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AMÉLIE NOTHOMB El padre ha muerto

Amélie Nothomb tiene mucho que decir y lo dice con sucinta elocuencia.

Los nombres epicenos son aquellos que valen tanto para hombres como para mujeres; lo que nos conduce al asunto de la identidad.

La editorial Anagrama, que publica Los nombres epicenos, ha conseguido construir durante muchos años un edificio literario perfectamente reconocible, tanto por el contenido como por el diseño. Se trata de una editorial de esas consideradas literarias y que, a su vez, se identifica a sí misma como literaria. Corren malos tiempos para lo literario −en general son malos tiempos−; pero la editorial sigue en sus treces, permitiendo que también sus autores se identifiquen con facilidad.

Buena culpa de ello les corresponde a esos autores y a su individual manera de manifestarse dentro de unos parámetros menos fijos de lo que pueda parecer a simple vista. Anagrama, con Jorge Herralde al frente, ha logrado muchos de éstos sean también perfectamente identificables dentro de una línea editorial muy definida. Es el caso de Amélie Nothomb, escritora belga criada en muchos lugares del mundo, debido a la carrera diplomática de su padre. Incluso se pensó durante mucho tiempo que había nacido en Japón.

Esta circunstancia que hubiera podido pasar desapercibida es, sin embargo, la piedra angular del universo literario de Nothomb; que, además, se caracteriza por no derrochar papel en sus novelas. Estas son cortas, con el estilo apurado al máximo de la resistencia de la palabra, aquella que define la emoción del momento, la esencia del impulso que la precede. En cada libro elige el mejor camino para llegar al núcleo, lo desbroza, lo dota de su peculiar atmósfera narrativa y nos muestra el núcleo en todo su esplendor.

Nos engaña la autora con esa claridad llevada al paroxismo, la sencillez trabajada, aquello que esconde la luz de las palabras; a veces, más difícil de encontrar que si estuviera entre la niebla, pero también más luminoso.

La cuestión de la identidad −representada en este último libro publicado en España por los nombres epicenos, aquellos que sirven tanto para hombres y mujeres, como Claude y Dominique, nombres de los protagonistas− es el núcleo que invita a la búsqueda y a la narración de esa búsqueda. El asunto de la identidad a una edad difícil, la infancia y adolescencia es como un disfraz revestido de rencor y dardos que queman más porque arden por dentro. El estilo, claro, contundente, directo, despiadado con las emociones contradictorias, violento a veces con el objetivo, retador, es ese disfraz de dardos.

Amélie Nothomb dispara en cada libro un arsenal de dardos que salen de sus vísceras, pero de una forma calculada y con el impulso necesario para clavarse en el centro de la diana. Ahora es el padre el objetivo de sus dardos envenenados de rencor y deseo de venganza. La prosa no oculta los dardos, ni el motivo de la venganza, que se hace literatura, ni el mal que se deriva de todo ello. La maldad fría, silenciosa, oculta en los ojos de la adolescente que ve cómo su padre crea un mundo injusto a su alrededor. La niña que empieza a comprender que su padre no la quiere, al tiempo que utiliza el recurso de odiarlo a él y hacerse invisible, esperar desapareciendo.

Muy interesante el pasaje del fenómeno del celacanto: “Existe un pez llamado celacanto que tiene el poder de extinguirse durante años si su biotopo se vuelve demasiado hostil: se deja vencer por la muerte a la espera de las condiciones para su resurrección. Sin saberlo, Épicène −la adolescente que nos introduce en la intriga− recurrió a la estrategia del celacanto.” Un suicidio simbólico, como dice la autora; quedó entre paréntesis.

La venganza sobreviene como por inercia. La identidad empieza a cobrar forma. El último dardo es el definitivo; el que muestra la realidad de la muerte y el espejismo de una vida, dedicada a refocilarse en el vapor que despide ese espejismo. La claridad esconde cosas, argumentos, emociones que quieren ser desveladas. No os fieis de la sencillez de la autora belga; sus palabras esconden secretos e invitan a pensar.