Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

“LITERATURA” ES FEMENINO La literatura no entiende de género

Las mujeres escritoras, con fundamento, buscan el foco; reivindican la visibilidad.

La literatura todavía es el reflejo de lo que ocurre en la sociedad actual, como lo ha sido de lo que ha ocurrido a lo largo de los siglos.

Es tiempo de homenajes a las que lo consiguieron y a las que lo intentaron; también de reconocimiento a todas las que lo siguen intentando en la actualidad y aprovechan cualquier excusa para reivindicar su visibilidad. En dos artículos parejos a éste, Rogelio Blanco recuerda a María Zambrano y reseña lo que opinaba sobre la mujer y su lugar en el mundo y en cómo debería ser ese lugar y Paco Damas (médico devenido en cantante de causas nobles, como la igualdad) canta a las “sinsombrero”, las mujeres de la generación del 27, que fueron apartadas de la luz y entre las que se encuentra la propia Zambrano.

El primer aspecto importante de la relación de la mujer con la literatura es, precisamente, la luz. Buscamos esa luz en el pasado con la esperanza de que, si se recuerdan, los errores no se repetirán, sin tener en cuenta que los humanos solemos repetir errores con frecuencia. Es tiempo de homenajes y, por lo tanto, el recuerdo nos asiste y nos hace creer que “nunca mais”, a la vez que atisbamos esa luz que entonces no tuvieron.

Pues, en este punto, más que si hay una literatura para mujeres o literatura de mujeres, dicotomía reductora y simplista, lo que más suena en el entorno y en la profundidad de la igualdad invocada es la visibilidad. La literatura es una luz en sí misma; pero necesita focos para expandirse y estos deben apuntar a la autoría real de los libros, como principio básico de normalización. Ya parece claro que la práctica literaria por parte de la mujer es paralela a la del hombre, si no más antigua, dada la ancestral división del trabajo. La escritura es hábito reposado y solitario. Salvo excepciones, no se puede escribir y estar guerreando todo el tiempo. El cinturón de castidad no impide pensar e imaginar mundos mejores.

Cierto que siempre ha habido escritores que firmaron con seudónimos; pero lo hicieron a su libre albedrío y por razones de temple doméstico. El caso de las mujeres que escritoras han sido, es distinto; muy distinto si tenemos presente que lo hicieron por coacción o por miedo a las represalias, a la negación, al ocultamiento. Hay muchos ejemplos de mujeres que se escondieron detrás de seudónimos; incluso hubo alguna que escribió para su marido, era él el que firmaba los libros y adquiría fama, incluso después de que él la abandonase por una corista (oficio, por otra parte, que hay que reivindicar, pues dignifica a la mujer, como cualquier otro). La luz la tenían ellas; pero los focos estaban orientados hacia otro lado. La Historia ha sido ducha en manipular los escenarios y en colocar máscaras a los personajes que manejaban la tramoya; hasta el punto de que a veces me pregunto si habría rostros debajo de la pantomima de las máscaras.

La pantomima es divertida; el carnaval provoca algarabía; la confusión de la personalidad está bien, como juego, durante unas horas, incluso algunos días. No sabes quién soy, qué bien. Pero el carnaval grotesco al que han sido sometidas las mujeres escritoras durante siglos ha dado como resultado una confusión de identidad que provoca dolor y rechazo. Y, con más frecuencia de la debida, el carnaval persiste y sigue cobrándose víctimas y eso no es buena noticia ni para la literatura ni para la cultura en general.

Las mujeres escritoras, con fundamento, buscan el foco; reivindican la visibilidad. Es una buena razón para la causa de la igualdad de género. Les avala el hecho de que la literatura no entiende de géneros; sino de ingenio y de talento. La calidad no siempre depende del que escribe, masculino o femenino, si no de la recepción de lo escrito, el gusto del consumidor, las modas (que también haylas, como as meigas), la programación editorial, el mercado, etc… Está bien buscar la luz en el pasado, o, más bien, la falta de luz sobre las mujeres que escriben y que han escrito; pero hay que arrojar luz sobre el presente y parapetarse contra el futuro, que, si los hados no lo remedian, será igual para todos. Hay que atrapar la luz ahora, en el presente, y proyectar una luz generosa que busquemos todos, hombres y mujeres, y que proyectemos todos de igual manera. Sólo así, la literatura sobrevivirá.

El presente, aunque no exista, tiene a su favor que cuenta con los errores del pasado y las perspectivas del futuro, que se impone cada día.

Ya he escrito que aún falta mucho. No obstante, mucho también se ha avanzado y, sin necesidad de dar nombres, ya hay muchas mujeres escritoras que han encontrado su foco y que, cada vez que publican un libro, alcanzan los primeros puestos en las listas de más vendidos. Eso no es casualidad. Puede ser que ahora no necesiten máscaras, ni tengan miedo.

Aún falta mucho, sin duda, pero creo que estamos en el buen camino; ya que la literatura todavía es el reflejo de lo que ocurre en la sociedad actual, como lo ha sido en lo que ha ocurrido a lo largo de los siglos. Si no, pensemos en Homero, del que todavía no está claro si era una mujer.

¡Hágase la luz!