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RAMÓN PERNAS: VARIACIONES DE LA NOSTALGIA Retrato del escritor maduro

Ramón Pernas habita la nostalgia como si de una habitación con vistas se tratara.

El libro de los adioses es un canto al amor sin condiciones: ese concepto tan devaluado últimamente.

Disculpa el tono epistolar, Ramón, pero, después de tantas novelas leídas y comentadas de viva voz ante una buena mesa y un buen vino, en conversaciones plagadas de coincidencias de paisaje y sentido último de la literatura y la amistad, de sugerencias e inquietudes, no puedo ser objetivo (sin que ello desmerezca la sinceridad de mis palabras y la ecuanimidad del juicio que de ellas se derive) y, mucho menos, tomar la distancia justa para comentar, abjurando de afectos y emociones (sabes que nunca lo hago, por otra parte), tu última novela, El libro de los adioses, que, en cierto modo, es un regreso a las cuestiones primigenias que habrían de conformar tu corpus literario; sólo que esta vez en la cercanía de la muerte, no la tuya (espero que seas capaz de apaciguarla, dado el grado de intimidad que demuestras tener con ella, así como que hables en mi favor si te la encuentras; en estos asuntos no sobran las recomendaciones), sino la del protagonista de tu novela, Leo, ese escritor que se acerca a la ochentena y que es impelido a escribir su última obra, un encargo editorial por el cual ya ha recibido un suculento anticipo, pero que retrasa sine die, quizá por miedo a que, si la termina, la muerte no le dé más oportunidades. He disfrutado con la lectura y creo conocer bastante tu obra; lo suficiente  como para suponer que ya nada puede sorprenderme. Sin embargo, siempre hay algo que me sorprende y me ata al hilo del argumento, como si fuera la primera. No sabría decirte qué es; quizá sea algo que no se puede explicar con palabras.

Escribo estas líneas, como antes hiciera mientras leía El libro de los adioses, escuchando las Variaciones de Golberg, del inimitable Johann Sebastian Bach, y, envuelto en esa atmósfera de emociones contradictorias, me inclino a pensar que esa es, precisamente, la atmósfera en la que envuelves tus novelas, que me atrapa y me reta a seguir leyendo, ya sea sobre la mesa de trabajo, en un sillón con orejeras o en el metro.

No voy a contarte tu novela, faltaría más (al resto de lectores que accedan a esta misiva espero que les baste con mi palabra de lector de que es una novela que no deben obviar), pero sí te diré que has alcanzado ese nivel de sencillez, tan difícil de conseguir, que permite que las palabras, en lugar de arrastrarte en busca de la esencia de lo que narras y pones en boca de los personajes, incluso de los personajes que ya han muerto pero regresan para confirmar el relato de las ausencias que se resisten a abandonar su encarnadura, nada de fantasmas ni de zombis, saquen a la superficie esa esencia que se ve matizada por un estilo que suaviza el relato y lo hace accesible y poético en muchos fragmentos, por arduo y variado de significados que sea. Es bien cierto que siempre has rehuido las complejidades, innecesarias para hablar de sentimientos y nostalgias, que siempre le has hablado de tú a tú al lector, como ahora hago yo en esta epístola, que tu estilo se bifurca en remembranzas personales, autobiográficas en cierto modo, y epístolas dirigidas a un lector imaginario que cada vez tienes más cerca, más visible en tu conciencia.

Alguien dijo y tú me lo recordaste en una ocasión que el escritor, por muchos libros que publique, siempre está escribiendo la misma novela, pues las interrogaciones y las obsesiones persisten en el tiempo. Puedo estar de acuerdo, en parte. Sin embargo, este libro de los adioses los prolonga hasta un límite de no retorno. En ese espacio o territorio que se establece cuando la memoria y la posibilidad del fin del tiempo se cruzan te mueves con la soltura de quien sabe que su paisaje vital y literario viene como anillo al dedo a esa trama última donde se juntan todas las obsesiones, sueños y ficciones pretéritas. La vida del escritor está hecha de palabras y las palabras han de acompañarle hasta la disolución. Tú no tienes ochenta años; pero describes muy bien la cercanía al momento culmen de la vida, que es el morir antes de que los relojes se paren y suene el pitido final. Has encontrado un territorio en el que habita la nostalgia saturada de añoranzas.

Y, entre esas añoranzas, el amor arrebatado por las garras de la enfermedad, secuestrado por el tumor maligno que habita el cuerpo de la amada, único amor por siempre; la muerte, con la que habla también el provecto escritor, no tuvo clemencia con ella. Reconozco que me emocioné con su historia parisina y que, a ratos, estuve tentado de trazar yo mismo los renglones por donde tenía que discurrir. Todos tenemos una historia parisina que, con la serenidad que proporciona el paso del tiempo, aparece en nuestros sueños con la nitidez de las imágenes que regresan a nuestras vidas para no irse ya nunca. Mi historia parisina es tan parecida a la del escritor de tu novela que cuando leía me temblaban las piernas. Es de agradecer, a ti en particular, que uno todavía sea capaz de emocionarse al punto de que le tiemblen las piernas.

Comparto esa añoranza y también soy proclive a la melancolía; siempre, eso sí, con una sonrisa en la boca y un sueño que alimentar. La nostalgia no tiene por qué ser triste.