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El ayer

Días de redención. Tomás Sánchez Rubio. Ediciones En Huida.  Precio: 12 €.
Días de redención. Tomás Sánchez Rubio. Ediciones En Huida. Precio: 12 €.

Sánchez Rubio entiende la poesía no sólo como un destello, sino también como un camino de aprendizaje, acompañado por la tradición.

En apenas una treintena de composiciones el poeta sevillano nos devuelve nuestra identidad mediante la identificación con su voz: el niño que fuimos regresa.

En muchas de las películas rodadas en los últimos años ha desaparecido el fondo de estanterías con libros. En las antiguas, se veían, aunque, en algunos casos, fuesen de cartón piedra. Puesto en paralelismo con los hogares, pasa lo mismo. Los espacios son más conceptuales y no dejan lugar para un fondo necesario de lecturas. Si los lectores van buscando la expresión de sentimientos profundos y sinceros, podrán reconocerla leyendo poesía. Hoy en día, han dejado de interesar los libros impersonales, colmados de artificios y ávidos de forma. La última entrega del sevillano Tomás Sánchez Rubio (1964), que lleva por título Días de redención, pretende perturbar nuestra fragilidad con un discurso centrado en el reencuentro con el pasado de un sujeto frágil pero con una voz firme. Un libro donde el amor del autor es expuesto, sin envolturas, desde la dedicatoria hasta la foto de la cubierta, de su hija Isabel, y el prólogo, de su compañera, Lourdes.

Sánchez Rubio entiende la poesía no sólo como un destello, sino también como un camino de aprendizaje, en el que, acompañado por la tradición, trata de revisitar lugares comunes para imprimir su particular visión, como señala su compañera, Lourdes Páez Morales, encargada en las labores preliminares, «las dota de una nueva dimensión, humana y mundana», como resultado de una visión poética íntima.

Días de redención parece formar una trilogía junto con los dos anteriores, Llegó el ayer (2017) y Árboles de esperanza (2015), títulos publicados en la misma editorial. En los tres hallamos el mismo tono optimista y esperanzador, la misma delicadeza en el estilo, llegando a ser sobrio, sin retoricismos ni un lenguaje alambicado; una poética de la esperanza que permite reconocer la escritura del auténtico poeta. En esta última entrega, continuación de Llegó el ayer, Tomás concibe una especie de corriente-poemario (sin agrupaciones de poemas en secciones) donde el flujo de cada río-poema, ordenados alfabéticamente, deviene en el océano atemporal de la ilusión primera, la de alguien que camina por el alambre, con ayuda del amor y de la calma espiritual, siendo muy consciente de las pérdidas.

En Días de redención volvemos a percibir cómo el amor sirve de lente con la que puede enfocarse el pasado desde un modo menos doloroso. Ante el catálogo de quebrantos, el sujeto se alinea: «prometo, en fin, / quedarme varado en la tierra / y no volver a ser un niño». Y en el poema que da título al libro se presenta, de un modo natural, la asunción de la pérdida, cicatriz no cerrada nunca: «no volverán a ver nuestra desolada / sonrisa de niños / inmensamente huérfanos», porque, en su plenitud, provocará la reparación y la confianza de que «el sol / volverá a salir cada mañana» con «la esperanza de la resurrección de los sueños / y el despertar de la ilusión / en las rosas aún / por marchitar».

El conjunto se presenta limpio de aparato textual, salvando el dato espacial colocado en el poema titulado «Purgatorio», donde el lector se situará mejor geográfica y espiritualmente, «A la iglesia napolitana de Purgatorio ad Arco». Hace bien el poeta sevillano, ya que, en la lectura intraversal, el lector podrá reconocer algunas de las voces de la mejor tradición literaria española: San Juan, Bécquer, Rubén Darío, Juan Ramón, Antonio Machado o Cernuda, entre otros. En la palabra de Sánchez Rubio el amor y la poesía abrazan las «cosas sencillas» desde el «balcón que mira a las palmeras / "de Afán de ribera, / esquina 8 de marzo".

El tiempo es tratado de un modo circular. El libro se convierte en un conjunto de composiciones emocionales que no suceden porque son evocados y redivivos: «Y me veo haciendo una y otra vez». La soledad se impone en la metáfora de un libro abandonado. Regresa a su ayer «con pies descalzos». El recuerdo es tan fuerte que parece tan verdadero como corpóreo: «Guardo todavía ese aliento tuyo aquí, / en mi hombre, desde aquella tarde azul / de septiembre». Cuanto más presente se hace la imagen del familiar ausente, mayor es el tono melancólico: «en las fachadas / del desamparo y la tristeza». La memoria retorna al pasado de la primera juventud, etapa de fulgor, paraíso cernudiano: «Y te miro compartiendo vida / cada mañana». La evocación requiere de todos los sentidos: unas veces la mirada o el oído (lectura de los cuentos), otras el olor: «El olor a calabaza en vino y en almíbar».

El poeta sevillano se siente a gusto con el versolibrismo. Prefiere el verso de corta andadura y profundo aliento, heptasílabos y pentasílabos especialmente, acaso si necesita contar un suceso, esos versos se estiran en distintas estrofas. Los encabalgamientos ayudan a que los textos ganen en fluidez, siendo éste un rasgo distintivo de este poemario.

En apenas una treintena de composiciones que conforma Días de redención, Tomás Sánchez Rubio nos devuelve nuestra identidad, mediante la identificación con su voz: el niño que fuimos regresa a nuestro tiempo. Una voz que indaga en los vericuetos de la memoria y regresa a esta cercana orilla. En estos días, nada mejor que volver a un libro personal de poemas como éste.

 

PURGATORIO

 

A la Iglesia napolitana

de Purgatorio ad Arco

 

Caben todas las almas

entre las húmedas grietas

de una cripta

-tierra a la tierra-,

más solemne que la escalinata,

el precipicio o la cabaña

donde a Jacob se le ocurrió

pelear con un ángel insolente

que se negaba a bendecirlo

en su retorno a Canaán.

 

Solos quedan los muertos tras

las batallas a un paso de la calle

con su mezcla de feroz

descarada indiferencia

y una cansada melancolía

sin rumbo,

como la del ejercito enemigo

tras la última batalla,

primera de muchas

sin gloria ni recompensa

en un orbe conocido

por sus lágrimas infinitas.

 

En la esperanza de la resurrección

te miran en su profundo abandono

las nobles calaveras de esta

ciudad de altares,

de limbos

y vidas sinuosas,

de funiculares sobre azoteas

y museos como hangares

de pasiones inabarcables.

 

Mientras, a las puertas mismas

del Purgatorio,

muchachas riendo

ante el exceso de cordura

que las rodea cada mañana,

rinden culto sin saberlo

a lo que de altivo le acabamos

todos concediendo

a la mandibularia muerte

ante el miedo al frío,

las vacías oquedades del tiempo

y los témpanos del mísero

hielo que reina en el más acá de

las cosas mundanas.

 

Tomás Sánchez Rubio