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ROSA HUERTAS La hija de Galdós

Rosa Huertas adopta a Galdós para reivindicar el papel de la mujer en la sociedad y en la cultura.

La hija del escritor es mucho más que un homenaje al autor de Tristana; el problema de la identidad, el amor, los conflictos generacionales, están presentes.

En la aventura lectora hay encuentros que se producen tarde y, cuando lo hacen, invitan a la reflexión. En mi caso, sucede que supe de la existencia de Rosa Huertas hace relativamente poco, a través de las redes y cuando la autora madrileña ya tenía en su haber un considerable número de libros publicados. A veces es más fácil mirar a otro lado que reconocer que tienes lagunas literarias, justificarse pensando que no se puede atender a todo; pero me llamaron la atención dos cosas. La faja promocional del libro: 2020 Centenario Benito Pérez Galdós (1843-1920); y la editorial, Edelvives (Colección Alandar), por lo que sabía, una editorial preferentemente juvenil.

Nunca he sido muy dado a las taxonomías literarias –más allá de los géneros pertinentes y, cada vez, menos−; de modo que no sabría qué lecturas recomendar a los adolescentes para animarles a seguir leyendo, salvo los libros buenos, aquellos que sirven y animan a lectores de todas las edades, aquellos que no pretenden ser lo que no son y llegan hasta donde quiere el autor, sin mayores pretensiones. Con los libros pasa como con las personas, cualquiera que sea su género, tanto espantan los vacuos como los pretenciosos. Es muy difícil hallar el equilibrio, el término medio, la medida exacta entre lo que se quiere decir y lo que se dice; en la literatura actual –por poner un término genérico− prima la exageración –tantas páginas tienes, tanto vales, aunque sobren la mitad− por lo general, y el exceso de información, como en la vida misma. La sencillez se confunde con demasiada frecuencia con la facilidad y el objetivo primordial de la literatura –remover el alma, el espíritu o las tripas del lector− con el entretenimiento. El equilibrio y la sencillez son muy difíciles de conseguir. Me pregunto a menudo por qué los adolescentes necesitan entretenerse con un libro cuando cuentan con un arsenal de videojuegos en los que pueden participar y, además, les enseñan cosas. Una de las razones que certifican la magnitud de la lectura es la de promover a otras lecturas; convertir la curiosidad en pasión.

Sin embargo, a pesar de mis incómodos prejuicios, manías de viejo airado con ciertas tendencias editoriales, no quise pasar de largo. La llamada galdosiana de la faja propiciaba la atención, así como la suspicacia: en los aniversarios suelen sucederse los homenajes literarios con la trillada excusa de recuperar la figura de tal o cual escritor caído en el olvido o injustamente tratado por la historia. Por otra parte, la revista Epicuro, ha venido tratando la personalidad vital y literaria del autor de los Episodios Nacionales, fiel a su perspectiva humanista, y lo seguirá haciendo con el propósito de que su figura no quede enterrada por la sombra de olvido que propicia el coronavirus. Si bien, quizá el reclamo estaba más en el título de la novela de Rosa Huertas, La hija del escritor, que me hizo pensar en el eterno conflicto de los hijos con los padres artistas, hombres o mujeres.

No bien indagué en el perfil de la autora me enteré de que, además de escritora de larga trayectoria, es profesora de literatura en un instituto y –algo que no me extrañó− que hace gala de su intención didáctica, que no esconde su propensión a enseñar y transmitir emociones; algo sustancial a cualquier ejercicio literario. Una vez leída la novela supe que, aunque la intención original fuera dirigida a adolescentes cuya identidad es barbecho para cultivos contradictorios y heterogéneos, en realidad era susceptible de llegar e inspirar a adolescentes de cualquier edad, a lectores de todas las edades. Tiene a su favor La hija del escritor la sencillez y la medida, el equilibrio entre el fondo y la forma, la falta de pretensiones y la facultad de llegar a donde quiere, ni más ni menos, con lo que de ambición tiene eso.

Galdós era el motivo propicio por muchas razones, además de la trascendencia de su obra inmortal por más siglos que pasen por el trato que propició a sus personajes y la reivindicación que hizo de la situación y el papel de las mujeres en su tiempo. La novela de Rosa Huertas es asimismo una reivindicación de ese papel a lo largo del siglo pasado y cuyo destino en el futuro depende de cómo pensemos y actuemos desde el presente. Muestra la obra de Galdós y la personalidad artística de un hombre preocupado por la sociedad en la que vive, por las personas que le rodean, por la cultura y la política desde las emociones que procuran sus novelas, artículos periodísticos, obras de teatro y, en definitiva, su actividad intelectual. Enseña la novela que hay un mundo más allá de la mirada de los adolescentes que emprenden una búsqueda que también va más allá del forzado encuentro con Galdós; un mundo que puede ser mejor, más justo, a poco que se empeñen.

Pero hay mucho más; como el conflicto entre el padre, escritor de éxito, separado de la madre deprimida, y la hija adolescente que no acaba de comprender las razones de la vida; la memoria que se muestra con la contundencia de los recuerdos imprevistos; el amor que, querámoslo o no siempre es adolescente aunque te pille con más canas de las debidas; la autoría de los libros, a quién pertenecen las novelas que otro ha escrito; la suplantación de la identidad. Y un etcétera sin puntos suspensivos que habrá de descubrir el lector, aunque ya haya superado esa adolescencia que nunca se supera. Al menos, el lector siempre será un eterno adolescente, pues nunca le abandonarán ni la curiosidad ni la inocencia.

La novela de Rosa Huertas nos da una pista; nos enseña con la sencillez de quien sabe lo que quiere decir. Galdós estaría de acuerdo con su perspectiva; el escritor canario/madrileño también sabía lo que tenía que escribir. A mí, sin ir más lejos, me ha atrapado esta hija del escritor.