Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

LAS BALAS DEL HAMBRE

Se llamaba Ciriaco. Cada primavera aparecía en el pueblo y acampaba a la orilla del río, donde se quedaba un par de semanas.

Traía con él toda su vida, un carromato cubierto por una andrajosa lona hecha jirones, un viejo caballo de pelo polvoriento y una mujer con media tristeza en el rostro. Digo media, porque llevaba una pañoleta en la cabeza que casi cubría sus ojos y dejaba la cara en sombra hasta la altura de la nariz. Era una mujer callada de la que nunca se supo el nombre, porque su marido usaba los mismos adjetivos para arrearla a ella y al caballo.

En cambio, Ciriaco era un hombre alegre, jovial y tan ruidoso como las latas que colgaban de su carro. Iba de casa en casa revisando canalones y haciendo arreglos con una sola mano, la otra la reservaba para la bota de vino.

Mientras tanto, las mujeres del pueblo cogían sus calderos, baldes, ollas y orinales picados y los amontonaban junto al río. Allí, el caballo pacía y la mujer sin nombre, sentada junto a una fogata, cocía patatas en un viejo puchero, salvo cuando alguna vecina le llevaba algo más sustancioso que echarse a la boca. Comía sola porque su marido lo hacía en la casa donde le pillara el hambre o donde le dieran a probar la cosecha del año.

Durante unos días el pueblo sonaba a chatarra y olía a hierro fundido. De noche llegaba un eco metálico desde la orilla del río, donde se veía una columna de humo. Era el improvisado taller de Ciriaco que remendaba cacharros a la luz de la luna.

Pero aquel año el hojalatero trajo algo más en su carromato. Él mismo lo fue contando de casa en casa, dado como era a la charla. Los vecinos, ávidos de algo que rompiera su monotonía le escuchaban entre incrédulos y preocupados.

Lo encontré allá en el páramo. Creo que viene de tierras extremeñas, pero no me dio muchos detalles. Es un escapado de la guerra que no quiere peleas con nadie. Andaba buscando estas montañas porque oyó que aquí hay buenas cuevas para esconderse. Se apeó antes de llegar al pueblo y tiró monte arriba. Solo trae con él una escopeta y dos mantas.

Decía esto señalando las cuevas de Los Molinos, en lo alto de las peñas.

Así fue como un forastero llegó a aquel tranquilo pueblo, donde la llegada del cartero era el mayor suceso del día. Si traía una carta, el hecho se convertía en acontecimiento. Tras el susto inicial por si era una baja de guerra, se especulaba en las cocinas si la carta sería de ese hermano que se fue a las misiones, algún tema del catastro o si sería cosa de médicos, según quién fuese el destinatario.

La llegada del forastero rompió esa calma y el temor a saberlo merodeando por los alrededores hizo que los vecinos subieran a buscarlo al monte.

Él no se dejaba ver, pero los tenía vigilados. Desde lo alto, les vio salir del pueblo y repartirse en dos grupos. Unos subían campo a través, otros lo hacían bordeando la ladera. Bastante antes de que se acercaran a la cueva donde estaba escondido, un disparo fue el aviso: de allí no podían pasar. Así supieron que el fugitivo había marcado territorio. Mientras corrían ladera abajo alguien gritó:

Este tío este tronao.

Desde ese momento el Tronao se convirtió en el temor que amenazaba al pueblo.

Se prohibió a niños y mujeres subir al monte. Algunos vecinos llegaron a verlo cogiendo bellotas o pescando en el río. Decían que era joven y fuerte, el hombre más alto que habían visto y que siempre iba armado. Solo el hojalatero salía en su defensa.

Dejadlo tranquilo. Ese hombre no viene buscando guerra, viene huyendo de ella. Sea del bando que sea, me pareció buena persona. Si nadie se mete con él, no hará daño a nadie.

Y así fue, pronto comprobaron que, si no se acercaban a la cueva, él no era peligroso. 

Al contrario, al saberse observado corría a esconderse y si andaban los guardias por la zona, que él controlaba desde el alto, no salía en días de su guarida.

Tanto los habitantes del pueblo como él aprendieron a guardarse las distancias y respetar sus respectivos espacios. Se acostumbraron a su invisible presencia y hasta las mozas casaderas deseaban encontrarlo en algún camino.  

Con el paso de los años el Tronao hizo de aquel monte su hogar. Con la caza, las truchas y la fruta de las huertas, se arreglaba para sobrevivir.

Desde lejos, colgados en los árboles a modo de tendales, se veían los pellejos de los bichos que cazaba y a la entrada de la cueva se iban amontonando cachivaches, herramientas y harapos de procedencia poco clara.

El hojalatero seguía siendo su único contacto con los humanos. Cuando el Tronao oía el estruendo de las latas, sabía que era el carromato de Ciriaco y bajaba al cruce del camino, a la salida del pueblo, cargado de pellejos que cambiaba por cartuchos, aceite, piedras para el mechero, algo de tabaco o pan negro. Según el hojalatero, hasta le pidió una baraja con que matar tanta soledad, aunque, irónicamente, el único juego posible fuera hacer solitarios.

La guerra había terminado pero el Tronao seguía allí. Un día por otro se fue quedando y al final se le olvidó marchar. 

La hambruna que asoló aquella comarca se hizo crónica y fue más implacable que las balas. Acabó la batalla en el frente, pero la lucha por matar el hambre continuaba.

Hacía tiempo que el hojalatero usaba el arreglo de cacharros como excusa para seguir recorriendo pueblos, aunque su verdadero oficio era el estraperlo. Conseguir pan blanco, azúcar, una pastilla de jabón o un trozo de tela era misión imposible si no era a través de él, y eso hizo que el Tronao siguiera allí. Ningún vecino denunció al fugitivo de guerra por no enemistarse con Ciriaco, sus servicios eran demasiado valiosos en aquella miseria tan extrema.

Pero eso se acabó el otoño en que el bullicioso hojalatero pasó a mejor vida.

Aquella muerte supuso un duro golpe para el Tronao y un vecino más para el pueblo. El cura decidió que la mujer sin nombre no podría vagar sola por los caminos en el viejo carromato. Si el destino quiso que su marido muriera allí, significaba que aquel era el lugar donde ella debía quedarse. Siendo como era la máxima autoridad, mandó habilitar el viejo caserón del maestro, único recuerdo de que allí hubo una escuela y que serviría para que aquella mujer durmiera bajo un techo.

El pueblo entero colaboró en acondicionar el caserón que descansaba bajo un tejado podrido, cubierto por el musgo. Cambiaron puertas y ventanas borradas ya por la hiedra, las zarzas y el olvido. Cuando la casa quedó habilitada, la viuda de Ciriaco levantó por primera vez la pañoleta de su rostro y observó emocionada el resultado. Ese día se supo que se llamaba Lucía y que tenía unos hermosos ojos. Aquel sería su primer hogar desde que abandonara la casa de sus padres, siendo casi una niña, y el último, porque nunca más salió del pueblo.

El Tronao, mientras tanto, se sumió en la melancolía por la pérdida del único humano con quien tenía contacto. Pasaba más horas que nunca tumbado boca arriba, frente al cielo, contemplando durante horas cómo las nubes se alargaban y deformaban, escuchando el canto de los pájaros para matar el silencio de la soledad que cada vez era más profundo, hasta formar parte de su cuerpo.  

Miraba con tristeza aquel puñado de tejados oscuros y enmohecidos allá abajo, sentía nostalgia al ver salir el humo de las chimeneas y cerrando los ojos imaginaba el calor de una cocina, el olor de la matanza colgando de las vigas o una alacena con cacharros.

Por primera vez envidió a los vecinos que, afanosos, trillaban en la era, o a aquella pareja que se daba un beso furtivo tras un árbol. Le parecía hermosa la imagen de las mozas lavando de rodillas en el río y se le antojaba olor a jabón mirando los tendales.

Así dejaba deslizarse las horas y los meses desde la muerte de Ciriaco.  Pero esta pérdida no solo afectó su estado de ánimo, oía el ruido de sus tripas vacías y el hambre le mordía el estómago. Hacía mucho que no tenía cerillas ni piedra en el mechero. Llevaba semanas sin poder asar un conejo de monte o calentarse en una hoguera y el fresco del otoño ya acechaba por las noches.

La desesperación le dio valor para cruzar la collada y presentarse ante Lucía una tarde que ella recogía bellotas en el monte. Aquel día, por primera vez en muchos años, dejó la escopeta sobre una peña y se plantó ante ella desarmado.

Vengo en son de paz. Solo quiero hacer tratos contigo.

Como respuesta, Lucía le apuntó con la escopeta tan cerca que casi le rozaba. Se miraban fijamente, retándose, ella sin mediar palabra, él hablando solo. No tenía miedo porque sabía que aquella mujer con aspecto débil era fuerte como las rocas de los caminos por los que había rodado su vida y, si tenía que matar, mataba. Ya le habría disparado, si de verdad quisiera hacerlo.

Aún tengo dinero de los pellejos que vendí a tu marido. Necesito cerillas, tabaco, una navaja y algunas cosas más que ahora no recuerdo. Te compro quesos y leche y si necesitas una mano para arreglar alguna gotera, esquilar las ovejas o recoger leña…

Ella continuaba firme ante él clavándole la mirada, mientras el Tronao seguía su monólogo intentando cerrar el trato, aunque estaba visto que la viuda era más dura de roer que el difunto hojalatero.    

He visto que andas bastante sola en este pueblo. Yo estimaba mucho a tu marido y tú no deberías ir tanto al cementerio, siempre sales llorando. Bueno, lo dicho, si en algo puedo ayud…

No le dejó terminar la frase. Saber que la había visto llorar provocó tal furia en ella que al hombre le asustó más la expresión de su cara que el cañón de la escopeta, que ahora sentía clavado en las costillas. El Tronao, furioso, dio media vuelta y se fue por donde había venido mascullando juramentos.

 ─ ¡Con esta fiera no hay quien trate! No me extraña que nadie la quiera en el pueblo, seguro que no la aguantan ni los perros.

A los tres días encontró un saco a la puerta de la cueva con todo lo que pidió y alguna cosa más, que ni él sabía que fuera necesaria. No pudo resistirse y se sentó al sol a saborear un trozo de pan con queso. Comía con los ojos cerrados, concentrado en el sabor que de repente lo llevó a tierras extremeñas, aunque a él se le antojaron tierras extrañas, perdidas ya en la distancia de los tiempos. Fue entonces, al abrir los ojos, cuando vio algo sorprendente: una oveja pacía atada al árbol, junto a la boca de la cueva.

Eso suponía desayunar leche todos los días, como cuando era niño.  Por primera vez desde que aterrizó en aquel lugar una sonrisa cruzó su cara.

─ ¡No hay quien entienda a estas mujeres…!

Y es que Lucía tenía corazón, aunque jamás demostrara sentimientos. Acostumbrada a vivir por los caminos o acampar con el viejo carromato en los lugares más inciertos, dormía siempre alerta y su oído era tan fino que oía correr el tiempo.

Por eso presintió la llegada del Tronao aquella noche tan amarga para ella, poco después de morir Ciriaco. Lo esperó en la oscuridad, escopeta en mano, tras el cuarterón de la ventana.  Fue el día que el perro grande tanto corrió detrás del lobo que lo dio por perdido al llegar la noche sin que hubiera regresado. Pero al amanecer, cuando oyó pasos en el corral, vio llegar al Tronao con su perro herido en brazos y dejarlo tendido en el suelo, cubierto con una manta.

Aquella noche Lucía lloró de emoción y creyó en el género humano.

El hombre no sabía que ella le hubiera dado su propia vida por haber salvado la de aquel perro. Los dos arrastraban los mismos cansancios y recibieron el mismo trato del amo.

El principio del fin del Tronao estaba cerca.  

Ocurrió el día que al regresar a la cueva la oveja había desaparecido. Aquello fue el detonante para acabar de romper una mente ya muy débil. Durante días recorrió en vano montes y laderas en su busca.  No le importaba el valor de la oveja o su leche, que tantas hambres mataba. Ese animal era el primer y único regalo que recibió en su vida, era su compañía, su única posesión en esta tierra. En su búsqueda desesperada ya no se escondía de la gente, eran los demás los que le huían.

Se le veía vagar por los senderos a cualquier hora del sol o de la luna y tanta soledad acumulada hizo que perdiera el juicio. Ya no sabía lo que era, porque cuando iba al pueblo lo hacía escondido como las alimañas y en el monte era de ellas de quien huía. Aquella guerra de la que vino huyendo cada vez se hizo más pequeña porque cada vez estaba más lejos, hasta que acabó olvidando que un día hubo una guerra.

En su locura, su enemigo era cualquiera y disparaba a todo lo que anduviera cerca. Entonces el Tronao empezó a ser un verdadero peligro.

Con la llegada del invierno, cuando la fruta y la pesca escaseaban, la situación empeoró. La locura roía cada vez más su mente y el hambre ya rascaba sus huesos.

Por las noches bajaba al pueblo y recorría las callejas pegado a los paredones, en su busca desesperada de alimento. Forzaba los cerrojos de horneras y cuadras, robaba gallinas, azadas, hachas y cordeles o arrancaba las patatas y las berzas de los huertos.  

Donde nunca robó fue en el viejo caserón de detrás de la iglesia. Allí solía encontrar el portón entreabierto y dentro, en el corral, alguien dejaba un fardel con pan, tocino, algún chorizo o carne seca. En ocasiones hasta había una lata con patatas cocidas, unos garbanzos o unas berzas que comía allí mismo, mientras presentía unos ojos detrás del visillo de la ventana. Al empezar las heladas también encontró un par de mantas y un viejo tabardo que reconoció en el acto. Era el tabardo de Ciriaco.

Mientras mantuvo un poco de cordura, cada noche que bajaba al pueblo, lo hacía con un brazado de leña que dejaba en aquel corral para Lucía, la viuda de su amigo.

Ya entraba la primavera y los rebaños subían a pastar a la ladera. Se oyó un disparo a media tarde, pero nadie le dio importancia hasta que, al oscurecer, un vecino no regresó a su casa. Los hombres, temiéndose lo peor, corrieron monte arriba en su busca y el mal augurio se cumplió. Lo encontraron los perros bajo un roble, bañado en sangre, con un disparo en la cabeza. No se pudo hacer nada por él.

Lo enterraron un viernes… aunque no sé si eso importa…

Aquella era gente de bien, pero el dolor mezclado con la rabia genera deseos de venganza.  De nuevo se prohibió a los niños jugar en la calle y salir por los alrededores del pueblo. Por las noches se trancaban puertas y ventanas y en las cocinas no se hablaba de otra cosa.

Los hombres, que ya eran parcos en palabras, ahora estaban más callados que nunca. Algunos hacían turnos de vigilancia con las escopetas al hombro alrededor del pueblo mientras otros se iban collada arriba. Al volver unos marchaban otros, intercambiando largas miradas con mensajes dentro, que solo ellos entendían. Hasta que un día dejaron de hacer guardias y se acabaron las batidas, solo ellos sabían el motivo. 

Dos días después el lechero dio la voz de alarma. El cuerpo del Tronao flotaba en el río boca abajo. Todos los vecinos siguieron con sus quehaceres como si no hubiera ocurrido nada, ni siquiera tocaron a muerto las campanas de aquel pueblo.

Ya oscurecía cuando llegó la guardia civil y el cuerpo seguía flotando en un remanso, enredado en las salgueras. El cabo habló con los vecinos sobre el funeral, pero la respuesta fue unánime

─Ese hombre nunca fue vecino de este pueblo. Vivió en nuestros montes como las alimañas, nos robó y acabó matando a uno de los nuestros. En nuestro cementerio no permitimos enterrarlo.

Y así, el cabo marchó en busca del sargento dejando al muerto a la orilla del río, custodiado por las estrellas y cubierto con una lona, hasta que su superior decidiera qué hacer con él, porque seguía sin saberse de dónde llegó aquel hombre, hacía ya dos décadas.

Fue la noche más larga de la historia de aquel pueblo. Las columnas de humo saliendo de las chimeneas delataban a los vecinos que la pasaron murmurando en las cocinas. Pero, aunque todos estaban despiertos, nadie vio aquella sombra negra deslizarse por las callejas y salir del pueblo. No vieron a Lucía, ya cerca de la madrugada, recorrer como un espectro la orilla del río, al amparo de los chopos, y cargar el cuerpo del Tronao en un carretillo, para después perderse en el valle y subir a duras penas la collada.

Ya amanecía cuando el cabo y el sargento regresaron con un viejo Land Rover en busca del cadáver, que no pudieron llevarse porque había desaparecido. Nadie supo nunca qué fue de él, ni quisieron saberlo.

Solo Lucía llegó a saber el motivo por el que el Tronao mató a aquel vecino del pueblo. No lo justificaba, pero casi lo comprendía, porque el hambre también tiene sus reglas y aquel hombre las había infringido.

Lo supo el día que desde lo alto de la peña vio a la viuda cuidando su rebaño en la ladera. En el acto reconoció la oveja que ella dio al Tronao, la que le quitaba hambres, la que le acompañaba, su única posesión, su único regalo.

Aquel descubrimiento aligeró su alma y confirmó lo que ella pensaba. El Tronao no era un asesino. Mató por las mismas causas que acabaron con él: por locura, por soledad, por hambre, por miseria. A aquellos dos hombres les mató la guerra.

Al oscurecer, ante la cueva de Los Molinos apareció una cruz hecha con dos toscas tablas.

Sobre ella aparecía la leyenda: Tomás el extremeño, víctima de la guerra.