Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

Fanny y la felicidad

Las novelas que lee dicen que el amor no se compra ni se vende, que el amor no tiene precio. Pero no es verdad.

El suyo vale exactamente ciento treinta libras más los diez peniques que ha costado el carruaje que la lleva de vuelta a casa con sus dos maletas.

Es la historia más vieja del mundo y tal vez por eso ha vuelto a ocurrir. Él había dejado el dinero en su mano, sin mirarla, y las niñas se habían aferrado a su falda, llorando y gritando que no se fuera. Desde el final del espacioso vestíbulo, lejos de todos, su madre las observaba. Estaba seria, con la mandíbula apretada y más marcadas alrededor de la boca las arrugas que solo ocasionan años de desdicha. Fanny imagina que sabe lo que ocurre. Que lo sabe perfectamente, porque no es la primera vez.

El señor Dale era agradable, como suelen serlo todos los señores Dale o Smith o Williams, y pronto empezó a darle regalos sin importancia: un dedal labrado, un libro de poemas, un vestido nuevo. Antes de tres meses ya le estaba abriendo la puerta de la habitación en mitad de la noche, avergonzada después bajo las sábanas en aquella estancia minúscula contigua a la de las niñas, a las que besaría y vestiría por la mañana mientras continuaba el cuento empezado el día anterior.

Él recibió la noticia sin aspavientos, sin preocuparse demasiado. De inmediato le habló de «una buena mujer de su confianza» y le dio una dirección y quince libras. Pero Fanny acababa de cumplir los treinta y ocho años, y esa podía ser su última oportunidad. Se negó. Entonces el señor Dale ya no fue tan agradable y todo ha acabado en esta tarde de invierno en la que ha salido de la casa cerrando la puerta con suavidad detrás de ella, mientras las niñas, con las caras llenas de lágrimas y mocos, se asomaban a las ventanas del salón para verla marchar.

Y ahora la casa aún está fría, a pesar de que ha encendido la estufa hace un buen rato. Es un frío casi sustancial y Fanny teme no poder quitárselo nunca de encima. Las plantas de la ventana de la cocina tienen las sedientas hojas desmayadas hacia la encimera y ella concluye que la vecina no ha cumplido su promesa.

Hace un año que no pisa esta casa y parece la de una extraña. En la cocina triste se acaricia el vientre y siente algo de alivio. Piensa que nunca más estará sola.

La colcha sobre la estrecha cama del dormitorio no tiene ni una arruga. La estiró a conciencia antes de irse, pero ahora se tumba encima, sin quitarse siquiera los botines, y piensa qué hacer. Tal vez debería buscar trabajo, antes de que se le note, pero al final sólo conseguiría mantenerlo tres o cuatro meses más. Eso si lo encuentra, que no es nada fácil tal y como están las cosas. Enseguida decide que, ya que su amor tiene precio, se quedará en casa y se asegurará de que su bebé crezca seguro, se cuidará y leerá muchas novelas. Las ciento treinta libras bien pueden durarle un año o incluso más.

Lo primero, la comida. Fanny se levanta de la cama y sale hacia el mercado de Borough, a poco más de una milla en dirección al río. Fuera, las calles huelen mal, la gente huele mal, y a ella le parece que es la primera vez que se da cuenta de eso. Tal vez sea por el embarazo. Dicen que a las mujeres embarazadas se les afinan los sentidos. Ven mejor, distinguen más los olores, y el tacto de las cosas -el cristal helado de la ventana, el agua templada, su propia piel- se siente de otra manera, más dolorosa o dulce, y hasta les crece el cabello más rápido o incluso les cambia de color. Fanny piensa que todo es muy misterioso, tanto como entender la formación de un hijo en el nuevo espacio que crea para él un cuerpo. Ella sabe que hay algunos libros, también textos médicos, pero está segura de que nunca llegarán a conocerse todos los secretos.

Ese último año con las niñas del señor y la señora Dale ha sido como un tiempo sin tiempo, piensa al descubrir de nuevo la fealdad de Londres. La casa acogedora y bien decorada, con las alacenas llenas, el fuego encendido. El olor a jabón y tristeza de la señora Dale; los otros empleados de la casa, siempre bien peinados, siempre con los zapatos limpios; la biblioteca y sus alfombras de colores y los libros crujientes al tacto. Ese ha sido su mundo todos estos meses. Y también los paseos por el parque de San James, junto a las niñas y sus carritos con falsos bebés; las tiendas de grandes espejos donde compraba la señora Dale y les servían un té mientras se probaba los vestidos; los conciertos en salones dorados donde debía procurar que las niñas no molestasen ni se llevaran el dedo a la nariz. 

Pero la ciudad no ha cambiado en todo este tiempo y mientras camina hacia el mercado ve que los borrachos que conoció siguen en los mismos sitios, y los niños pobres sentados en las escaleras de las casas están tan solos y tan sucios como siempre; que las vendedoras de gansos los siguen desplumando sin compasión y las plumas del cuello -las más suaves y ligeras- vuelan hasta los puestos de los carniceros, en los que cuelgan trozos de carne que aún sangran un poco, y caretas de cerdo sujetas por ganchos, y liebres sin despellejar. Fanny lo ve todo como si fuera la primera vez, como si lo hubiera olvidado por completo, y una náusea le ahoga la respiración. Solo se atreve a comprar un poco de mantequilla, un pan pequeño, media docena de huevos y un trozo de queso antes de salir corriendo del mercado y atravesar calles que cada vez parecen más pequeñas, hasta llegar por fin a casa.

La cocina huele a moho. Fanny abre la pequeña ventana que da al patio interior y pone la sartén sobre la chapa de la estufa. Coge un poco de mantequilla blanda con una cuchara y la vuelca dentro. Después echa un par de huevos y los rompe con una cuchara de madera. No tiene hambre, pero tiene que comer. Por el bebé. El olor de los huevos revueltos le asquea, pero se obliga a meterlos en la boca y tragarlos, intentando no respirar ni pensar. Cierra los ojos. Una cucharada, dos, tres, unas pocas más y ya está. Ahora un poco de pan para mantenerlos en el estómago.

Es imposible. Corre hacia el cubo de los desperdicios y lo vomita todo allí. Su cuerpo se vacía con alivio y se siente limpia y ligera.

***

Han pasado tres días y Fanny lo ha intentado todo: leche, verdura, frutos secos; incluso pescado, que siempre llega medio podrido a los puestos. No es capaz de retener nada. Está cansada e incluso a veces se le nubla la vista y se queda medio adormilada sobre la mesa de la cocina. El hambre es como un espino venenoso que la llena por completo. Acaba de comprar cuatro salchichas, un poco de pan y un bote de mermelada de manzana, pero sabe que será incapaz de comer y le dan ganas de gritar.

Ni el bebé parece existir. Nada se mueve en su interior.

En la calle Borough hay una casa pintada de azul con algunas prostitutas muy jóvenes, niñas, que se asoman a las ventanas del piso de arriba y ven pasar a Fanny con su cesto a medio llenar. La vieja costurera del número cinco está sentada a la puerta de su casa, remendando camisas de hombre. Enfrente, el dueño del pub Porcupine espera, apoyado en el dintel, a los clientes más madrugadores. Todo el mundo sabe que bajo el local no tiene un almacén, como dice, sino un fumadero de opio al que van ricos viciosos y pobres desesperados, estos menos a menudo.

En la entrada de la panadería de Thomas el Mentiroso, Fanny ve a un niño muy pequeño, de unos cuatro años. Se agarra las rodillas con los brazos y tiene la cabeza caída hacia el pecho. El niño tose y los espasmos mueven la pequeña bola que forma con su cuerpo. Fanny piensa en las salchichas que no será capaz de comer y se acerca a él.

El niño está muy débil y esquelético. Se ha dejado bañar en la vieja tina y ha comido el plato entero de salchichas con mucho esfuerzo y a bocados muy pequeños. Fanny ha tenido que alimentarlo cucharada a cucharada. El crío no ha dicho ni una palabra, ni siquiera ha posado sus ojos en ella. Su mirada ha flotado, perdida, por la habitación. Ahora duerme en la cama, mientras Fanny se sienta a mirar el fuego de la chimenea en la única butaca que hay en la casa.

Debe de ser muy temprano, aún está oscuro. Fanny se ha despertado con dolor en la nuca y un hormigueo en el brazo en el que ha apoyado la cabeza. Echa leña en la chimenea y va a la cocina para beber agua. En la habitación ya hay un poco de claridad huidiza. Con cuidado para no despertarlo, pone su mano sobre la frente del niño. Está muy fría. Fanny le coloca los dedos bajo los agujeros de la nariz, cierra los ojos y espera.

El niño ha muerto durante la noche.

Fanny tiene ganas de llorar. Por ese niño y por todos los niños que están en la calle, que siempre son demasiados. Por su propio niño, que también morirá pronto si ella sigue así.

La cocina está en penumbra, pero no es necesario encender el quinqué. Se ve lo suficiente para prender la estufa. Fanny quiere que el fuego aleje el escalofrío que siente en sus manos desde que tocó la frente del niño y surgió un ansia terrible en su interior. Es una idea que no logra apartar de su cabeza y que acompaña a un apetito tan demente como ávido. Pero no quiere pensar demasiado, lo hará, se dejará llevar por un instinto al que nunca hizo caso, al que siempre controló hasta que conoció al señor Dale y empezó a ser la que no era.

Fanny coge el cuchillo de pelar las patatas y va a la habitación. Cierra los ojos y tararea una de las canciones infantiles que le cantaba a las hijas de su amante. Tiene que tranquilizarse o no dejará de temblar, no podrá hacerlo. Canta bajito en la habitación sin luz y se llena la cabeza de la hermosa melodía mientras aparta las mantas, sujeta el escuálido muslo del niño y le hace un corte rápido y profundo justo encima de la rodilla.

En la sartén que hay sobre la estufa, la mantequilla ha empezado a quemarse un poco y Fanny echa en su interior el pequeño pedazo de carne. Aún sin mirarlo, lo lleva hasta su boca y lo devora entre las sombras con una satisfacción que no conoce límites.

***

Cuando el bebé se agita, ella se llena de una alegría tan intensa que le gustaría abrir la ventana y gritarla al mundo entero. Hay una paz dichosa en estas tardes en las que se sienta frente a la chimenea para tejer la ropa del bebé y éste se revuelve en su vientre y provoca extrañas formas en su barriga, como si curioseara a través de su piel la chaqueta de punto que su madre le está haciendo. No seas impaciente, le susurra, y así sigue conversando con él toda la tarde, contándole detalles del paseo matutino que da para fortalecer las piernas para el parto, o relatando entre risas las últimas anécdotas de la historia de amor de la vieja costurera del número cinco y el dueño del Porcupine. Hay que ver qué cosas pasan.

De los niños también le habla. Siente que se lo debe. Le cuenta con dulzura cómo recuestan a veces su cabeza sobre ella, la madre que nunca han tenido, y se duermen enseguida entre sus brazos. Todos están muy enfermos y tiene que darles de comer poquito a poco, refrescarles la frente cuando les viene la fiebre y arroparlos bien. La mayoría mueren antes de una semana, aunque hubo dos niñas algo mayores a las que tuvo que echarles láudano en la sopa. No hubieran sobrevivido, pero tal vez habrían durado varios meses y ella ya no tenía nada en la despensa.

Hay partes que no usa. La mayoría, en realidad. Le parece que los brazos y las piernas son zonas nobles, también el trasero. El resto no lo toca. Envuelve amorosamente lo que queda en un trozo de tela y en las noches de luna nueva lo entierra en el cementerio de Cross Bones. Ya hay ocho pequeñas tumbas cerca de una escondida lápida que solo pone Mary, sin apellido ni fecha de nacimiento ni muerte, y que seguramente sea la de una de las niñas de la casa azul de Borough o de cualquiera de las casas azules o verdes de Londres en las que las crías se venden como si fueran un par de guantes o una pinta de cerveza.

Sala y ahúma la carne en la pequeña buhardilla a la que se accede por una portezuela en el techo de la cocina, y siempre la come con los ojos cerrados y recordando. Le parece que así, y también hablándole de ellos al bebé, les recompensa por todo.

Esta tarde parece que el bebé está más inquieto que de costumbre. Fanny se levanta para poner otro tronco en la chimenea y nota una humedad imparable entre sus piernas y un dolor que la parte en dos. Ha llegado el momento, pero hace semanas que está todo preparado. Doblada sobre sí misma, logra llegar hasta la cocina y pone agua a hervir sobre la estufa. Echa dentro las tijeras y el carrete de hilo y después lleva la olla caliente hasta el suelo de la habitación. En el armario están las sábanas limpias y las coloca sobre la cama, intentando aguantar sobre sus piernas los últimos segundos.

Se echa sobre las sábanas, se quita las medias de lana mojadas y las bragas y muerde una punta de la almohada para aguantar las contracciones. Cuando nota la cabeza del bebé, se incorpora con dificultad, se apoya en el cabecero y empuja más fuerte. Agarra la cabeza grasienta y tira de ella hasta que el bebé, su bebé, queda sobre las sábanas. Es hermoso, es una niña. Fanny se quita la blusa y la acerca a su cuerpo para darle calor. La niña llora, con el cordón umbilical todavía unido a su interior. Fanny desenrolla el carrete de hilo, lo rompe con los dientes y hace dos nudos en el cordón. Después lo corta y abraza más fuerte al bebé, llenándose de sangre y ternura.

La niña lleva horas llorando. La ha limpiado con agua caliente, la ha arropado y acercado a sus pechos, que están ya llenos de una leche aguada que le corre hasta el vientre flácido. Pero la niña no agarra el pecho y no abre la boca ante su contacto. Fanny está angustiada y la noche ha caído sobre ella con todos sus temores. La luz del quinqué y el fuego de la chimenea ofrecen algo de consuelo, pero la ferocidad del llanto de la cría le encoge el corazón.

Vamos, come, le susurra, pero ella se resiste. Fanny mete un dedo entre los labios del bebé para abrirlos y entonces descubre, sobre las encías rotas, una fila perfecta de dientes puntiagudos, como los de un gato muy pequeño.

Y lo entiende todo.

Corre a la cocina con la cría en los brazos, calienta los restos de su comida de mediodía y se la acerca a la boca. Su hija desgarra, poco a poco, gozosa, minúsculos trozos de carne, y ella llora por una felicidad tan perfecta que no parece de este mundo.