Un festín literario

Incursión y muerte del demonio Meridiano.     Francisco Álvarez Velasco. Eolas ediciones. Precio: 16 €.
Incursión y muerte del demonio Meridiano. Francisco Álvarez Velasco.
Eolas ediciones. Precio: 16 €.

“Si nadie recuerda su nombre, los pueblos que murieron para siempre son polvo, sombra, nada”.

Esta es la cita que encabeza el nuevo libro del leonés Francisco Álvarez Velasco, el clavo del que acabaría colgándose al final del relato el protagonista en el cuento de Chéjov. Un libro de Álvarez Velasco que no es de poesía, como casi todos los suyos, ni tampoco de aforismos, como el último que dio a la imprenta, sino un conjunto de dieciséis relatos que conforman una novela coral, la foto fija o friso de un pueblo y una época idos pero que perviven gracias a una narración tan llena de aciertos y hallazgos que no podemos dejar de recomendarla desde el primer párrafo. Es como si en ella el autor hubiera dado con la tecla para volcar sobre un texto toda la experiencia de sus ochenta años de trato y pasión por la literatura.

«Al burrero le gustan estas piedras». Incursión y muerte del demonio Meridiano, la sorprendente novela inaugural que el poeta Francisco Álvarez Velasco se ha sacado de la manga, tiene una primera línea de esas que atrapan al lector, con su cadencia poética y su verdad de prosa directa, como tallada en el tiempo de la gran literatura, cuando las narraciones comenzaban con un «Llamadme Ismael» o «Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo».

Un tono que se mantiene durante todo el relato de relatos en el que se nos va dando noticia del paisaje y paisanaje, entre real e imaginario, de una aldea española de los cuarenta, en los años de la posguerra civil ―la acción concluye en 1947―, con el claro objetivo de que ese mundo que en muchos momentos nos parece casi encantado sea capaz de sobrevivir al destino de ceniza que la historia le tiene escrito. Un pueblo que aquí se llama Guadromal y está a las orillas del río Oribe, trasuntos de su Cimanes del Tejar natal y del Órbigo cuya amena ribera ya ensalzara poéticamente el Conde de Rebolledo, pero que bien podría ser cualquier localidad del mundo condenada a la desmemoria. Un lugar con sus ritos e hitos, sus personajes típicos, su naturaleza y geografía peculiares, sus leyendas embellecedoras y sus historias maravillosas.

Como «ruralismo mágico» se ha bautizado a este estilo que levanta una especie de sutil realismo mágico con los hechos de la ruralidad contados con sus propias palabras, las cuales, desde la lejanía, continúan hablándonos con voz amorosa y soletera. Es un marbete adecuado a un tono que, como explicita Luis Mateo Díez en su breve prólogo, alza un «espacio de resonancias legendarias, entendiendo la leyenda como el relato de las cosas inolvidables que suceden como si fueran cotidianas sin dejar de ser extraordinarias». Con una prosa que asume la impronta de la oralidad y las veladas de romances alrededor del fuego ―al final se recoge un glosario de leonesismos de la comarca del Órbigo, palabras perdidas y voces en desuso―, junto al rescate de la memoria de la infancia se logra también una arqueología de términos propios de aquella sociedad y tiempo en que la gente vivía y moría en comunidad.

Destaca, y de qué manera, dentro del «dramatis personae», la creación de unas figuras de tan acerada perfección que se convierten en símbolos. La inolvidable Concha la Plexiglasa, pero también Bautista Nubarrones, la Sierva de la Virgen Tuerta, El Cura Loco y la pega Libertad son tan sólo algunos, cuyos motes o «bautismos de broma» ya nos dan una idea de las alturas en las que se mueven la fértil memoria y la fiel imaginación de Francisco Álvarez Velasco. No le debe extrañar a ningún lector que tenga el acierto de acercarse a esta novela que es ficción y elegía hallar sordomudos que oyen las maldades del mundo y las olas en el mar de las espigas, «cuentos de trilla» que traen hasta sus oídos el bramar subterráneo de un buey rojo o a un demonio Meridiano encarnado en culebra o bicha de cuatro metros que anida en una iglesia. Todos ellos y muchos más quedan para siempre congelados, en una novela que es un festín literario y en la memoria del lector, atisbando relinchos, encabritamientos, crotorar de cigüeñas y vientos brujas. Esperando la llegada de un nublo.