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CARTA DESDE MI CELDA 31: Se nos ha cambiado la mirada sobre el mundo

Con este bello texto sobre el momento que vivimos por el coronavirus, Avelino Fierro pone el colofón a Cartas desde mi celda, que han ido apareciendo en TamTamPress.

Al menos, estos días se han atenuado los ruidos madrugadores en el barrio. Despiertas, das vueltas en la cama, vuelves a atrapar unos minutos el sueño. Algunas palomas se posan en las barandillas de la terraza y alborotan. Son odiosas. Siguen a lo suyo, sin enterarse de que todo se derrumba. Te esfuerzas en hacer como si no pasara nada, como si esto fueran unas vacaciones forzosas en las que no has podido elegir tu turno y el mal tiempo te obliga a estar encerrado en casa. Desayunas y te aseas y aguardas. Quieres que las horas sean veloces. Y que no lleguen noticias. Poner burlete en las ventanas para que, como decía Flaubert, no entre el aire del mundo.

En murmullo o en oleaje viene hasta nosotros el pasado. Y a las palabras o a un sonido vas anclando imágenes o momentos de felicidad. Te ensimismas y recreas en ello. Yo me he instalado en esa lentitud. Veo la carátula de Lohengrin y estoy caminando con mi hijo por Barcelona, cantando esa aria de Leporello de Don Giovanni. Era la ópera que aquellos días hacían en el Liceo, él tocaba con ellos; ahora se ha suspendido este Wagner. Por aquellas calles  cercanas a las Ramblas he estado paseando un buen rato. Y así sucede con un libro, o cuando te miras sin prisa en el espejo y una pequeña arruga en la frente te lleva lejos. Se nos ha cambiado la mirada sobre el mundo. No sé si somos más reflexivos o nos puede la añoranza. El futuro lo vemos como una madeja oscura, redonda, en la que no aparece el extremo del hilo para desenredarla.

Pasan los días y es como si otra piel se sobrepusiera a la que siempre nos acompaña. Mutantes torpes embutidos en un traje nuevo. Todo muda, y no sé cómo será el  mañana. Las horas, los objetos, las miradas tienen otra sustancia. En la mesa del salón están las flores. Y en un pequeño tarro de cristal un tulipán se desmorona. Voy buscando su compañía, pero no quiere decirme nada. No sé dónde tiene sus ojos o la boca, ni quiere mover sus dedos. Lo dibujo en blanco y negro. Trato de trocear las partes de su alma. Días atrás esto no pasaba; será la tristeza que todo lo invade. Y la desconfianza en que esta consternación sirva para algo, como algunos pregonan. Los mismos seguirán en lo mismo cuando pase el dolor. Otros lo llevarán tatuado en sus espaldas, por su mirada los reconoceremos. Todo se seguirá nutriendo de embustes y mercaderías, la presunción y los corruptos estarán de nuevo a sus anchas. Los filósofos, a quienes estos días se pide consejo, volverán a sus casas. Y ya no se hablará de sus enseñanzas ni de la virtud. Volverán los hombres a estar desasistidos, desnudos, descalzos; sin abrigo ni armas. Alguien les traerá una pequeña candela, como en la historia que se cuenta en el Protágoras, y con eso tendrán que arreglarse.

Y no serán necesarios los sonidos de la cítara, ni que reciten los poetas con el ritmo pausado del hexámetro “Canta, Musa, la cólera de Aquiles”. Volveremos sin pausa a la ansiada voluntad de vivir, al ajetreo. A hacer de cada uno de nuestros días una pequeña vida. En eso somos desconsiderados, egoístas, quizá miserables. George Steiner, en ese diálogo de La barbarie de la ignorancia, decía: “Arthur Koestler, el gran escritor, estaba convencido de que el cerebro consta de dos mitades: una pequeña parte, ética y racional (todavía muy pequeña) y una enorme trastienda cerebral, bestial, animal, territorial, cargada de miedos, de irracionalidades, de instintos asesinos…”. Baudelaire nos habló de la vileza de nuestros corazones.

Sólo el sufrimiento nos iguala. Será difícil curarnos de ese silencio venenoso que está ahí afuera, que nos oprime las sienes y el corazón. Cuándo acabará este abandono de los dioses. Ni siquiera parece murmurar el viento; y las nubes van o vienen sin ningún esmero, a pesar de que siguen en el aire los caprichos de la primavera y alguna noche he visto la luna roja alzarse desde el este sobre los tejados.

Leo un libro tras otro, como quien pasa las cuentas de un rosario. Muevo a veces los labios. Pero leo pocos poemas, qué extraño. Ni siquiera he saludado al mes de marzo, nuevo y esbelto con su calzado de púrpura, como hace Emily D., ni puedo llevar en mi pecho la flor que deslicé en el vaso. Sí viene –como sentía ella– de vez en cuando, la muerte que quiere abrir las puertas, y rebaños fatigados cuyos balidos ya no se repiten. En la radio está perorando un memo. Tras la última guerra en Europa todos se esforzaron en reconstruir aquellos páramos. Luego vinieron los años de la codicia y todo lo destrozaron. Las sociedades de nuevo enfermaron con la tisis del crecimiento desmesurado. La boca se acostumbra pronto a lo que parece miel, los  ojos al rímel.

Estos días han traído un frenazo brusco a nuestro desaforado vivir. Lipovetsky y Serroy nos hablan de reducir la importancia del consumo en nuestra vida, de la fiebre del “cada vez más”. Pero sólo los clochards y mendigos parecen seguir en su tempo. Como el gitano que hoy he visto al bajar al quiosco. Traía música en su teléfono. “Está el día raro, señor, están los supermercados cerrados”, dijo. “Es que hoy es fiesta”, comentó otra persona que esperaba conmigo. Vestía un chándal fosforito y tenía el pelo recién cortado y engominado, como si hubieran abierto sólo para él una peluquería. Hace años que no lo veía; era un niño muy guapo. Pensé que había muerto. Recuerdo hace tiempo su imagen, un día de verano, en la calle entre la iglesia y las vías, medio desmayado al lado de un coche mirándose el veneno de las pupilas en el espejo retrovisor. Hoy no esperó su turno, pasó por delante de todos al interior. Se alejó después con andar nervioso, entre quejíos flamencos. En su desenfado parecía un lector de Marco Aurelio: “Apenas cuenta que vivamos unos días o siglos, puesto que la muerte sólo nos arrebata el presente, y no el pasado ni el futuro, que no nos pertenecen”. Los demás sentimos la idea de ser en el tiempo como un desventurado estado. Andamos tan resignados, con miedo, tan inermes

Y cuando todo esto acabe tampoco enderezaremos el paso. Seguirán vociferando los más idiotas. Incluso estos días siguen en ello, empeñados algunos en ideologías de verbena o en identidades casposas  y olvidando lo solidario. Decía Tony Judt que la política no es un lugar al que tiendan a dirigirse las personas con autonomía de espíritu o amplitud de miras. Volveremos al presente, a este mundo lleno de escaparates con brillo, en los que pegaremos la nariz. Y muchos seguirán en el aprisco de los olvidados. De la ceguera del Estado y hasta de nosotros mismos sólo nos salvará la cultura, el humanismo, las voces y músicas que nos hicieron, las ficciones supremas, esas ingenuidades. Si no es así, volverán los filósofos al silencio; regresarán a la caverna. No escudriñaremos en nosotros mismos. No cambiaremos nuestra vida como nos pide Rilke en el verso final de su poema “Torso arcaico de Apolo”. Porque sentiremos miedo a quedarnos rezagados en esta carrera sin sentido. Ni siquiera miraremos hacia atrás, temerosos de convertirnos en estatuas de sal.