Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

LARGA VIDA AL CÉSAR

¡Veo una nube con forma de borceguí!

 

Querido Mario Heleno:

Te escribo mientras mi navío es ayudado por el viento que empuja las velas desde la costa del Levante.

Sólo los amigos como tú entienden las debilidades y los sueños personales. Aunque sea lo que soy. El querer y no poder y, también, el querer y el poder.

Flegonia masajea mis pies con aceite de olivo y esencia de romero. Mueve con energía y suavidad sus dedos sobre mis extremidades, las aprieta, estira los huesos hasta terminar acariciando mis uñas y la yema de los dedos. Busca con sus manos las plantas de mis pies, curtidas como suelas; presiona la parte pulposa de sus palmas contra mi talón, vuelve por los bordes hasta los dedos y recorre los empeines masajeando mis venas que sobresalen como nervaduras de una hoja de parra; abraza mis tobillos.

Mi boca acumula una placentera saliva. Abandono la parte inferior de mi cuerpo. Levanto los párpados, miro el cielo: el borceguí ha perdido su caña, la puntera se ha hinchado y ahora parece el perfil de una cabeza. Se me antoja que veo a Mario Heleno Lasalum, mi incomparable prefecto, excelente general.  Y, sobre todas las cosas, un leal amigo.  A él  le estoy escribiendo. Es quien más me ha ayudado a consolidar mi poder en la mitad del mundo.

También a mí me cabe la omnipotencia, la humillación, la humildad, el morderse los labios, el sujetar los músculos para no agredirse con los otros. El silencio y el ruido.

He ayudado a construir este imperio. Las cosas grandes ya están hechas, hoy quiero referirme a mis inicios. Y de eso hablo al arrancar estas líneas.

Flegonia sigue con su tarea, sus movimientos ondulantes, ya se ha apoderado de mis pies, tratando de no lastimar mis cicatrices abiertas de tanto guerrear de un extremo al otro del imperio. La expulsión de los bárbaros Alanos. La estabilización de Armenia. Las duras batallas en el Eúfrates. Tracia. La costa Dálmata, pasando por mi amada Grecia y, más allá de la Marca Hispánica, en la península Bética. Flegonia mima las callosidades de mis pies, endurecidas por tanta bota y estribo.

Decía, pues, que construir es un verbo maravilloso. Hay poco más de un puñado de verbos universales y otros que acompañan a estos con mayor o menor fortuna. Construir; ése sí que es un verbo sustancial. En el Olimpo de las palabras tiene una categoría difícil de igualar.

Un reflejo juega en el azul  del Mare Nostrum. Mi guardia pretoriana observa el vuelo de las gaviotas con una mirada ausente de curiosidad. Yo me detengo a mirar sus giros; ese aleteo sorpresivo y vigoroso que, invariablemente, termina en un suave planeo. Observo sus circunvalaciones para descifrar sus augurios. Detrás de ellas, la nube ahora está más condensada y tiene mayor tamaño. Es un manso cordero; aunque, por los pequeños puntos blanco situados debajo de su cuello, se me ocurre que agoniza en pié, dejando caer sus últimas gotas de sangre.

Amar, por ejemplo, es un verbo maravilloso. Pero no siempre estamos amando; aunque, digno es reconocerlo, es el origen de muchísimas cosas esenciales. Lo que sí hacemos, invariable y constantemente,  es construir.

Mi nave se desliza con suavidad. Acompañan mi paz y el placer del masaje. Las velas se inflan levemente como buches de paloma. La brisa y el sol acarician mi frente. Giro levemente mi cabeza y a mi diestra diviso, como si fuera un punto muy lejano,  la África Nova. Pienso en la última guerra Púnica y la destrucción hasta los cimientos de Cartago.

Abajo, crujen los bancos de madera junto con ese sordo, acompasado, ritmo de los remos que mueven los esclavos haciendo fuerza contra el agua.

Construir lo supera, aunque tenga detractores. Por ejemplo, habría que sospechar de su antagónico: destruir. Es probable que sea un invento compensatorio. Una maniobra de distracción. Lo cierto es que siempre estamos construyendo. Desde que somos engendrados. Por eso pienso que, cuando se habla de destruir, estamos en presencia de un eufemismo, una táctica. Si alguien, como dice el vulgo,  está destruyendo su vida, lo que en realidad hace es construir su muerte. Fabrica el muro de su vida con ladrillos más débiles.

Flegonia conoce mis pies como de toda la vida, aunque no hace mucho que está a mi servicio. No es joven, pero conserva mucho vigor. Sus pechos se mueven al ritmo de su tarea, diría que hasta voluptuosamente. Pero no es el tipo de carne que más me apetezca.

Valoro su ausencia de palabras, tanto como su trabajo sin descanso durante horas.  Sólo un jadeo contenido de vez en cuando. Es gentil, servicial, con ese punto que raya casi en la obsecuencia. Muchas veces la he sorprendido mirándome, pero sus ojos se volvían huidizos al primer encuentro con los míos.

Acaso ese muro tenga una altura prefijada: los años de vida. La muerte sería un viento que siempre llega. Y por ese camino podría decirse que tira el muro de la vida, indefectiblemente. Viviremos menos, no porque el muro sea más corto, sino porque es más débil. Lo hemos construido sin provecho. Provecho en el sentido virtuoso de haber hecho lo mejor para uno mismo.

Marco Vesalio, mi eficaz procónsul en Antioquía, fue quien me la regaló. La tomó como rezago de un lote de mujeres jóvenes. Las arreaban como a ganado un grupo de mercaderes de esclavos en la una vez más arrasada Jerusalem.

La tuvo a su servicio diez años y probó su fidelidad. No era judía puesto que no pertenecía a ninguna secta de las que tanto proliferan en Palestina. Marco Vesalio se cercioró de que no creyera en la sinrazón de un dios único. Por el contrario, aun en su condición de esclava se unía, espontáneamente, a las ofrendas cotidianas a los Lares y al culto de nuestra diosa Dea Romana. 

Aunque también no es menos cierto que la diferencia  entre construir y destruir la da el amar. Y acaso tuvieras razón cuando me decías que la construcción del destruir es una construcción en la que falta el amor. Destruir sería un construir debilitado justamente por la ausencia de amor. Entonces, llevado de la mano de tu lógica e inteligencia, me dirás:

¿No es el amor el verbo más universal, en tanto condición de un construir que impide el derrumbe de lo construido?

Las nubes han desaparecido. Mi cuerpo, laxo, se abandona a las caricias del sol.  Es la hora doceava y el calor ha resecado mis labios.

Le pido de beber a Flegonia. Tira de una cuerda que cuelga por la borda y sube un pequeño tonel. En el estío,  aprovecha la temperatura del agua  para proveerme de  bebida fresca. Saca el grueso tapón de corcho y vierte el líquido en una copa de plata. Siempre la mantiene limpia y a la sombra, protegida por un lienzo de Esmirna.

Mi  brebaje preferido hoy tiene una pizca de regusto a pasado, pero mi sed  me hace apurar la copa.

Tal vez tengas razón, querido Mario Heleno. La cal y la arena han de ser el amor como elemento principal y necesario para construir algo. Y acepto la jerarquía superior de pensamiento que tu razonamiento impone.

En verdad, Flegonia pertenece a  los alanos, a los que hemos derrotado a fuerza de exterminios. Son guerreros por naturaleza y resisten en la retaguardia con una  paciencia casi infinita. Nos ha llevado muchos quinquenios expulsarlos más allá de los Cárpatos.  Una y otra vez han intentado ocupar Antioquía e imponer su dominio en el extremo este de nuestro imperio.

Pero, como comprenderás, un César no se retracta en público aunque se alimente en privado del conocimiento que sobre él derramen amigos como tú.

Un abrazo.

Que los dioses den larga vida al César y que tú lo veas.

Siento lejanas mis extremidades y, en un pestañeo, veo  mi cuerpo  paralizado; no puedo emitir sonido. Pero mi estado inerte no llama la atención. La gente marinera y mi guardia pretoriana están ausentes de toda novedad.

Flegonia me observa fijamente. Ahora su mirada no huye; al contrario, la sostiene desafiante y .sigue masajeando en actitud sumisa, como si mis músculos tuvieran vitalidad. Sólo mi ojo derecho mantiene la visión. Se clava en la dirección de mi mano que afloja perezosamente la copa de plata. Flegonia la recoge con suavidad antes de que caiga; la limpia con el lienzo y la arroja con displicencia al mar, junto con el pequeño tonel. Es mi última visión. Mis latidos casi no existen.  Escucho por primera vez la voz de mi esclava: “Larga vida al César”.

Ha acabado con mi existencia sin desenvainar otra daga que la de una pócima.