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BERNARD NÖEL SENSURA. La opresión dulce

La castración mental se caracteriza por ser imperceptible, a diferencia de todas las demás presiones inventadas por el poder.

“Me gustaría conocer lo que una mente tan lúcida como la de Bernard Nöel, si es que lo ha respetado la salud, piensa del atenazamiento cultural y de la sociedad provocado por el virus.

Escritor incómodo donde los haya, consciente desde sus comienzos líricos de que «el proceso del consumo, que guía todos los discursos, está modelando la educación y la cultura», Bernard Noël, a punto de cumplir los noventa años, ha sido bastante traducido al español, pero siempre en editoriales minoritarias, como es el caso de incorpore, sello radicado en Blanes, de hechuras exquisitas y catálogo de lujo, que ha publicado La enfermedad de la carne y el presente El cerebro disponible.

El título del libro procede curiosamente de unas declaraciones del director de TF1, Patrick Le Lay, en las que alegaba sin recato alguno que la misión de la televisión es «fabricar cerebros disponibles», para prepararlos y someterlos a la seducción publicitaria de sus clientes. El de esta recensión, de un neologismo, que en francés se pronuncia igual que censura, para referirse a la adormecedora privación de sentido con la que se sojuzga y esclaviza a la sociedad actual, origen de nuestro acatamiento del poder y de otros estragos. Esta sensura se ejerce, según el propio Noël en La castración mental, «sin que uno caiga en la cuenta de los efectos que acarrea […], se caracteriza por ser imperceptible, a diferencia de todas las demás presiones inventadas por el poder […] es el arma por antonomasia de la democracia».

Como se ve, no se anda con chiquitas. Otra expresión suya característica, tan elocuente o más, es «la opresión dulce», la que se practica por parte de quienes nos dirigen sin necesidad de represión ni de anatemas, tan propia de la sociedad del espectáculo ultracapitalista, la hodierna, la del consumismo desaforado y la ausencia no ya de crítica auténtica contra el sistema, impensable, sino de pensamiento incluso. De hecho, en el presente, en lo que respecta a las generaciones nativas digitales, el pensamiento ha sido prácticamente liquidado como labor y horizonte existencial. Y sobre su tumba bailan tuiteros e instagramers con naturalidad insensata.

De la claridad expositiva y la sutil penetración del razonamiento de Noël da ya buena cuenta el párrafo de apertura del ensayo La privación de sentido, que antecede y acompaña a El cerebro disponible: «Cansancio y rebelión, en realidad rabia contra el cansancio cuando la rebelión se agota. El poder ha encontrado el medio discreto de ocupar en nosotros los lugares de la defensa e, incluso, de consumir nuestra energía. Sobreviene una debilidad que no tiene justificación y de la que, de repente, no se es consciente más que por casualidad. Adivinamos entonces que el viejo sueño tiránico se está cumpliendo: una sumisión sin coerción aparente que produce el efecto de un abandono». De fondo, «el hálito poético» que según José Ángel Valente en el sucinto prólogo del aludido La castración mental, unifica la escritura de este novelista, historiador, crítico de arte y ensayista.

A seguido, se centra en la televisión como agente principal de este abandono, porque el espacio visual ha invadido y reducido el mental, es más, ha vaciado los cerebros. Ya se sabe que la caja tonta no requiere sacrificio alguno, basta sentarse enfrente y empapuzarse de imágenes, por añadidura estereotipadas a fin de conformar un sistema de representación inhibidor: «una facilidad que es, evidentemente, significativa, en la medida en la que ha surgido a contracorriente de la ley moral elemental que asegura que nada puede obtenerse sin esfuerzo». Sólo cuenta la continuidad, como en casi todo en nuestra vida galopante y desnortada, que las figuraciones «se muevan y que pasen», nos anestesien hasta que nos demos a lo insignificante, lo banal y frívolo, aquello que nos hace serviles, «sin iluminar ni nutrir», tras desarmarnos la conciencia. En suma, como sintetizase en su ensayo La relación visual, «las imágenes nos encantan: deberían producirnos escalofríos».

El vampirismo imperceptible del flujo de imágenes, del «cebado visual», neutraliza la reflexión, sólo conduce al vacío, a lo maquinal, a una fábrica de pasividad, al descerebramiento generalizado y el «naufragio en la insignificancia», a la parálisis mental, tal y como desarrolla en El cerebro disponible, editado originalmente diez años después, hace cinco, en cuyas páginas se pregunta por los mecanismos de nuestra «respiración visual». Indica que «más allá del acuerdo o desacuerdo sobre la formación y la naturaleza del espíritu, existe un consenso general para considerarlo como el atributo específico de la humanidad e incluso su constituyente» para enfrentar al espíritu, que funda la cultura y en consecuencia la libertad, contra el omnímodo índice de audiencia y el consentimiento de la dominación que suele ejecutar el poder.

Recuerda Noël que tanto la religión como las ideologías totalitarias, concebidas a su semejanza, buscaban satisfacer el «apetito de sentido», pero que «el extraño logro de la sociedad mediática es que produce un pensamiento único sin ofrecer nada que pensar. Esto es posible gracias a la ocupación del espacio mental por un desfile que imita el movimiento del pensamiento». El poder, por definición intolerante, si no opresivo, no necesita ya la coerción ni la violencia, la masa se entrega, nos entregamos, sin resistencia alguna.

En estos tiempos de pandemia incontrolada, tan sombríos y enrarecidos, cuánto me gustaría conocer lo que una mente tan lúcida como Bernard Noël, si es que lo ha respetado la salud, piensa del atenazamiento cultural y de la sociedad en su conjunto y de la importancia de la alienación de los cerebros que él analizara hace ya quince años en este acorralamiento inducido por el virus.