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MANUEL RÍOS SAN MARTÍN Atapuerca es tendencia

Los estudios sobre los primeros homínidos se suceden. Ahora también las novelas; se ha encontrado un nuevo paisaje literario.

En tiempos de Internet, La huella del mal viaja a Atapuerca para resolver crímenes del presente y recordarnos que el mal es inherente al ser humano.

Da la impresión de que el futuro nos ha alcanzado o está a punto de hacerlo. En cualquier caso, las nuevas tecnologías han logrado que la distancia sea cada vez más corta. Quizá por eso, tal vez por huir de la evidencia, volvemos la mirada al pasado más remoto, que también está más cerca gracias a dichas novedades tecnológicas y a los continuos hallazgos en las excavaciones arqueológicas.

El presente se ha convertido en un jeroglífico sin resolver por mor de la velocidad a la que transcurre todo en tiempos de la comunicación instantánea. La prisa apenas nos deja pensar a dónde vamos; dado lo cual empezamos a fijarnos en lo que fuimos y en cómo hemos llegado a ser como somos.

Atapuerca se ha puesto de moda; quizá por ser uno de los yacimientos arqueológicos que más secretos ha revelado de los albores de la Humanidad, pero también porque los fósiles nos descubren un nuevo paisaje en el que fijar la imaginación. Este nuevo territorio, hasta no hace mucho desconocido para la mayoría,  ha tenido que devenir en realidad contrastada para dar lugar a la invención. La ficción no surge de la nada, sino de respuesta a lo que se ve o se presiente.

La literatura, que siempre ha presentido lo que será (desde antes de Julio Verne hasta las tan aclamadas novelas de ciencia-ficción), ya es capaz de tocar lo que vendrá y que fue predicho. Los robots ya están en nuestra sala de estar, ocupan nuestro sillón de pensar y a veces nos sentimos como si fueran a dar un vuelco a las teorías de la evolución. Aún tenemos la impresión de controlarlos y, con todo, hay labores que ya no nos pertenecen; pero ¿llegarán a controlarnos ellos a nosotros, a sustituirnos, incluso en el plano más elemental de las emociones y los deseos?

Ya están aquí, con lo cual ya no se pueden hacer cábalas y todo lo que se escriba al respecto del pensamiento mágico sería  como llover sobre mojado.  La literatura se desenvuelve bien entre la sorpresa y la curiosidad; no tanto en el territorio de las certezas. Por eso encontrar un mundo, cierto como demuestran las pruebas, pero todavía inexplorado por la ficción, es un juguete demasiado tentador como para pasar de largo. El futuro, si existe, corresponde a la ciencia y las tecnologías; el pasado impreciso es caldo de cultivo para la ficción.

Si esto coincide con la apuesta por reescribir la historia desde la literatura, combinando sucesos y personajes reales con elementos ficticios, no parece descabellado viajar a Atapuerca y novelar lo que allí fue y cómo ha influido o cambiado respecto a lo que hoy es y acaso prevenir sobre circunstancias que ya se han producido y de las que parece que no hemos pretendido nada.

En este sentido, la propuesta literaria de Manuel Ríos San Martín es pródiga en razones para caer de pie en el mundo lector. La huella del mal salió hace varios meses; de modo que supongo que ya habrá alcanzado el objetivo comercial inicial; pues, aunque hable de él con el verano en el ocaso, es un buen libro para las vacaciones. No obstante le vaticino un buen futuro de cara a la Navidad; si bien tampoco el otoño es mala época para zambullirse en sus páginas.

San Martín pertenece a esa estirpe de guionistas, productores multimedia, directores de series, que han resuelto seguir el camino de la ficción en estado puro, quizá con visos comerciales o de reproducción televisiva, que tanta atracción causan en las editoriales más poderosas. Es lícito, si hay otros elementos que avalen el producto, como Atapuerca, sin ir más lejos; otros autores han hecho la prueba, por citar a Pérez Henares o Vázquez Figueroa.

La puesta en escena de dos investigadores, hombre y mujer con un pasado de relaciones turbias, ambos atractivos y con un mundo sugerente como bagaje, no es original, pero funciona como contrapeso de la acción. El crimen, repitiendo un rito que se practicaba en la edad de piedra, la investigación llevada con la tensión necesaria y la claridad precisa para no defraudar al lector. Pero sobre todo, la intención principal del autor de excavar en la tierra fósil, pero viva y renuente, del mal. El mal es inherente al ser humano desde Atapuerca. Se ha escrito mucho sobre el mal y quizá aún estemos en el principio, en la sorpresa que aún nos causa sorpresa. La intención es loable, pero es un asunto difícil de aprehender incluso para estudios más sesudos. Al menos, consigue que nuestra curiosidad sobre el asunto no se duerma.

Además, la novela tiene otros objetivos.