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HUMANISMO LA VOZ DEBIDA A PEDRO SALINAS Réplica al cuento “La Esquela” de Aurelio Loureiro

Salinas mata a la musa, al convertirla en sombra, en materia de sueño. 

No contaban Salinas ni el viudo imaginario que sus musas saltarían a otro amante.

Acabáis de leer lo que Aurelio nos dijo: escribo un relato corto sobre un hombre a las puertas de la madurez que se hace las veces de que su mujer ha muerto. Y habida cuenta que ya la tiene muerta, la hace inmortal. Y como viera que acampa en su vida la tristeza del sinsentido, decide fabricarse una esquela de su propio óbito, y ordena publicarla en un periódico.

Era así que no esperaba ya nada de la vida, de forma que los cielos le escucharon y le tiraron un infarto masivo, para luego morir sobre la mesa de hule de la propia cocina de la casa.

Siendo así, Aurelio nos contaba que esta historia le era conocida por el chismorreo del propio amigo de la pareja, quien poseía el secreto de la muerte del marido, porque después de enterrarle, vio, de vuelta a la casa del difunto, como la viuda recogía el periódico de encima de la mesa, de esa misma mesa de la muerte, donde la concisa noticia de ambas muertes falsas ejercieron de sentencia del fallecido; y así fue como la viuda y amiga del amigo recogió delante suyo el periódico para, sin mirarlo, arrojarlo al cubo de la basura.

Estábamos mucho después de esto, es decir, al día siguiente, sentados en la terraza del bar y comentando los hechos. Un barrendero que pasaba por allí arrastrando el gran escobón que le daba de comer nos dijo de pie, desde su altura: “eso ya se tiene escrito, por los platónicos; Ovidio, Herodoto, y repetido por San Juan de la Cruz y Santa Teresa, y Lope, y Verlaine, Baudelaire, Rubén Darío, y también estaba en Calixto y Melibea.

Pedro Salinas, en “la voz a ti debida”, en recuerdo a Garcilaso, ya lo escribe. Este hombre que pronunció su célebre discurso “defensa del lenguaje” en la Universidad de Puerto Rico, en 1944, en el país que había sido obligado a aprender en único inglés las claves del progreso en las escuelas públicas, ya había sido el homicida de su gran amor, una mujer alta de brazos rápidos, largos, nerviosos, de una voz densa, cálida, que camina con un paso brioso y decidido, desde sus encuentros en 1917 en la residencia de estudiantes de Madrid, en la sala grande, donde hoy se ubica el piano que tanto tocó Federico García Lorca .

Alumna suya, aquella profesora de literatura española “Katherine Prue Reding” (1897-1982), de tierno cuerpo rosado, que lució alguna vez un traje verde y tacones altos, todos manchados de estrellas.

Ese amor vive más allá de las palabras del perfecto neoplatónico que criminalmente es el homicida de su amada, y dice: “me estoy labrando tu sombra, la tengo ya sin los labios, te arranco el color, el bulto. Te mato el paso. Venías derecha a mí. Lo que más pena me ha dado, al callártela, es tu voz. Pero ya iba a traicionarnos. Estar ya siempre pensando en los labios, en la voz, en el cuerpo, que yo mismo te arranqué para poder, ya sin ellos quererte. ¡Yo, que los quería tanto¡ Y estrechar sin fin, sin pena, tu solo cuerpo posible, tu solo cuerpo pensado. Así mi amor está libre, suelto, con tu sombra descarnada.”

Salinas mata a la musa, al convertirla en sombra, en materia de sueño, y reitera el homicidio en su largo lamento: “y yo seré una sombra, y tú serás otra sombra (acecha como un tigre a su presa); se te está viendo la otra, se parece a ti, y como tú eres la frágil, la apenas siendo, tiernísima, tú tienes que ser la muerta. Tu dejarás que te mate, que siga viviendo ella, embustera y falsa tú, pero tan igual a ti que nadie se acordará si no yo de lo que eras.” Esa transmutación del cuerpo de la amada en sombra inmortal, es esencial en Salinas, es el ser como acto de la poética metafísica.

Con todo, la Katherine impresionó con sus grandes ojos azules a Jaime Salinas, el hijo del poeta, muchos años después. Cosa que no conocemos por Salinas, impregnado cristiano, porque tampoco de Jesucristo conocemos por sus apóstoles si era alto, bien formado, si tenía el pelo de este color y de esta forma, o los ojos con aquellas cualidades; tampoco la barba, el cuello, los hombros, la espalda, los pies, las manos, su forma de andar, nada. Los hechos de los apóstoles y los textos evangélicos, solo nos hablan de su mirada.

Salinas es un místico, alabando la pureza del amor, en la eternidad de un presente a salvo del tiempo y del espacio, y está convencido de que ya se habían encontrado muchísimo antes, ya estaban reunidos no sabe desde cuándo. Tu eres mi camino de perfección, le asegura a Katherine Reding Whitmore (ella ya se había casado y desde su matrimonio no hubo más relación con Salinas; solo epistolar, aunque Pedro mantuvo ese amor hasta el último día de su vida). “Tú eres de carne de milagro”. Por eso quiere vivir en los pronombres, en el yo y el tú desnudos de anécdota. “Quítate ya los trajes, las señas, los retratos; yo no te quiero así, disfrazada de otra, hija siempre de algo. Te quiero pura, libre, irreductible: tú y punto, y cuando me preguntes quién es el que te llama, el que te quiere suya, enterraré los nombres, los rótulos, la historia  y vuelto ya al anónimo eterno del desnudo, de la piedra, del mundo, te diré: yo te quiero, soy yo.”

Salinas descalzo pisando tierra sagrada, como Moisés ante la zarza que pregunta ¿Cuál es tu nombre?, ¿Qué les diré? La voz responde: Yo soy el que soy.

El infinito y eterno Padre Nuestro, innombrable.

Fácilmente comprendemos la importancia de esa búsqueda de ser uno, en la que el numeral se pierde, y queda traspuesto, en esa selva virgen tan hermosa: la imposibilidad de distinguirse. En la cual no penetra nunca ese rayo del tú y del yo, del me quieres y del te quiero; todo el tormento y el dolor de la primera y de la segunda persona, que separa a dos sujetos para siempre en las gramáticas y el mundo.

El misterio de las personas en la unidad, yo en mi, y yo en ti, y nosotros en él, la verdad auténtica: “mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano”.

“El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama, no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando lo que os he dicho” (Juan 14.21.26).

Salinas devora a Unamuno buscando también a Dios entre las sombras. El amor humano toma el lenguaje del amor místico, no fue el amor místico el que tomó el lenguaje del amor humano. Aunque, al fin y al cabo, el amor humano, las más de las veces, no sea más que un cántaro roto.

Es una referencia el vínculo entre amor, religión y poesía, esa trilogía que tratamos aquí, pero se puede ampliar con el arte, la música o la belleza de la tierra: si bien remarcar que, en las tres primeras, en las tres, late la nostalgia de un estado anterior. Y ese estado de unidad primordial, del cual fuimos separados, del cual estamos siendo separados a cada momento, constituye nuestra condición original, a la que una y otra vez volvemos.

Y así vuelve el viudo imaginario que ha hecho homicidio con su mujer, para dejarla en el mundo imaginario porque “para pensar un tigre basta su huella, su mujer ya no viene, pero viene la esquela”.

No contaban ni Salinas, ni el viudo imaginario con que sus musas saltaran a otro amante. Por eso, todo es amor que se vierte dándose a la fuga. Y ponen su amor en corazones muertos de modo que nunca sabrán lo que es la eternidad de los amores, porque es lo cierto que hay dos corazones vivos, los Sagrados Corazones.