Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

CARTA DE AMOR

Cariño: 

Hoy se me ha caído tu libro en el pasillo del tren.

Sí, ese libro que me regalaste. Lo estaba leyendo, por la primera página, ya sabes que no sé esperar; y el tren frenó en la zona empinada del bosque; esa que siempre me da tanto miedo cruzar. Tu libro se desprendió de mis manos como un animal asustado y echó a volar. Descubrió que sus alas no eran ciertas y se deslizó por el pasillo en pendiente.

Corrí tras él, arrastrándome casi, como si aquel libro fuera una extensión de ti. Por suerte, un joven, unos asientos más adelante, lo cogió y me lo devolvió.

¡Qué bien respiré cuando te tuve de nuevo entre mis manos!

En ese momento de angustia, me encontré pensando en ti. Cómo si fueras tú el que te cayeras, el que había volado de mis manos; como si hubiera estado a punto de perderte.

Te quiero de una manera diferente a todas las anteriores; ¿sabes?

Te quiero queriéndome a mí misma.

Se suele decir que el amor es buscar a la otra mitad que te haga estar completa. Cariño, ¿acaso no estoy ya completa?

A mí no me falta nada. Y a ti tampoco. Te miro y eres una pieza extraña, brillante y diferente a mí. Pero completa. No encajaremos nunca, porque no somos dos piezas; somos dos puzles distintos, cada uno con sus propias piezas; ¿entiendes?

Yo te quiero a mi manera curiosa de querer. Yo no sabía que había maneras diferentes de querer; pero he descubierto la mía.

Me gusta poder estar a tu lado y enseñarte todas las cosas que no puedo enseñar a nadie más. Necesito hablar en voz alta, y concentrarme en leer tus pensamientos con sólo mirarte a los ojos.

Nunca me había puesto a pensar en qué sentiría si te fueras. Y la conclusión es que mi puzle seguiría entero. Esta figura extraña, pero única, seguiría caminando, se alejaría y buscaría otras figuras nuevas con las que compartir su manera de querer, sus emociones, sus sentimientos.

Pero, entonces, ¿por qué me agarro fuerte a tu libro mientras lloro? Supongo que la respuesta es sencilla: siempre quedaría de ti un vago fantasma, recordándome lo que tuve un día.

Creo que necesitaba pasar por este momento; este momento de duelo, en algún punto. Y estoy pasándolo ahora, parada en el tren, en pendiente, en el bosque que siempre te dije que me daba miedo cruzar.

No tengas miedo. Eres una figura preciosa. Y estás lleno de ideas mágicas y palabras que hacen sonreír. Tus labios son un rincón para quedarse dormida y no dejarse encontrar. Tus manos son soles y tus ojos un atardecer sereno.

Te quiero y te quiero libre; libre para querer de esa forma tan bonita a quien desees querer. Porque tu arte es el de querer y me has enseñado a querer sin ataduras.

Por eso te quiero diferente.

Si el tren se queda parado para siempre, en el bosque que siempre te dije que me da miedo cruzar, quiero que sepas que no estoy sola, que te tengo entre mis brazos. Que tú me ayudarás a volar sin despegar los pies del suelo.

Y que ya no me da miedo.

Este bosque ya no me da miedo.