Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

CASA EN SOLAR AJENO (DEMOTANASIA)

Buscamos el olvido. Durante muchos lustros,
la tierra procuró el favor de lo anónimo
y, al hilo de su estela, fuimos desvaneciéndonos
en su manso apagón de atardecer con brisa
en que las nubes pasan hacia ningún lugar
desmigando en el cielo perfiles inmudables.

 
Pasar inadvertidos: ese era nuestro oficio,
y se nos daba bien. Guardamos el secreto
de la felicidad, la connivencia plácida
de todo con nosotros, de nosotros con ella.

Con nadie compartimos
los caminos de tierra y el rumor de las fuentes,

 

el grito de las águilas, el susurro del río,
las flores de la peña,
los frutos del otoño confidente
que murmura en las ramas el misterio
del renacer del mundo,
la plenitud silenciosa de la nieve

 

o el mudo parlamento de la noche estrellada:
los signos sin lenguaje,
la belleza sin cuerpo, los primordiales símbolos
que cebaron la hoguera donde el hombre
buscó el calor en su primer vagido,
antes de la nostalgia y las deidades.

 

Nos pudo la avaricia:
el aire, el sol, el agua y esa tranquilidad
de una vida sencilla y clara donde,
lejos de todos, poseer un centro
inamovible, inmune a lo inconstante,
al abrigo del tráfago.

 

Y así llegó el olvido.
Salir de casa y entrar en una calle,
de repente, fue un acto vegetal:
en todo estaba reflejado el sol,
ortigas y lagartos, abandono,
la intimidad de los primeros libros.

 

Nadie con quien hablar.
Pisar sobre tus huellas, ver cerrarse
sobre el sendero la maleza, al humo
de la voz diluyéndose en el aire,
dejar de oír los ruidos…
Andar en tratos con la soledad,

 

mientras la soledad fue compañía:
éramos menos vivos que fantasmas
y los fantasmas nos dejaron solos
también. Sus voces se apagaron
un día, sus miradas dejaron de pesar,
nos olvidaron ellos.

 

Entonces fue la ausencia. Lo terrible
no es cargar con el peso del pasado
sobre los hombros, sino
soñar hacia delante sin futuro
y rescatar los disipados sueños 
de la infancia, volver al niño para irse.

 

Habíamos construido
—aunque siempre es así sobre la tierra entera—
casa en solar ajeno,
teniendo por señor a quien quisimos.
«Llévate la puerta:
eres el último», susurra el viento.

 

Antonio Manilla