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CINE OBRERO ¡Qué más se le podía pedir a un pueblo sin libros!

Entre los años 1978 y 1990 se editó en la cuenca minera de Sabero (León) una revista que sería el emblema de una actividad que ya ha tiempo que desapareció del valle.

Treinta años más tarde El castillete vuelve a editarse gracias a la iniciativa de la Asociación El Castillete. Una iniciativa cultural y de la memoria con acuse de recibo. Este relato es mi forma de darle la bienvenida.

El mío era un pueblo sin libros; no extraña que la gente no leyera por aquellos pagos. Miento, sí que se leía: algún periódico, la revista La codorniz, el calendario zaragozano y las novelas de Marcial Lafuente Estefanía que se intercambiaban en el kiosco. Yo tenía un tío que leía esas cosas y otras, dibujaba muy bien y me enseñó caligrafía. Entre tanto, estaba empeñado en que yo leyera el Quijote. Creo que era una temeridad por su parte; ¿acaso no sabía que vivíamos en un pueblo minero, sin libros?

No había una biblioteca con libros que te pudieran prestar o que, al menos, pudieras hojear o tocar; quizá las dilectas autoridades de aquel entonces no querían cargarnos –a los hijos de los mineros− con mayor responsabilidad que la de aprender lo que dictaban la enciclopedia Álvarez y el maestro de turno, desde párvulos. Me imagino lo que habría significado para los pobres cachorros de mineros, a los que ya les costaba aprender las cuatro reglas, la geografía, la historia, etc… sin llevarse algún mamporro    –por ser benévolo con la didáctica de la época−, si además hubieran tenido que leer más libros por obligación y bajo la supervisión de las doctas autoridades. En cierto modo, les hacían un gran favor: ya tenían bastante los guajes con acordarse del color de la casulla que llevaba el cura en la misa del domingo. El castigo no era muy recomendable para el que lo recibía.

Más tarde habría un remedo de biblioteca con algunos libros, donde pude leer La peste de Camus –tan de moda en la actualidad del confinamiento universal− y una revista, El castillete, promovida desde allí y con un anclaje firme en la cultura minera y en otras curiosidades al margen de la mina pero nunca de los mineros; en dicha revista que parece ver la luz de nuevo escribí mis primeros y torpes artículos y algún que otro cuento. No recuerdo qué fue antes y qué después. Reconozco que mezclo los tiempos. Pero la memoria, cuando es memoria de la infancia y la adolescencia, no es lineal; ni para los recuerdos ni para los olvidos. La memoria es saltarina y le gusta cambiar de paisaje a su antojo.

Foto: L. Lera
Foto: L. Lera

Un pueblo sin libros; pero con cierta inquietud cultural que, posteriormente, demostrarían iniciativas como la propia revista El castillete o una Casa de la Cultura de fervoroso dinamismo −que aún sigue, incansable − y otras muchas actividades. Eso sería después.

Por lo tanto, era el mío un pueblo sin libros; sin embargo, había un cine y un equipo de fútbol de tercera división y un salón de baile con pista al aire libre y un castillete enigmático para los niños y montañas coronando el valle al que pertenecía mi pueblo.

¡Qué más se podía pedir para un pueblo sin libros!

El cine estaba al pie de la vía del tren que transportaba el carbón de las tolvas al lavadero; recuerdo el tren y su máquina gigantesca para un niño que acompañaba a su madre a llevar una arquilla de madera y también la cara tiznada del maquinista que recogía la arquilla con la comida para ese tío que tenía una caligrafía perfecta, de amanuense. La vía fue sustituida por una carretera nueva y la máquina del tren por una furgoneta apodada “La chivata”, con la misma función de transportar carbón y arquillas de madera. El CINE OBRERO seguiría en pie durante mucho tiempo conservando en el yeso de sus paredes las partículas del  vapor que exhalaba aquella máquina y que inspiraba la posibilidad de viajar a otros continentes; todavía no sabíamos que pronto se llegaría a la luna. También dentro del cine −cuando proyectaban una película y no era sólo un edificio contemplativo de las estribaciones del valle o del cielo− empezaba un viaje, otro viaje en el tiempo, que te llevaba a otros mundos, la mayoría imaginarios, pero tan cercanos como la luna que ya se aproximaba.

El cine era la constatación de que había otros mundos y otros cielos que se podían tocar desde aquel rincón  majestuoso de un pueblo donde no había libros. Y, al igual que el cine en el momento de descubrir otros mundos y otros cielos, fundamental fue la sala Olimpia, pues una adolescencia sin música, baile y besos –primeros y últimos besos− y recónditos anhelos es un campo yermo regado por las aguas de Leteo. Mítica la sala Olimpia y el famoso grupo musical de Martiniano.

Érase una vez, por lo tanto, un cine en un pueblo sin libros. Un cine que  se derruyó para ampliar la carretera que tapaba la vía. Un cine cuyo aroma de celuloide antiguo brilla en cada una de las letras del rótulo grabado en la madera cuarteada de sus puertas. Para mí se abren de nuevo esas puertas cada día al contemplarlo cuando me siento ante esta mesa a leer, escribir o soñar. Buena parte de mi memoria está impresa en esas dos palabras grabadas en sendos trozos de madera.: CINE OBRERO. Reta al tiempo el rótulo del Cine Obrero, con el convencimiento compartido de que la atmósfera de un pueblo con cine nunca se borrará ni cambiará de olor. Siempre tendrá la misma atmósfera y el cielo limpio al alcance de las rocas.

Foto: Loure.
Foto: Loure.

La sala Olimpia se cerró y dejó un hueco que nunca podrá llenarse, ya que las sombras de multitud de niños y adolescentes luchan a brazo partido contra cualquier intromisión. La mina cerró también y, anegadas sus viejas galerías en agua que −como si se tratase de una placenta teñida de carbón− procura cerrar las heridas producidas en el vientre de la tierra socavada por la explotación, tal vez espere a tener otra oportunidad de ganarse el cielo de los mineros desaparecidos. Los libros hubo que buscarlos en otras latitudes. También los libros buscan el cielo de alguna manera y lo hacen en un pueblo sin libros.

¿Qué queda entonces, salvo los recuerdos?

Queda la magia de las montañas atrapando el tiempo en su reverbero gris metalizado. Queda el hilo musical que une el centro de la tierra con el cielo que casi se puede tocar. Queda el castillete que, como un rey destronado, vigila insomne para que su viejo reinado no se desmorone del todo. Queda el rótulo del cine obrero y la estela del tren que nos transportaba lejos aunque él sólo llegase a las tolvas; ellos también vigilan. Queda el recuerdo de los amores que nunca fructificaron y los que sí lo hicieron y duraron una eternidad hasta que el cielo se cubrió de nubes. ¡Ah, la sala Olimpia!

Pero sobre todo queda la ilusión por recuperar cosas que nos hicieron felices y más humanos; como la iniciativa de recuperar la revista El castillete, que espero no tenga un final, como otras cosas que se apagaron. Y queda mi añoranza por todo aquello y por todo esto.