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Desmoronamiento y apagón

La última luz de Roma.  Antonio Manilla. Cuadernos de Humo. Edición no venal

Edición no venal de unos cuadernos –La última luz de Romaimportantes en la trayectoria poética de nuestro exitoso coordinador de poesía.

La última luz de Roma se puede descargar gratis en la Revista Epicuro.

Los «Cuadernos de Humo», que edita digitalmente desde Brooklyn, con finura y elegancia, con un gusto tipográfico exquisito, Hilario Barrero, asistido por Antonio del Camino y Antonio Cruz Romero a este lado del océano, han llegado al número 29 con La última luz de Roma del poeta leonés Antonio Manilla, cuya obra poética, formada por ocho libros, no ha hecho sino asentarse y crecer en estos últimos años, hasta forjar sin duda una de las trayectorias más consolidadas dentro del panorama lírico actual.

Quizá la aparición de esta plaquette sea un deseo en el que se imbriquen su pasión por el verso y su fascinación por la historia de Roma. Incluso acaso no sea ajena a la gestación de los poemas la obtención y posterior disfrute de la beca «Valle-Inclán» en la Academia de España de la ciudad abierta del Tíber, que ha cantado a lo largo de toda su obra, sobre todo en la sección «Estancia italiana», de su libro Canción gris, premio Emilio Prados, en la que se rinde a la levedad de la primavera romana o visita la tumba de Keats, pero también en Momentos transversales, premio José de Espronceda, donde, además de celebrar la llegada de Séneca a la capital del imperio, le enviaba una «Declaración de amor perverso» que concluía taxativa: «Es la ciudad más cruel, pues pone / –eternidad, amor, belleza– / todo lo inalcanzable a nuestro alcance»; en Sin tiempo ni añoranza, premio Paul Beckett, donde entre su «bosque de cúpulas» en «un ocaso del Gianicolo» se imagina que «cualquiera puede ser Nerón» o sucumbir al síndrome de Stendhal y festeja el «cumpleaños» de la Ciudad Eterna; en su reciente, en fin, Suavemente ribera, premio Generación del 27, uno de los más prestigiosos del momento, en el que revela el sustrato grecolatino de su poesía en el apartado «Tierra extraña», siguiendo la tradición epigramática y la de las estelas funerarias.

En términos generales, aunque seguramente no era su intención primordial, desde los dos versículos de obertura de este réquiem por una civilización: «No fue necesario esperar la venida de los bárbaros porque los bárbaros / estaban entre nosotros, esperando la ocasión de desvelarse», es imposible no establecer una especie de correlato objetivo con la situación de Occidente en nuestros días, sumido en una crisis cultural y geoestratégica galopante, y no acordarse de entrada del socorrido poema de Konstantin Kavafis «Esperando a los bárbaros». De hecho, los propios protagonistas de los textos son portadores, en sus monólogos, salvo Valente, de su visión de la caída del Imperio, en realidad, sus palabras son un vehículo de reflexión para que participemos del origen y consecuencias del desastre.

El libro en sí, tras los tres poemas en prosa que lo abren a modo de prólogo y síntesis, en torno a lo comentado, comienza con una prosa, ejemplar como de costumbre, no en vano Manilla se ejercita semanalmente con espléndidos artículos de opinión, sin parangón en la prensa española, en un periódico de su tierra, cultiva además el ensayo y acaba de estrenarse como narrador con Todos hablan, premio de Novela Corta Encina de Plata, en la que se expone el testamento de Marco Aurelio, el emperador modélico que dio en filósofo estricto, el inmortal autor de las incomparables Meditaciones.

A seguido, se pone directamente en boca del emperador filósofo, dirigido al pueblo romano, a su perdida conciencia: «Recuerda, Roma, las provincias…», así principia, con un aire premonitorio que al cabo se consumó. El segundo poema, «Confines», introducido, como todos, por una prosa histórica aclaratoria con la que dialogan los versos posteriores, está dedicado a la figura de Valente y aborda «el principio del fin». A continuación, «Enemigo público» se centra en el general Estilicón, baluarte de Roma durante un tiempo: «mientras mantuve fuerzas, / sostuve con mis hombros el imperio», perseguido por los propios. Para terminar con «Espero despertar en un rincón de Isauria» y «Altiva ruina», en los que da voz crepuscular respectivamente a Zenón, Emperador Romano de Oriente y Julio Nepote, Emperador Romano de Occidente.

Manilla mantiene en esta entrega su poética de dicción clara, serena, equilibrada, entrañada en lo esencial del hombre –no en vano dedicaba sendos poemas en Sin tiempo ni añoranza a Miguel D´Ors y Eloy Sánchez Rosillo, sin duda dos de sus referentes y faros líricos– y de prosodia clásica, con una combinación de heptasílabos, a menudo doblados mediante hemistiquio a alejandrinos, y endecasílabos, muy bien acompasados. Su expresión transparente y aquilatada evita, por la parte épica, la retórica también muy precisa, en otro orden de cosas, de Julio Martínez Mesanza, y en su vertiente culturalista, los derrotes novísimos para brindarnos este sentido homenaje a los estertores de una civilización admirable, raíz, base y sostén de la nuestra, aunque con frecuencia lo olvidemos.

 

JAMÁS

Jamás fuimos más fuertes que cuando estuvimos a punto de ser vencidos.

Tocar la tierra con la espalda nos levantó del suelo, nos hizo reagrupar­nos, olvidar nuestras erróneas estrategias.

Conscientemente, optamos por dejar una brecha en nuestra formación, ensancharla hacia los lados, hacer tan finos los flancos que hasta un perro los hubiera atravesado.

Luego, muy lentamente, conformamos un ancho círculo con el enemigo entero dentro.

Y estrechamos nuestro mortal abrazo.

 

CONFINES

Hoy ya no hay más que páramo

donde murió Valente.

En Adrianópolis,

que vio luchar las últimas legiones,

me alcanza esta verdad:

todo tiene su norma;

incluso los finales.

Es la moderna Edirne

—conserva el kirkpinar,

nueve grandes batallas la contemplan—

lo que antes fue Uskadama

y algún día tendrá otro nombre.

Bajo esta tierra duermen sin descanso

un sueño de leones

hombres que imaginaron el mundo en sus extremos.

Siento la soledad de las espadas,

el abandono de las insignias

que alguna vez siguieron temerarios

los soldados de Roma,

la lenta pudrición de los confines.

Antonio Manilla