Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

EL CHARCO

Luzón Rey era un hombre prudente y aquel paso de cebra le daba mala espina.

De repente era un niño que trataba de mantener el equilibrio en medio de un charco helado.

No es fácil atravesar un paso de cebra, franco para los peatones, sin tener que dar una pequeña carrera casi al final, cuando el indicador verde empieza a parpadear y los motores, alrededor, bufan de ansiedad por recuperar la marcha. La cosa se complica cuando al otro lado hay una horda de cuerpos dispuestos a saltar como si las rayas blancas fuera el escenario de un combate a muerte por alcanzar la otra orilla. Y, aún más, cuando algunos peatones, como si fueran la caballería, van pertrechados de sillas de ruedas, bicicletas, triciclos o, incluso, un bastón. Se ralentiza la marcha, aparecen obstáculos en el trayecto, entran las prisas irresolutas y cunde el nerviosismo; también entre los conductores, que aparentan no tener nada que ver con la refriega, pero quieren que termine cuanto antes.

Tampoco es fácil saltar un charco. No lo digo yo. Yo me limito a transcribir, en el mismo orden que me las dijo, las palabras que utilizó el extraño y desconocido personaje que, sentados a la barra de una taberna a una distancia de un metro o así, sin mirarnos, me refirió la muerte de Luzón Rey, otro desconocido. Estas cosas sólo pasan en los bares, donde el tiempo disfraza su propia naturaleza.

Según me contó el desconocido bebedor, Luzón Rey hacía varios años que vivía en la ciudad de provincias donde sucedió todo. Por fuerza, cada día hacía el mismo trayecto de casa al trabajo, funcionarial y espeso, y en dicho trayecto tenía que atravesar sólo un paso de cebra, pero de grandes dimensiones; a lo que se unía que siempre estaba lleno de gente, en una y otra costa, lo que daba la impresión de ser dos ejércitos dispuestos a la batalla. Dos veces al día se sentía Luzón un contendiente en las filas de uno u otro bando según la dirección de sus pasos, como en uno de esos partidos de homenaje a algún jugador y éste juega cada tiempo en un equipo. El resto del día trataba de esquivarlo.

Luzón era hombre prudente, tanto cuando caminaba, como cuando conducía (aunque no era un conductor de ciudad), y aquel paso de cebra le daba mala espina. Cualquier día iba a ocurrir una tragedia, un atropello o algo peor y él no quería estar allí para verlo. Era Luzón uno de esos que echan a correr a la menor oportunidad y a los que le molestan los obstáculos, aunque éstos lo sean por cuestiones de edad o fisiología; lo que no le ocurría en otros pasos de cebra de la ciudad. Se podría decir que su descortesía tenía una ubicación muy concreta y que sólo le duraba mientras el semáforo permanecía en rojo para los coches. 

El día de autos, sin embargo, no había tanta gente en el frente. Tampoco, a simple vista, artilugios de metal y ruedas que impidieran llegar al otro lado sin correr. Luzón Rey se sintió seguro y confiado por primera vez desde que había llegado a la ciudad y darse la coincidencia, no prevista, de que el sospechoso paso de cebra estuviera entre su casa y el trabajo.

Cuando la casilla de los peatones se puso en verde aún se lo tomó con calma. Avanzó al paso de los más tranquilos sin dejar de mirar el dibujo verde. Sólo si éste empezaba a parpadear incrementaría el ritmo, pero en ningún caso correría. Después de tanto tiempo cruzando por allí, con temor de sufrir un accidente, o de verlo, que a veces dejaba más secuelas, se sentía con derecho a relajarse un momento e, incluso, a disfrutar de ese breve viaje que tantos quebrantos le había ocasionado. A su lado corría la gente, en su misma dirección o en contra, despavoridos, como si hubieran perdido la guerra ambos bandos y huyeran; ambos ejércitos demediados. No le importó; aquel combate peatonal nunca le había importado más allá del miedo irracional a ser atrapado en cualquiera de los envites que se producían a menudo.

Y tanto se relajó que hasta se permitió cerrar los ojos un instante y dejar que los sentidos se recluyeran dentro de un caparazón aislado de la realidad y, justo al llegar a la mitad del paso de cebra, caer en una especie de letargo que le empujó a zambullirse en un gran charco del que pugnó sin éxito por salir.

De repente, era un niño que trataba de mantener el equilibrio en medio de un charco helado. Estrenaba botas camperas en una época del año poco propicia para las botas camperas de suela lisa, la nieve colgaba del cielo y en el suelo un manto blanco con trampas de hielo engañaba a los sentidos; pero era una ocasión rara en el entorno de su infancia, un acontecimiento, estrenar unas botas como las del Virginiano y, por lo tanto, lo merecía.

El chico, consciente de que había caído en una de esas trampas, pues el mismo había provocado el desliz en un intento de probar las botas y desmentir a los que opinaban que los vaqueros del viejo Oeste no podían caminar por el hielo. No se preocupaba por la salud de las botas camperas; el agua del charco estaba helada y ni siquiera mojar podía. Pero cada movimiento que intentaba era una posibilidad de darse un trompazo y quizá romperse algún hueso, la cartera le pesaba y la angustia empezaba a atenazarle.

Estaba atrapado en un charco que en otras circunstancias habría sido un pequeño obstáculo que se habría saldado con una fingida regañina de su madre por haber mojado más de la cuenta las botas nuevas. No había nadie a su alrededor, a pesar de que era un lugar habituado a la nieve y el hielo y donde la gente no se arredraba y seguía cumpliendo con sus labores por más que nevara y helase. La tortilla de su abuela lo esperaba. Pensó que se quedaría allí para siempre, que se congelaría y que ya no habría para él un mañana, tal vez ni una hora siguiente; los cuerpos de los niños se congelan pronto si los dioses no lo impiden. Entonces, todavía le rezaba a los dioses, uno y trino, y rezó para que alguien lo sacara de allí. Y su rezo surtió efecto.

Lucinda, una mujerona de hablar bronco y ademanes expeditivos, pero de corazón dulce y generoso, al verlo en tamaña tesitura, corrió hacia él y con gestos cariñosos y palabras amables, le ayudó a salir de aquel infierno de hielo. Nunca olvidaría el chico aquel gesto y siempre tendría a Lucinda por una mujer buena.

Poco después de este desagradable incidente entre la nieve, Luzón Rey caminaba lentamente entre la nieve tratando de no caer en más trampas, sudando a pesar del frio, mirando las botas que en la imaginación le habían sacado de tantos apuros en los desiertos polvorientos del viejo Oeste, haciéndose votos de que al domingo siguiente en la misa daría las gracias a quien correspondiera y hasta se confesaría si era menester, hacia la tortilla de la abuela.

En eso que escuchó el sonido de un claxon, anormal a todas luces en un territorio cubierto por muchos centímetros de nieve y donde los automóviles escaseaban, que le taladró los tímpanos.

Abrió los ojos en el momento preciso en que los brazos fuertes de una mujer, muy parecida a la Lucinda del sueño, trataban de arrastrarlo. Miró hacia el muñeco que presidía la torre del semáforo que regulaba el tráfico. Estaba rojo como el infierno. Las rayas del paso de cebra se difuminaban. El camión trataba de frenar. La cara de estupor de la gente era la prueba fidedigna de que se había metido en un charco del que le sería muy difícil salir. Empujó a la mujer con todas las fuerzas que le permitía la estupefacción. Ya no era un niño, así que era suya la responsabilidad de salir sin ayuda del charco de hielo y de volver a casa sano y salvo. Gritos y estruendo, las rayas del paso de cebra eran surcos de nieve que ya nunca más llegaría a cubrir un metro pues surgía del asfalto y no del cielo. El golpe fue mortal de necesidad y la oscuridad lo cubrió todo con un manto negro.

En fin, esta es la historia de un desconocido que me contó un desconocido en la barra de una taberna.

¿Se lo creen?