos se empezaron a agolpar frente a ellos, y la música empezó a sonar más fuerte, ahogando sus gritos.