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GALDÓS: EL CABALLERO ENAMORADO (II)

Las novelas de Galdós bien podrían ser terribles pesadillas o sueños fantásticos de su mente preocupada.

Con este formidable sueño, que es El caballero encantado, quién sabe si se quedó dormido para siempre.

Sí se sabe, sin embargo, que, tanto sus palabras como su conducta, nunca conocieron tregua ni en la sinceridad ni en el optimismo. Pero, fuera de tales consideraciones, cabe decir que en ese peregrinar del protagonista en busca de su purificación a través del árido paisaje castellano moldeado por el arado del campesino, una vez que es absorbido por el otro plano de la realidad, observamos que hay un motor que le impulsa a adentrarse en ese viaje que no es otro que su amor por Cintia, que le observa, fantásticamente, al otro lado del espejo. Después de haber recorrido muchos caminos encontrándose a cada paso con seres y escenas maravillosas y de soportar penosos trabajos, aparece la mujer de sus sueños, también encantada: “Acabarás por recordarme, acabarás por reconocer al que desdeñaste, al que te amó con locura…, al que te lleva en su alma vagando en estas soledades tristísimas” (X, 164). Más adelante, ella le pregunta que si estar encantada es lo mismo que estar enamorada. A lo que el joven contesta: “…hay gran parentesco entre el encanto y un vivo amor” (IX, 172). El optimismo engendrado en el corazón de Tarsis, ahora llamado Gil, favorecido por el amor de Cintia, ahora Pascuala, es una de las fases de ese proceso purificador. El pasaje está cargado de simbolismo. Galdós tenía claro que el pesimismo y la abulia adormecían la voluntad para regenerarse: “El pesimismo que la España caduca nos predica para prepararnos a un deshonroso morir ha generado una idea falsa. La catástrofe del 98 sugiere a muchos la idea de un inmenso bajón de la raza y de su energía…” (“Soñemos, alma, soñemos”, en Memoranda, p. 239). Era necesario, pues, recuperar la ilusión, creer en una transformación posible de las constantes internas, pero también de las externas.

La cruz, el fusil y la hoz

Desde luego que para poder llegar a la luz hay que luchar contra los elementos siniestros y oscuros. En este paisaje castellano nos encontramos con la España campesina brutalmente explotada por la fachada de la oligarquía que extiende los oxidados eslabones de sus cadenas sobre el que también es protagonista de la novela, es decir, el campo de Castilla, cuyo abandono evidente refleja una tierra yerma y pobre en su extensión. Esa oligarquía es sostenida y protegida por la Iglesia Católica y por las Fuerzas Armadas, impuestas estas últimas por tal poder opresor, y perpetuada la institución por ese catolicismo cerril. Fuerzas que ya tuvieron ocasiones mil para mostrar sus debilidades veladas, trasunto de un masoquismo constante, antiguo y reciente a un tiempo.

Y ahora pretenden hacer una heroica demostración de control y dominio con quien menos puede defenderse, con el campesino, con el labrador esclavo de propiedad ajena, sometido, explotado. Catolicismo inquisitorial, escaso en tolerancia y sobrado en hipocresía. Es lo que explica Macías Picavea acerca de la religión: “¡No, no se puede contemplar sin alarma, ni por su hipocresía y vanas exterioridades ni por la moralidad cristiana que en el fondo revela, el estado actual de nuestras costumbres religiosas, menos que lisonjero, peligroso y enfermizo! ...” (El problema nacional, Madrid, Seminarios y Edic. S.A., Madrid, 1972, p. 96). Dos bestias negras que esclavizan al pueblo y lo conducen preso a la desesperación. De Boñices, aldea perdida de Soria, donde se encuentran los protagonistas, se dice que es “el emporio de la miseria” (XVII, 238). Y es que a esas dos bestias viene a sumarse la corrupción político-social de la que son víctimas esas “mujeres flacas cargando leña” o esos hombres “en busca de una limosna con forma de jornal” que constituyen la España fantasmal y miserable. Son los caciques que, a modo de bárbaros institucionalizados, representan: “…la negación de todo derecho, de toda técnica, de toda ciencia, de todo principio de civilización verdadera… Toda su finalidad, la finalidad de ese caciquismo, egoísta, intrascendental, casero, se encierra en estas inferiores aspiraciones: dominar, no gobernar; expoliar, no administrar…” (Macías Picavea, 1972, p. 104). Esta vez, en El caballero encantado, como ya se vio años atrás en el Galdós de Misericordia hablando de los patronos, hace referencia a la conducta de los caciques en la casta de los Gaitanes, Gaitones y Gaitines: “En Calatañazor vive un Borjabad que trafica en cordelería… Viven también Gaitines, que esta casta maldita por todo el contorno extiende sus rejos y garfios” (XVI, 276). Frente a esta red explotadora de grandes y pequeños detentadores del poder, se encuentra el pueblo campesino “horrible y pobre”, lugar de injusticias y sufrimiento.

El reloj estropeado

Galdós, pues, mediante esa moderna técnica literaria sobre la que ha construido su relato y que rompe las barreras del realismo tradicional, nos muestra los hechos que se suceden en esa intrahistórica realidad de la España rural de principios del siglo pasado. Pero, fijémonos bien, tales hechos son también consecuencias que vienen dadas por un peculiar concepto de gobierno que se ha producido en todos los tiempos. Hay una frase significativa que escribe el autor cuando Gil se dirige a las ruinas de Numancia, allá por los áridos y tristes caminos de Soria: “…avanzó en su camino, sin hallar persona viva. Era una región solitaria, en la que Gil no encontraba más que la huella invisible de la Historia, y gráficas huellas de rebaños” (XIII, 193).

Fragmento aún más significativo si recodamos el nombre originario del que fuera marqués de Mudarra. Galdós nos está transmitiendo una visión del acontecer histórico que no se agota en la simple presencia de unos hechos que se están produciendo entonces. Dese luego que esa punzante actualidad es la que le lleva a escribir sus novelas, escogiendo las más de las veces la sugestiva ciudad en la que vive (Madrid) y esgrimiendo su pluma al compás del tiempo desafiante en que esa ciudad renacía y moría, como se observa en grandes novelas (Fortunata y Jacinta) o en varios de sus Episodios Nacionales. Tampoco en la narración de sus escritos se queda en una insinuante llamada de atención sobre lo que tales hechos pueden desencadenar, no. Su misión o, aún, su capacidad para transformarse, para colocarse en el lugar del otro, con todo lo que emocionalmente implica, le lleva a descubrir el sentido profundo de la vida entendida como realidad atemporal. Porque, entonces, ¿qué sentido podría tener ese cambio de estado y de condición del protagonista Tarsis en Gil si no leemos, como Galdós desea que hagamos, que tras dicho cambio mirase aquel buen señor su reloj y encontrara que “estaba parado”? Y todavía más: el descubrimiento de Galdós al que se ha hecho alusión le lleva a que el propio autor se cree una conciencia del mundo y de los hombres como de algo que está en perpetuo cambio a la vez que en estatismo inmutable. Las cosas cambian a lo largo de las épocas, los moldes varían, unos son poderosos que pueden dejar a sus descendientes en la miseria y otros son pobres que, precisamente por esos cambios continuos en la Historia, pueden producir descendientes que se enriquezcan y que tengan poder y dominen, y se olviden de sus orígenes. Pero la conducta del ser humano es la inmutable, la siempre presente, la que hace que se escinda esa realidad atemporal en dos fuerzas, a cuál más poderosa, y una nunca termina de vencer a la otra. Por eso, la alegórica Madre-España, explotada igualmente por esa oligarquía de todos los tiempos, por ese inagotable espíritu feudal que en ciertos poderosos pervive, no sólo es, dice Galdós: “nuestro ser castizo, el genio de la tierra, las glorias pasadas y desdichas presentes, la lengua que hablamos” (IX, 173). No es sólo eso, sino también: “el alma de la raza, triunfadora del tiempo y de las calamidades públicas; la que al mismo tiempo es tradición inmutable y revolución continua” (XXII, 300).

Pero para el escritor el mundo es lo suficientemente joven e inmaduro como para no tener que perder la esperanza, ya que le queda mucho por aprender, para crear una mentalidad madura, fuerte y responsable, donde el egoísmo fatal sea un instinto olvidado o, si cabe, una suerte de comportamiento primitivo avergonzado de sí mismo. Con el ejemplo directo de España, Galdós, consciente del potencial del pueblo mayoritario y de su realidad humilde, pone en boca del personaje alegórico que lo representa estas palabras: “Verás que no pisaré fortalezas de magnates, ni palacios de príncipes de la Milicia o de la Iglesia; que no me inclinaré ante duques o marqueses, ni ante damas linajudas en quienes brillan por igual ingenio y belleza. Voy a consolar con mi persona las almas de los humildes, de los vencidos y desesperados; a llevar a sus tristes veladas una palabra refrigerante y una esperanza dulce” (XVII, 235).

Herencia mora y sacrificio

Desde que España dejó de ser una Tarsis paradisíaca, los pobladores que se asentaron en estas tierras con intención de “dominar, no gobernar” o de “expoliar, no administrar”, como los caciques de nuestra historia, no se preocuparon de cuidar, socialmente hablando, a las gentes más pobres, máxime si se encontraban así por su causa. Gentes como don Carlos vivían como semidioses y no entendían de cambios ni de revoluciones sociales, y eso ha llevado siempre al fracaso a la sociedad española en todo momento histórico. Los responsables no se han dedicado a extender la igualdad social y eso ha hecho que nunca se aprovechase ni el potencial económico ni el cultural de la Península. Por ello, Galdós, que bien presente lo tenía, permite decir a la Madre-España: “Veo en mi raza confundidas las grandezas árabes con las ibéricas, así en la guerra como en la política y en las artes, y aspiro a tener fraternidad con los que fueron mis conquistadores y luego mis conquistados” (XVII, 236). Por ello, los nombres de Suárez de Almondar o Mudarra no son casuales. Ya se dijo, anteriormente, que el provenir del judío y del árabe -los grupos sociales que eran económicamente más productivos- se constituye, con los referidos nombres, en símbolo de la unidad definitiva de la cultura ibérica. Los árabes traen educación, tolerancia, convivencia. No obligaron a arabizar a los antiguos pobladores peninsulares, como los cristianos intentaron hacer con ellos y con los indios de América. Lo que hicieron fue crear un espacio de convivencia y de tolerancia durante muchos siglos, aunque, a partir de determinado momento, comenzasen las guerras y batallas los cristianos que querían recuperar la Península y, después, se prosiguió con las expulsiones. Es por ello por lo que la Madre le dice a Tarsis: “Tú no comprenderás esto. Tienes tu cerebro revestido de telarañas, obra lenta de los altercados religiosos en siglos y siglos” (XVII, 236). Nunca ha habido voluntad de identificarnos en las cosas que nos unen sino en las cosas que nos separan: “toda guerra que mis hijos traben con gente mora, me parece guerra civil” (XVII, 236). Porque España, en efecto, es hermana de esa gente mora de la que ha heredado gran parte de su ser, y luchar contra ella sería cometer un fratricidio, así como lo fue y lo es luchar contra el pueblo cubano y, en general, el resto de Latinoamérica.

El escritor utiliza estos argumentos porque la situación que se está viviendo en 1909 es, social, política y económicamente hablando, bastante crítica, como ya se sabe. A esto se suma la pretensión de Maura, jefe del partido conservador del momento, de reintentar en Marruecos lo que no consiguieron en Cuba. El director de La Correspondencia de España pronuncia estas palabras en su periódico: “Antes que pensar en abrir mercados, es menester pensar en crear materia vendible, el producto elaborado, la industria. Puentes sin viandantes, caminos sin arriería, trenes sin mercancías, hoteles sin viajeros, instrucción sin escuelas, mercados sin industrias son… ¡cosas de España!” (apud. Manuel Tuñón de Lara, La España del siglo XIX, Barcelona, Laia, 1982, p. 384). Y en otro momento termina diciendo: “Yo le digo que ir a Marruecos es la Revolución, y al decírselo, sirvo a la Patria y al Rey, mucho mejor que haciendo creer al Rey y a la Patria que el ir a Marruecos conviene a la Nación y a la Monarquía” (ibid.1982).

Ciertamente, en junio del año que sale publicado El caballero encantado el clima de tormenta ganaba a Madrid, Barcelona y otras grandes ciudades. Nadie quería más sangre de la que se había visto durante todo el siglo XIX como para que las cosas terminaran en otro 98. Las filas que formaban el Ejército español rumbo a Cuba estaban formadas por pobres, obreros, campesinos donde nada allí se les había perdido. El general Blanco informaba a Sagasta en febrero de 1898, que estaba: “el Ejército, agotado y anémico, poblando los hospitales, sin fuerzas para combatir ni apenas para sostener las armas; más de trescientos mil concentrados agonizantes o famélicos pereciendo de hambre y de miseria alrededor de las poblaciones” (Tuñón de Lara, ed. cit. 1982). Ahora, a la guerra de Marruecos irían también los jóvenes pobres, pero estos ya no lo iban a tolerar. Pablo Iglesias, el jefe del Partido Socialista, sentenció: “Los enemigos del pueblo español no son los marroquíes, sino el Gobierno. Hay que combatir al Gobierno empleando todos los medios. En vez de tirar hacia abajo los soldados deben tirar hacia arriba. Si es preciso, los obreros irán a la huelga general con todas las consecuencias, sin tener en cuenta las represalias que el Gobierno pueda ejercer contra ellos” (ibid. p. 383).

Cuando era España un imperio, el país, en sus ciudades y en sus campos, se empobrecía paulatinamente mientras se enriquecían inconscientes los ricos magnates de las tierras conquistadas. Ahora pasa exactamente igual: pretendía crear riqueza de un mísero potencial económico que, por lo demás, estaba en manos extranjeras. Y todo por el orgullo militar patrio que no deja de ser risible si a orgullo se le llama dejarse conquistar o mostrar impotencia, como sucedió cuando los españoles perdieron la colonia de Cuba. Hay un personaje que en la novela fue general del Ejército y, por error, ha sufrido un encantamiento, siendo ahora guardia civil. Alguien le dice: “Encantado fuiste por entregar a una nación extranjera tierras españolas… ¿Te atreves a negarlo?... Vendiste a tu patria, no por dinero, sino por obedecer a los que querían la paz, aunque ésta fuese bochornosa. Y ahora, el que fácilmente y sin lucha permitió la conquista de una parte de España… Yo, criminal, creo deshonrarme hablando contigo” (XXIII, 312).

(Tercera entrega: en breve)

 

 
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