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EDUARDO MENDOZA El don de la extrañeza

A pesar de las muchas vicisitudes vitales y la cantidad de libros acumulados, Eduardo Mendoza se sigue guiando por la extrañeza.

La mirada amplia que reside en el intento de entender lo que le rodea requiere de un sentido del humor igual de amplio y de una ironía balsámica.

Una de las características de la trayectoria narrativa de Eduardo Mendoza es su apego a la realidad y, como la propia realidad, irresistiblemente arrebatadora y extravagante. Su mirada no busca ir más allá de lo que recogen sus retinas, ni bucear en lo insólito, porque para aprehender lo insólito del mundo que disfrutamos y padecemos no es preciso sumergirse en ninguna profundidad desconocida. Ya no hay arcanos que puedan descifrarse con la lupa de la lógica ni territorios ignotos, salvo los de la fantasía. Mendoza acude a la fantasía en muchos momentos, pero lo hace como que no quiere la cosa, sin trascendencia, tal que la fantasía fuera un elemento más y principal de la propia mirada.

Realidad y fantasía, vida y ficción, como partes indisolubles de un activo narrativo cuya solidez viene condimentada por un humor irónico a veces, a veces acendrado, otras cáustico; pero siempre directo al estómago de donde surge la risa o la preocupación por lo que ocurre en un insistente repaso a lo que ocurrió. La memoria no es un recurso en este caso, sino un componente necesario de la energía que produce la luz que alumbra la superficie que enfoca la narración.

La novela que da pie a estas reflexiones, El negociado del yin y el yang, está íntimamente relacionada con la anterior, El rey recibe, y con la siguiente en la intención del autor de configurar una trilogía alrededor de un personaje, Rufo Batalla, normal dentro de la idiosincrasia de cada individuo, por el que pasan los acontecimientos políticos, sociales y culturales del último tercio del siglo pasado. No es poco teniendo en cuenta que fue una época convulsa y activa en reivindicaciones vitales y con suficientes alicientes (positivos y negativos) para mirar hacia delante, aunque el peso del pasado reciente fuera todavía demasiado oneroso. En España se atisbaba el fin de la dictadura y se abría el camino hacia la transición hacia la democracia no sin gasto de vidas e ilusiones lastradas por la violencia.

En El negociado del yin y el yang regresan, así pues, Rufo Batalla y su peculiar manera de enredarse en aventuras de complicada gestión y el príncipe Tukuulu, ya casado con una bella y joven aristócrata, Quen Isabella (con la que el protagonista mantiene una relación consentida por interés), que sigue empeñado en restaurar la monarquía en su país, Livonia, un territorio imaginario que, supuestamente, ha caído en manos de la URSS.

Desde Nueva York, donde Rufo Batalla vive y trabaja en una oficina comercial del Gobierno español, la novela se proyecta hacia el mundo que también sufre sus propias y transferibles angustias. España, sacudida por estertores políticos y personales (la muerte de un ser querido, un ascendiente, padre o madre, la orfandad siempre es un impulso hacia las reconvenciones de esa memoria que se hace presente); Portugal y Grecia, recobradas sus democracias y sus ganas de avanzar; Japón, como contrapartida social y cultural, a donde viaja Batalla, enviado por el príncipe en una misión secreta y donde Rufo se enamora de una japonesa introvertida que le guía en el laberinto, peligroso laberinto, de su encomienda. Un mundo de contrastes y en continua ebullición que se empieza a consolidar con la muerte del dictador y la profusión de elementos para el cambio, perspectivas nuevas y alientos renovados después de cuarenta años en los que la esencial contradicción de un sistema político sustentado en las armas se había convertido en costumbre, aun con los atentados y los fusilamientos en vísperas de las ansiadas libertades.

La Transición trajo el cambio para todos, incluido Rufo Batalla que habría de replantearse algunos aspectos de su vida, como el retorno a su país o un nuevo exilio voluntario. Planteamientos cruciales no sólo para el estado de ánimo, siempre dúctil del protagonista, sino también para su situación en ese mundo que se transforma a marchas forzadas. Su mirada, peculiar y atrabiliaria a veces, su humor forzoso, que no forzado, su atronadora perspicacia, son las nuestras mientras leemos y aún después, durante el reposo que antecede a la siguiente entrega.

Leer a Mendoza siempre un disfrute que se acompaña de risas y sonrisas: un buen principio.