Un mirar intransitivo

Realidad.    José Manuel Benítez Ariza. Siltolá Poesía. Precio: 10 €.
Realidad. José Manuel Benítez Ariza.
Siltolá Poesía. Precio: 10 €.

El poeta gaditano tiene el don de lograr que sus poemas, al leerlos, se vuelvan transparentes, claridad o luz, espejos de nosotros mismos, los lectores.

Hace no mucho, el poeta José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) respondía en una entrevista, a una pregunta sobre la utilidad de la poesía, con estas palabras sobre la felicidad que aquella produce: «es la apreciación de la precisión con la que están engarzados todos sus elementos, su capacidad de expresar un matiz de sensibilidad nuevo y reconocible a la vez». Y a ello añadía: «por otro lado, está la constatación de que ese milagro estético está hecho de algo tan común, tan de todos, tan esencial al discurrir del pensamiento de cada cual, como es el lenguaje». Emoción y lenguaje, exactitud de la expresión, la palabra justa puesta al servicio de un sentimiento antiguo y nuevo a la vez.

Ortega y Gasset publicó en el diario El Sol en su tiempo unas líneas que expresaban esa paradoja esencial de la poesía por la que es capaz de suscitar la sensación de un sentimiento novedoso y conocido, que seguramente Benítez Ariza suscribiría: «Yo diría que el síntoma de un gran poeta es contarnos algo que nadie había contado, pero que no es nuevo para nosotros. Todo gran poeta nos plagia». De alguna manera, podría decirse que el poeta está emparentado con el intérprete musical y el traductor ―labor que nuestro autor desempeña a menudo―, dedicándose a trasladar a nuestro idioma actual, adaptados a la sensibilidad de hoy, los cuatro o cinco temas eternos del género. La voz ―eso tan difícil de explicar, pero tan fácil de reconocer, quizá por su escasez― es el timbre personal de un autor que nos hace distinguir, por encima del ruido o las características predominantes de su época, que unos versos no pueden más que ser suyos.

La conquista de una voz tiene que ver más con la expresión que con el estilo. Los primeros poemarios de José Manuel Benítez Ariza podría decirse que se enmarcaban dentro de la corriente dominante de la poesía española de la época, de corte figurativo y vivencial, con sus matices personales. A partir de cierto momento, quizá con Los extraños, donde una poética a modo de epílogo anunciaba la necesidad de abrirse a un «juego más abstracto» y a tener en cuenta todo aquello que «se escurre entre los dedos», se produce un cambio de matiz, quizá más bien de perspectiva, desde la que se aborda la escritura. Cuaderno de Zahara y Diario de Benaocaz fueron los títulos de madurez donde su voz se hizo incuestionablemente «adulta», una referencia imprescindible dentro de la poesía española contemporánea. Panorama y perfil recogía en la cubierta el secreto de la alquimia del poeta: panorama o paisaje exterior y perfil interior o retrato de un yo que se va construyendo mediante la contemplación reflexiva. Se anunciaba en él otra vuelta de tuerca o giro en el decir, que se presentó en Arabesco y continúa en su nuevo poemario, Realidad.

En Cuaderno de Zahara y Diario de Benaocaz el yo poemático trata de entender el paisaje y de entenderse en él, reconociéndose en «un mundo con tus rasgos», que se desvela como «jirones de niebla al disolverse». A partir de Arabesco, el poeta pasa a ceñirse «a cuanto me rodea», a la dudosa realidad, de consistencia anómala, como conciencia capaz de captar los pespuntes con la mirada. Una mirada en la que, en ocasiones, predomina lo plástico, el ojo del acuarelista que Benítez Ariza también es, con la facultad a su alcance de componer con unos pocos trazos una escena. En Arabesco y Realidad, en definitiva, se inaugura una estética del mirar intransitivo, donde sujeto y objeto están en un mismo plano. El hombre no es ya mero espectador que contempla desde fuera: aparece inserto en la acción, dialogando con ella, siendo lo que más es: conciencia que siente y también imagina. Un poema de Realidad como «Foto de pájaro» creo que es revelador al respecto. En otro de Arabesco, «Pintor», era aún más explícito al escribir: «Para pintar el mar ha tenido primero que aprender a mirar el mar. / Y aprender, sobre todo, a verse en él».

Lo cotidiano trascendido, materia prima durante toda la coherente trayectoria como poeta de José Manuel Benítez Ariza, continúa siendo en Realidad expuesto mediante exactitud en la expresión y las palabras justas, en poemas construidos mediante un lenguaje cercano al de la prosa, sin alharacas verbales o adjetivas, porque lo importante en ellos es la construcción, su arquitectura impecable que suscita la reflexión y el autoconocimiento del lector. El peligro a sortear por este renunciamiento al ornato, como alguna vez se ha señalado, es el descriptivismo que puede llegar a anular el aliento lírico, la narratividad que entierra la emoción. No ocurre así: el poeta gaditano tiene el don de lograr que sus poemas, al leerlos, se vuelvan transparentes, claridad o luz, espejo de nosotros mismos, los lectores.

Acuarela 5

Palomas grises en el adoquinado gris.

Una luz lateral les alarga la sombra, y así cada una de ellas rige, con su minucioso escudriñar de las rendijas, el movimiento de una vida exenta y el de una simple mancha oleaginosa que alcanza a sugerir, sobre las piedras, la idea de una existencia hecha sólo de una merma de luz.

Y ese miedo instintivo a lo que acecha:
basta el mero destello de una mota movida por el aire
y el bando entero echa a volar,
y una luz sin obstáculos
dibuja sobre el pavimento ahora despoblado
una de las figuras de la muerte:
la pura claridad.

 

Al fondo

La muerte está en el centro, no antes ni después.

Fluyen todos tus días hacia ella
como el agua que corre al sumidero.

Y hay en sus márgenes remansos,
horas que no se ordenan en mera sucesión,
sino como destellos simultáneos.

¿Cuándo aquella mañana a la que un filo
neblinoso añadió una nota inédita
de emoción? ¿El vislumbre
de una aleta caudal desde la proa
de aquel barco que hacía la travesía de Tánger?
¿El tiempo detenido entre dos luces
bajo la claraboya de aquella biblioteca?

Algo me dice que serán las últimas
estrellas fijas que veré en la noche.

Algo me dice que también al fondo
de la espiral alcanza un poco de su luz.

José Manuel Benítez Ariza