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OTRAS MUERTES, OTROS ANIVERSARIOS Recordar en tiempos de pandemia

Pensábamos que el coronavirus tenía el usufructo de la muerte en este 2020. Sin embargo, ha habido otras muertes que hay que tener en cuenta.

El fallecimiento del actor Pepe Martín el pasado domingo nos sitúa en la pista de dos aniversarios: la muerte hace 150 años de Alejandro Dumas y Charles Dickens.

El confinamiento no es buen momento para las necrológicas. La muerte está tan cerca, es tan reciente a cada minuto que pasa, que resulta difícil discernir entre las emociones cotidianas −a flor de piel, desde la distancia necesaria− y los sentimientos más arraigados en la idiosincrasia que cada uno ha venido forjando con los años, los sentidos y  las vivencias. Las víctimas de la pandemia son cadáveres anónimos en busca de una sepultura digna antes de engrosar las listas de muertos que dan pie a las estadísticas. La noticia es más la muerte que los muertos. No importa que cada uno de ellos tuviera rostro, nombre y profesión. El coronavirus –al igual que pandemias anteriores− ha convertido la muerte en un asunto colectivo y, en un proceso sinuoso de enmascaramiento –la enfermedad que se propaga a discreción siempre enmascara algo−, acabado con la particularidad de cada enfermo; con la personalidad del contagiado después de borrar los rasgos que lo definen. No es raro, por lo tanto, pensar que si se habla de uno en concreto se estaría menospreciando u ocultando a los demás. Cuando la muerte indiscriminada –por más que siga habiendo muertes ajenas al virus, como hemos visto y sentido a menudo estas semanas- acapara el dolor de las pérdidas la necrológica deviene en catarsis.

Hay otras muertes, sin duda, y algunas de ellas llegan más raudas y con más fuerza a la caverna de nuestras emociones y se convierten en sombras perpetuas que nunca dejarán de proyectar luz sobre la realidad, por triste que ésta sea. Callé cuando murió Juan Eduardo Zúñiga −101 años no es mala edad para ponerle prólogo a su memoria−, reviví a Luis Eduardo Aute en el artículo de Esneda C. Castilla Lattke que homenajeaba al músico que se inspiraba al alba y pintaba partituras de vida y amor y también en las canciones que acompañaban a los aplausos desde su ventana; música y aplausos para los que tratan de frenar el contagio y evitar muertes. Callé estas muertes por respeto a las otras, a las anónimas reflejadas en los rostros desencajados de sanitarios y sanitarias y en las sonrisas de aliento ocultas tras las mascarillas. Aplaudí hacia dentro y me tragué las palabras.

Sin embargo, las muertes han seguido, las unas y las otras, en este año de la pandemia del coronavirus y ha muerto Pau Donés –el cáncer es más taimado que el covid-19− y ha muerto Pepe Martín, Edmundo Dantes, el Conde de Montecristo español.

Imposible seguir callando cuando los circuitos que conectan el presente con el pasado, las circunstancias con las casualidades, la sorpresa con la magia, se muestran a la luz como si fueran los cables de un tendido eléctrico. Resulta que en este 2020 de imposible olvido hay que recordar las muertes –aniversarios procedentes cuando el estado de alarma sea el capítulo primero de una pronta recuperación− del padre literario de nuestro querido y admirado actor, Alejandro Dumas y de su coetáneo inglés, Charles Dickens, ambos muertos en 1870. Es decir, hace 150 años y, por si eso no bastase, la muerte en 1970, cien años después –curiosa coincidencia también que sea el centenario de su nacimiento− de Paul Celan, el poeta suicida que nunca pudo superar el asesinato de su madre en el campo de Janowska.

Argumentos de sobra para no olvidar –aunque las necrológicas queden para mejor ocasión, cuando la libertad de ser visibles de nuevo refrende las palabras que la avalen−; todos los artistas citados, de una forma u otra, vivieron algún tipo de confinamiento; todos ellos experimentaron la caída en el abismo, el lado oscuro; y todos ellos abrieron el camino –fueron linterna− hacia una nueva realidad, la mejor realidad. Recordad: esto no es una necrológica; tampoco una pipa, Magritte.