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MADRID DE LARRA, MADRID DE HOY "La sociedad del siglo XIX ante el cólera en Madrid"

“Era en Madrid, el 18 de julio de 1834. La atmósfera hallábase cargada de exhalaciones pérfidas; era atroz, el aire que respirabais estaba envenenado, y os era preciso tragar el veneno para vivir. Llegaba el azote magno. Había cólera en Madrid. Y, sin embargo, nadie lo tomaba en consideración: el pueblo, ciego y fanático, no quería creerlo –más obstinado que Santo Tomás− ni palpándolo con el dedo. La muerte aniquilaba la población; y como si no fuese natural en el hombre ser presa de una epidemia, tenían que buscarse causas sobrenaturales a una desdicha por completo de este mundo. Alzose una voz, y se hizo oír con voz demoníaca, vibrando por todas partes sobre Madrid: ‘Se nos envenena; miserables envenenan el agua de nuestras fuentes; quieren matarnos’. ¿Con qué objeto? Eso era lo que no se decía. Pero ¿acaso reflexionan los pueblos? ¿Acaso formulan preguntas? […] El miedo a la muerte invadió como una fiebre las débiles cabezas…” (Mariano José de Larra, en “El cartujo”)

Con estas palabras extraídas de su artículo “El cartujo”, repasaba el escritor y periodista madrileño, Mariano José de Larra, una constante del alma humana, entidad pensante y sintiente, connatural a cada uno de los individuos de la sociedad de su tiempo. También connatural a nuestra sociedad presente.

Larra describe la reacción inopinada en aquel Madrid de entonces que, de un momento a otro, veía cómo iban enfermando y muriendo, en número exponencial, seres de distinta condición y posición social por causa de una enfermedad bacteriana llegada a España procedente de la India. El primer brote de epidemia se produjo en España a comienzos de enero de 1833 en Vigo. Apenas aquel primer indicio (antes de aparecer los siguientes brotes, si excluimos la fiebre amarilla y la viruela) no se libró de las numerosas revueltas populares originadas en la ciudad, ni estuvo exento de unas fuerzas de seguridad divididas, y de la inestabilidad social y económica que se desencadenó tras la pandemia. Entre corrillos y difamaciones públicas y privadas, se había difundido la creencia de que los religiosos de la España católica habían sido los causantes de envenenar las fuentes públicas de la ciudad. La indignación, la atribución a causas sobrenaturales del hecho sobrevenido y, sobre todo, el miedo generalizado a morir, llegó al punto de que se produjera el asesinato de 73 frailes y más de una decena de heridos (se decía que hasta por parte de los mismos fieles) aquel 18 de julio en el Madrid que el ilustre periodista relata.

El panorama instó a que los conflictos de tipo ideológico y político cobraran mayor virulencia, toda vez que la regencia buscó el apoyo de los liberales para afianzar el traspaso del anterior régimen a otro tildado de constitucionalista, cuando Isabel II, la hija primogénita de María Cristina de Borbón y Fernando VII, subiera al trono gracias a la derogación de la Ley Sálica que decretó su padre antes de morir. Sin duda tal acontecimiento enervó aún más al bando carlista, con el hermano de aquel, Carlos María Isidro de Borbón, a la cabeza, de ideología mayormente absolutista e inquisitorial, el cual contaba de antemano con la confianza general de las órdenes religiosas contra la idea de que, entre otras cosas, subiera al trono una mujer. Tal suerte de acontecimientos, propiciaron la primera guerra carlista en 1833.

Reseñable es que a las malas noticias políticas se siguieron las referidas a la propagación del cólera, con miles de muertos pertenecientes a los sectores madrileños más empobrecidos. En medio de los contagios, la insatisfacción política alimentó los rumores a voces que se diseminaron como pólvora por la ciudad, entre falsas noticias y acusaciones exaltadas, las cuales no impidieron frenar la creencia de que había que señalar a un culpable de los hechos acaecidos en Madrid por causa de la enfermedad y de las muertes que dejaba a su paso. Aunque se llevaron a cabo políticas de saneamiento urbano y planeamiento de sistemas de higiene, acompañados de cordones sanitarios, nada de esto impidió el avance del contagio, o el mantenimiento de ciertas actividades económicas. Por si fuera poco, aparte de culpabilizar a los frailes, también se sospechó de los aguadores, e incluso de farmacéuticos y médicos.

Si el desencuentro político recurrente y la guerra cruenta constante entre bandos que aspiraban al poder o a conservarlo, ya eran signo de un ánimo débil generalizado por parte de las altas instancias, las estrategias macabras para justificarlos y arengar al pueblo a que se posicionara por el terror informativo y falsas promesas de mejora económica y social, y no desde las convicciones personales elaboradas sin coerciones y en libertad, sobrepasaron cualquier vacuna médica y soporte social con los que se pudiera aplacar o frenar la propagación del cólera y de sus efectos colaterales. Si era mayor el miedo a perder el poder que el miedo a perder la vida, el cuerpo social en su conjunto sobre el que recaen las peores consecuencias, ha de encontrar otra clase de antígeno revulsivo. Ciertamente eran otros tiempos y la conquista de gran parte de derechos y libertades del pueblo aún se encontraba a años luz.

No pocos periodistas y escritores actuales recordarán que fue el 24 de marzo de 1809 cuando vino a este mundo el ilustre pensador que recuerda el pasaje histórico referido. Larra, agitador de conciencias desde la tribuna impresa e inquieto tertuliano de café, de espíritu progresista y cosmopolita (probablemente, gracias a su infancia y primera adolescencia vividas en Francia al amparo de un padre afrancesado), el enfrentamiento con la España y el reinado absolutistas de Fernando VII al regreso del exilio familiar, le trajo no pocos desengaños con la sociedad española de su tiempo.

A la muerte del rey, firma con el seudónimo Fígaro sus artículos de crítica literaria y política dentro de cuadros costumbristas, aunque de signo reformista; además, trata con agudeza visual aspectos estéticos, sociales y filosóficos. Periodista, pero también cultivador de otras letras como la novela o el teatro, fue enemigo del sentimiento patriótico del castellano viejo, nostálgico del pasado. Convertido en un liberal empedernido a través de la sátira periodística y la crítica social, reniega del anquilosamiento del Estado, de los sucesivos gobiernos en el poder, del clero y el fanatismo religioso, del poder económico que atesoran hasta en casos de guerra o de crisis sanitaria, del carlismo.

Máximo exponente literario del romanticismo español, deja ver en sus escritos el doble pesimismo que lo caracteriza y que se acrecienta al final de su vida: el político, con el que aborda enérgicamente aquella realidad española; y el amoroso, llevándole al suicidio la definitiva separación de Dolores Armijo el 13 de febrero de 1837, con apenas 28 años.

Desde el mismo artículo, “El cartujo”, y en relación con lo anterior, hoy podemos seguir apreciando la indiscutible capacidad como analista sociológico adelantado a su tiempo:

“Es inútil que el hombre desengañado de los placeres falaces de este mundo intente defenderse contra la molicie de las pasiones desencadenadas. Ya puede huir de ellas: las lleva en su corazón. La causa de sus desdichas, el origen de su repulsión no está en la sociedad; está en la manera de comprenderla y afrontarla” 

No han sido pocos los intelectuales, empezando por quienes acudieron a su entierro y, después, con la generación del 98 y en el primer centenario de su muerte en 1937, que han procurado reivindicar el valor histórico y social de los artículos periodísticos de El Pobrecito Hablador, al tiempo que enemigo de la censura, amigo de la verdad. En 2020, en esta primavera avistada desde tantos balcones y ventanas de Madrid, como la que pudiera observar el cartujo en celoso recogimiento, se nos hace necesario recordar al comunicador fecundo y transparente que fuera Mariano José de Larra, uno de los más elocuentes y ejemplares periodistas de ayer y de hoy.

(Esneda C. Castilla Lattke. Madrid, 26 de marzo de 2020.)