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Sacar la astilla

Cosas comunes. Zel Cabrera. Eds. Liliputienses. Precio: 10,40 €.
Cosas comunes. Zel Cabrera.
Eds. Liliputienses. Precio: 10,40 €.

Para Zel Cabrera la poesía es una extensión de la memoria y, por lo tanto, una manera de profundizar en la propia identidad.

La poesía sirve para desvelar los recovecos secretos y sacar la astilla de lo que queremos descubrir dentro y fuera de nosotros.

Por algunas declaraciones de Zel Cabrera (Igualada, Guerrero, México, 1988) y por las publicaciones en los dos últimos años, con Una jacaranda en medio del patio (2018), La artista que no se toca (2018), Perra (2019), Cosas comunes (2019), ponen de manifiesto su innegable capacidad para adentrarse en las emociones y presagiar un mundo expresivo con variadas posibilidades. Para la escritora mexicana, la poesía comparte con la memoria una forma de indagar en la propia identidad extrayendo lo que parecía enterrado: sacar la astilla del pasado para entender su lugar en el mundo.

En Cosas comunes, publicado por Liliputienses a comienzos de 2020, despliega, en poco menos de una treintena de poemas, un enfrentamiento del sujeto, en tiempos de aprendizaje, con su identidad desde la misma raíz, así vemos desde el comienzo, «Instrucciones maternas»: «Mi madre dice que mujeres como yo / sin traza para labores hogareñas / nunca encontrarán marido». En el mismo, expresa la rabia por la obsesión de su madre a que sea su viva imagen: «Una y otra vez, insiste en hacerme a su forma; / soy el molde en el que amasa sus virtudes».

No se crea una atmósfera suave y delicada, sino cotidiana y crítica. Se describe un lugar inacabado en el que el yo dialoga con la madre en el acto cotidiano, que parece tan íntimo de revelación, la falta de ropa íntima masculina, en «La mujer del albañil tiende su ropa»: «Pero no hay calzones, aclaro. / Ella se ruboriza, / me lanza un reproche con la mirada». Mediante ficciones y recuerdos se presenta el cuadro de una hija que ayuda a su madre en tareas domésticas. La toma de distancia de la poeta le ha valido un mejor entendimiento de su propia identidad, el papel que ocupan las mujeres en el municipio de Guerrero, aunque otras tantas se hayan identificado con la misma brecha. El lector percibe el grito sobre unas normas de conducta y una reflexión sobre la existencia. Las jóvenes tomarán nota en sus reivindicaciones.

Cierta nostalgia del pasado encontramos en «Bonsái», un poema de aliento lírico, donde se impone la necesidad de que el lenguaje explore la reconstrucción de los días: «Le pusimos nombre / como si fuera una mascota, / era testigo de nuestros domingos»; y nos seduce en la conclusión: «y era tiempo de entender / que hay personas inexpertas / que no están hechas para cuidar plantas, / o alumbrar promesas».

La escritura se vuelve centro de ese microcosmos, pues parece servir de desconexión de la realidad. La tensión se produce cuando colisiona el amor con la realidad, y el carácter crítico y exigente sale a la luz en una lectura metapoética de «Garabato»: «pero tacho el poema, / porque no es bueno / decir lo que uno siente, / porque no es bueno pronunciar amor / cuando el silencio es la palabra».

Cabrera muestra la capacidad intuitiva, al constante descubrimiento, que vuelve a angustiar en imágenes familiares que buscan la comprensión. Desde esa perspectiva, mediante recuerdos regresa a los sentimientos, enlazando con esas relaciones ocultas que la intuición percibe. En «Hábitos heredados» aparece en forma de descripción evocada: «Le miraba intentando encontrar un vínculo / entre nosotros, un lazo irrefutable / que me hiciese sentirme más cerca». Y con un tono de aceptación en el aprendizaje, convertida en una lección esencial, seguir las ilusiones que habrán de convertirse en certera iluminación, al comienzo de «Enseñanzas»: «Todos los días mi padre me enseña algo, / a los 27 años, me dice que los sueños, / aunque postergados, son sueños que siguen, / que deben seguirse, como una línea de sombra / que no se pierden». Vuelve sobre la misma idea en «Apuntes entre Bolívar y Dr. Durán», uno de los más interesantes del libro: «Porque la memoria es un milagro en el que anidan / las cosas simples».

En Cosas comunes la memoria, junto con el intento de escribir poesía, desvela los recovecos secretos, saca la astilla. Se emplea la descripción para traernos, de manera sencilla y clara, cuadros de reveladoras imágenes. La vuelta a las raíces familiares no siempre es fácil, pero siempre implica trascendencia en el desplazarse. Desde esa conciencia dos poemas son reveladores. Si en «Destellos» la reflexión de un estado desolador, solitario refuerza el carácter intuitivo de la poesía de Zel Cabrera con gran fuerza creativa: «A fuerza de estar callada, / el silencio desdobla lo que fue / y discreto el crucigrama de un llanto, / revela un dolor, / escombro de otra vida»; en «Finales», el tono de despedida, convulsa, a punto de la lágrima, se torna desde la presencia compañera («éramos la borrachera y los amigos») hasta la ausencia, donde la autora mexicana nos tiene reservado un giro, un cambio en el guion, nada complaciente: «Nadie se despidió, no hubo pañuelos blancos / en aquel muelle, ni lágrimas».

Destellos
Si busco en los ecos de la casa,
encontraré a los otros huéspedes,
sus destellos, sus noches de fiesta,
los pasos de baile que improvisaron
en la concina, los besos.

A fuerza de estar callada,
el silencio desdobla lo que fue
y discreto el crucigrama de un llanto,
revela un dolor,
escombro de otra vida.

Acompaño su resonancia
y alargo un consuelo,
con la esperanza de no estar sola.

Con la misma esperanza,
estiro la mano hasta palpar otro sonido,
una risa que circunda las paredes,
me contagia y hace crujir los muebles.

 

Los otros huéspedes,
me heredaron estos ecos,
como manchas en las paredes,
vagos rastros de moho
que en la quietud, decodifico
y traduzco.

Zel Cabrera