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Un alma a la vista

Esta sombra que fui.  Enrique Baltanás. Poesía al Albur. Precio: 13 €.
Esta sombra que fui. Enrique Baltanás.
Poesía al Albur. Precio: 13 €.

Esta sombra que fui es el fruto de un poeta reflexivo y maduro, dueño de múltiples registros y repleto de ideas, que se enfrenta al ciego horizonte de la monotonía.

Enrique Baltanás es consciente de que uno escribe, cuando aspira a hacerlo con verdad, para intentar conocerse mejor.

El más reciente poemario de Enrique Baltanás (Alcalá de Guadaíra, Sevilla, 1952) aparece encabezado por una cita de César González Ruano que de inmediato nos sitúa respecto a lo que vamos a leer: «Todo lo que no es, directa o indirectamente autobiografía, es plagio. Todo lo que en literatura no es nostalgia, es simulación». Y, aunque esas palabras no rechazan por sí mismas el carácter de fingidor del hacedor de versos, en su primera composición ―sin duda se abre con energía Esta sombra que fui―, a modo de poética, nos lo deja claro el autor: «Palabras son para desvanecer / a esas sombras oscuras de la noche», resaltando la función terapéutica de los versos, cuando son afortunados, para hacer pasar por memoria lo que es olvido.

Desde los primeros textos se nos presenta un sujeto poemático reconocible: enamorado que lo fue, solitario hoy, que ve pasar los años mientras hace recuento de su vida ―un todo que no es posible descoser ni parcelar―, contempla un mundo que declina y se aferra a las pocas convicciones que han sobrevivido a ese cúmulo de pérdidas en que cualquier biografía podría resumirse. Nos habla, en suave conversación, alguien que «intenta comprender sin comprenderse», que nos confiesa sólo tener «conciencia de lo que he sido» y cuyas horas discurren a menudo por el cauce de una monotonía vital que aspira a ser quebrada. Reducir el peso del pasado, gastar los recuerdos, romper la alcancía donde se acumulan y dilapidar todo cuanto nos ata al ayer: «gastarlo todo porque ya nos pesa / tanto pasado y ningún ahora».

Ahí aparece, en medio de los días repetidos, como posibilidad de una isla, el estupor de nosotros mismos, de esa extraña cosa que llamamos amor, que en unas ocasiones nos parece que está en nuestra naturaleza («si amor no somos, entonces qué seremos», escribe en «Metafísica») y en otras, como al poema le sucede, nada más resulta «efímero fulgor de eterna rosa». El fiel de la balanza se termina inclinando en los versos hacia el lado del corazón, esa víscera generadora tanto de dolor como de dicha, tribunal superior de justicia en los pleitos del vivir: «No existe contradicción / de corazón y cabeza, / tiene la razón razones / y el corazón, la certeza».

Esta sombra que fui es el fruto de un poeta reflexivo y maduro, dueño de múltiples registros y repleto de ideas, que se enfrenta al ciego horizonte de la monotonía y a los años que huyen como trenes con nosotros dentro y fuera, desdoblados en espectador y viajero. O con pequeñas composiciones de naturaleza sentenciosa de estirpe machadiana ―como experto en los Machado que es, a los que ha dedicado varios ensayos―, en alguna de las cuales nos ilumina sobre la naturaleza de su quehacer: «Que la palabra sea / memorable materia / donde el alma se vea».

Un alma a la vista es lo que nos ofrece este libro de Enrique Baltanás. Escrito por alguien que está de vuelta de muchas cosas, pero no de todo, pues aunque ha desertado de los afanes mundanos aún busca «un no sé qué» entre los frágiles pasos sobre arena que damos en la existencia. Y que es consciente, como en la susodicha y pertinente cita de González-Ruano, de que uno escribe, cuando aspira a hacerlo con verdad, para intentar conocerse mejor: «tu completa y exacta biografía», nos dice, «tan sólo comparece en su relato». Alguien, en suma, que, como en uno de sus poemas, es un hombre que se duerme ante un libro, ensoñando o dejándose ensoñar por el día que termina y conformándose con la siguiente aurora, cuando en el fondo está «esperando que otra luz suceda».

 

Zaandam

(Claude Monet, 1871)

Yo sólo soy un hombre que pregunta
al vacío, a la nada, al infinito,
a las nubes que pasan y en el río
van dejando la sombra de mis dudas,

Corre el agua en silencio entre los fresnos,
y las nubes se engastan en el agua
y, al volver su errabundia imaginaria,
doblan en la corriente su misterio.

Yo sólo soy un hombre que allí mira
el río y las orillas y las nubes,
y cómo es todo lentitud y prisa

y cómo ya pasó lo que no tuve,
cómo el río recorre sus orillas,
y en este óleo permanece y huye.

 

¿Cuál de tus rostros?

Te buscaré en la espuma de los días,
te buscaré en el filo de la noche,
te buscaré en un parque de Granada,
en un café de Viena o de París,
en una librería de Manhattan,
en el museo del Prado junto a un cuadro,
en un palacio en ruinas de Venecia,
o tal vez al doblar alguna esquina
de una calle cualquiera donde llueve.
Te buscaré en la sombra o bajo el sol,
te buscaré por tiendas y teatros,
te buscaré en la playa o la montaña,
te buscaré por fuertes y fronteras.
Saldré a buscarte para no encontrarte.
Te buscaré sin encontrarte nunca.
Moriré de este amor infatigable
que te ha buscado siempre sin saber
cuál de tus rostros era el verdadero,
el único y el mío y el de nadie.

  

Manifiesto

Ante todo, prohibido que vayas de poeta.

Ser, sí, el dueño de una confitería.
El agresivo ejecutivo de una empresa de seguros.
O librero de viejo. Viajante de comercio.
Torero. Aviador. Empleado
de alguna firma comercial en quiebra
o de un Ayuntamiento corrupto de provincias.
Maestro en una escuela conflictiva.
Biólogo. Químico. Propietario
rural. O capitán de corbeta en la Armada.
Incluso profesor de Poesía.

Y que en el ascensor, al saludarte,
los vecinos te llamen don Roberto,
o Juanma, o José Antonio,
y no sepan
que a ese señor que habla normalmente
de los niños, del fútbol o del tiempo,
se le pasan las noches
midiendo sus palabras con los sueños.

Enrique Baltanás