Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

EL ARTE DE LA FELICIDAD. Un paseo por el jardín de Epicuro

En la Grecia del siglo IV a. c. la mujer no tenía ningún derecho y siempre era tratada como si fuera menor de edad.

En el jardín de Epicuro todo el mundo era bienvenido: hombres, mujeres, niños, esclavos y extranjeros.

Pensemos que aún queda mucho por conseguir. De lo contrario, la máquina se desengrasaría y acabaría por apagarse con gran estruendo. Queda mucho, aunque también se haya conseguido mucho. Por eso, este año el día internacional de la mujer (8 de marzo) cobra especial significación. No se trata, simplemente, de alzar la voz con manifestaciones y actos públicos, o comprobar la adhesión de los hombres a la causa de la igualdad y cotejar datos del avance hacia la meta. Debe o debiera ser la confirmación de que la lucha por la igualdad ni empieza ni acaba ese día de celebración y denuncia; sino que es un asunto de todos los días del año y en los aspectos y gestos más cotidianos y habituales. Ahí, lejos de pantallas y altavoces, es donde hay que demostrar que el asunto importa de verdad y que el cambio está próximo. Aunque estos, en los tiempos que corren, sean de vital importancia.

Hay que tener en cuenta, así mismo, que la lucha que tendrá gran repercusión en todos los medios de comunicación del mundo, analógicos y digitales, no es nueva y que no empezó con el movimiento Me Too, aunque éste fuera un punto de inflexión en muchas de las conciencias de aquellos que lo consideraban un asunto menor. Los siglos, proclives al olvido, también nos dicen que la causa de la igualdad estuvo bien presente en muchos momentos de la Historia y que, aunque fuera apagada por las vicisitudes que la rodearon, sin duda dejó una huella que hay que recordar. Cierto que las más de las ocasiones esa lucha fue protagonizada por las propias mujeres, grandes mujeres que, inconformistas, pusieron todo su talento y esfuerzo en intentar que las cosas cambiasen. Pero también hubo hombres singulares que colaboraron para que así sucediera y que la causa de la mujer no fuera sólo un asunto femenino.

Citarlos en la angostura de un artículo, sería un esfuerzo baladí. De modo que, como ejemplo, me referiré al sabio que, con justicia, da nombre a esta revista, pues la justicia era su máxima pretensión. Epicuro, conocido como el sabio de Samos por haber nacido en la isla del mismo nombre, se instaló en Atenas en el año 306 a. c. y allí fundó una escuela, en contraposición con la Academia platónica y el Liceo aristotélico. La escuela empezó a llamarse El jardín de Atenas o el Jardín de Epicuro, debido a que estaba situada en el jardín de la casa que el filósofo compró a las afueras, en plena naturaleza. Sólo desde la naturaleza y la calma puede la sabiduría encontrar el camino hacia la felicidad.

Epicuro decidió, con la misma naturalidad, aceptar, tanto a hombres, como a mujeres, niños, esclavos y extranjeros. “¡Extranjero, aquí estarás bien: el placer es el bien supremo!”, rezaba a la puerta del jardín; lo que nos invita a pensar que, a su manera, el sabio de Samos fue un precursor de la igualdad y la diversidad. Lo único que le importaba eran las ganas de aprender, la educación y la sabiduría.

No es extraño que el poder del momento, la oficialidad, por decirlo de alguna manera, y las conciencias cautivas, acusasen a la escuela de degradar las buenas costumbres, de montar orgías, bacanales, precisamente, por aceptar mujeres, que, parecía estar claro entonces y mucho después, llevaban consigo la tentación y el desafuero sexual. Para esas conciencias, la mujer, a la altura de los esclavos, incluso las mujeres de los que mandaban y eran considerados en la sociedad, inducían al libertinaje. La amistad que preconizaba Epicuro para alcanzar la felicidad no tenía nada que ver con la idea del placer que se veía desde fuera de aquel jardín;  que era un territorio de austeridad y aprendizaje, no el jardín de las delicias. Tuvo que pasar tiempo, a pesar de algunos filósofos que entendieron bien la idea del placer de Epicuro, para que no se le denostase. Es lo que tienen las falsas conciencias, las amargadas, las que creen que se ha nacido para el sufrimiento y que sólo así se encontrará un pasaje para el paraíso, o las que no conciben la felicidad en los demás.

Ya me he referido a que los poderosos no entienden que los otros, los menos favorecidos por el destino, puedan alcanzar la misma vida placentera que ellos. De un tiempo a esta parte, el poder se sustenta en el dinero (no hace falta ser Epicuro para saberlo); hay grandes fortunas, las cuales pueden acceder a todo tipo de placeres, incluso al gran placer de amasar dinero. El dinero da el poder y éste, suponen, debe dar la felicidad. ¿Por qué, entonces, no se conforman y dejan que cada cual elija la manera de encontrarla? Porque buscan la exclusividad de la dicha; ser los únicos o, en todo caso, pertenecer a un grupo de elegidos en el que pocos pueden entrar.

La idiosincrasia del privilegiado que detenta el poder (con lo que el poder conlleva de zonas oscuras y comportamientos bastardos) ha influido e influye en la posición de la mujer en el mundo y en la visión que todavía se tiene de ella. Hay que reflexionar y, para ello, conviene tener bien presentes los consejos de Epicuro.

Me gustaría que el mundo fuera el inmenso jardín de Epicuro, donde todos tendríamos cabida y, con respeto y educación, hacer lo que más nos complazca.