Herederos de Epicuro: Esto no es un cigarro

Cortázar fumaba, cuando fumar era un signo de distinción intelectual.

Ahora, el fumador podría, perfectamente, ser el protagonista de su cuento: El perseguidor.

Confesar a estas alturas que siempre he sido un admirador ferviente de Julio Cortázar puede parecer extemporáneo. He escrito bastante sobre Cortázar y siempre desde la rendición al genio, a la figura, a la obra. Incluso me viene a la memoria una anécdota: Hace años escribí algo sobre el autor argentino a cuento de no sé qué. Pues bien, un crítico de cuyo nombre no quiero acordarme lo juzgó severamente, diciendo, más o menos, “en el citado artículo, Aurelio Loureiro, no está a la altura a la que nos tiene acostumbrados”. Imaginad mi asombro por el hecho de que un crítico de postín se bajase a censurar un simple artículo.

Creo, sin embargo, que es pertinente recordarlo y agradezco a mi viejo amigo, José Manuel Fajardo, que me recordase que este año se cumplen los 35 años de su muerte (Zenda); un maravilloso artículo donde habla de las distintas formas de estar con Cortázar. Pues bien, yo estaba con Cortázar poco antes de su muerte, leyendo Los autonautas de la cosmopista, viaje que realizó en autocaravana (wolsvagen eterna) con Carol Dunlop; su última mujer y su último viaje. El impacto de la noticia fue tremendo, pues fue eso, precisamente, lo que pensé: que era su último viaje, sus últimas palabras. Al año siguiente (1985) nació la revista LEER y su palabra pudo seguir viajando, en otras palabras, otros viajes.

No es novedad que, cuando recuerdo, inmediatamente, me traslado a la adolescencia; quizá tendría que visitar al psicólogo más a menudo, quizá por eso escribo. En cualquier caso, fue en la adolescencia cuando leí por primera vez a Cortázar, cuando quise ser escritor a toda costa, cuando conocía a las mujeres de mi vida y cuando quise ser Cortázar. Explicar a Cortázar queriendo ser él no es fácil; pero lo admiraba tanto por su obra como por su forma de mirar el mundo, por cómo sostenía la pipa o los cigarrillos, por como apoyaba la revolución castrista y otras revoluciones (me dijeron que yo había nacido en 1959, año en que Castro y el Ché entraron en la Habana), buena cosecha la de aquel año, quise creer cuando las emociones subversivas domeñaban los sentimientos sin madurar. El tiempo nos demuestra que las revoluciones suelen acabar en dictaduras solapadas; pero eso con el tiempo y hay edades en las que todos nos sentimos un poco revolucionarios.

Por suerte, Cortázar fue siempre un adolescente. Un adolescente que fumaba en pipa. Quizá por eso, yo empecé a fumar en pipa también. Pero nunca podría ser él. Nuestros mundos eran muy distintos. Cortázar era un escritor cosmopolita y yo vivía en una sociedad endogámica con muchas tentaciones para la perdición y la única revolución a la que había asistido eran algunas huelgas mineras. Un mundo, en definitiva, con muchas urgencias y miedos, lleno de bares y tabernas, donde se fumaba, se bebía y se jugaban grandes cantidades de dinero.

Entonces, se empezaba a fumar muy pronto, a escondidas, y a beber y, si el peculio lo permitía, también a jugarse los dineros, a escondidas. Casi todo estaba prohibido y permitido a la vez, como en el lejano Oeste americano. En el cine se fumaba, se bebía y se jugaba. Los artistas fumaban y bebían. La gente importante fumaba unos puros de aúpa. Los políticos fumaban y bebían y, de seguro, montaban timbas de póker hasta la madrugada. Todo iba junto y era contagioso. Entonces, los jóvenes empezaban a trabajar muy pronto y a disponer de dinero. No había una escena en que eso no se notase, incluso el acercamiento a la chica de tus sueños adolescentes.

Todo ha cambiado mucho, quizá porque se ha perdido la mirada adolescente; salvo el viejo recurso de la prohibición. Todavía hay instancias desde las que se persigue la búsqueda del placer y las decisiones individuales. Nunca me meteré en cuestiones políticas, ni en leyes ni en penas; en las cuales, la redención siempre está de lado del poder terrenal y sobrenatural. Tampoco voy a afirmar que fumar no es malo, sobre todo en un lugar cerrado (salvo que esté acondicionado para tal fin) donde hay más personas implicadas que pueden pagar las consecuencias. Pero las prohibiciones tajantes desembocan en estigmas y en esa costumbre tan arraigada de la denuncia. Hemos perdido nuestra potestad sobre nuestro propio cuerpo. Y no, señores míos, ni el fumador es un homicida, siempre y cuando respete la salud de los demás, ni el bebedor un borracho si su hábito no le lleva a la violencia, ni el que pide la eutanasia es un suicida, ni el suicida es una escoria, ni la mujer que aborta es una infanticida, ni la mujer que hace uso de su cuerpo según le viene en gana una prostituta.

Estoy de acuerdo con las leyes que regulan, no con las que prohíben. Otra vez volvemos a la educación. Incluso puedo aceptar que se prohíban anuncios sobre el tabaco, cuando de manera subliminal aparecen por todos los sitios. Cuando se prohibió el tabaco se quiso incluso borrar de obras de arte y películas la menor sobra de cigarrillos, pipas y demás artilugios del vicio asesino. En la actualidad, sin embargo, se pueden ver películas y series donde se fuma sin el menor arrobo. Por qué, si las películas siguen siendo barbecho para el  contagio. Ni la moral ni la libertad admiten dobleces.

Y hete aquí que, de un tiempo a esta parte, los medios de comunicación ocupan gran parte de su espacio en anuncios que incitan al juego, desde las apuestas deportivas a la promoción de casinos, timbas y partidas de internet; que, por más que muchos lo crean, no salen gratis. No estoy en contra del juego; pero de la forma en que se divulga atañe a adolescentes (otra vez la adolescencia) y hasta a niños que, en cuanto tienen unas “perras” acuden a las casas de apuestas. Ya hay voces que se alzan contra esa moda, que sin duda da buenos réditos. Todo problema es serio cuando atañe a los menores de edad. Supongo que lo siguiente será la prohibición taxativa. Error, es mejor educar y regular.

Entre tanto, veremos las consultas de los psicólogos llenas de adolescentes adictos. Y, saben, ahora, cuando los vástagos tienen problemas, a los psicólogos tienen que ir también los padres; buen negocio. ¿Por qué, no van también los que prohíben? Yo me lo estoy pensando.