Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

Deber de memoria

Regreso a Birkenau.  Ginette Kolinka. Seix Barral. Precio: 15 €.
Regreso a Birkenau. Ginette Kolinka.
Seix Barral. Precio: 15 €.

¿Cómo comprender la terrorífica experiencia de los campos nazis! Este libro es un buen testimonio del horror; para no olvidarlo.

El terror no acaba en los campos de exterminio. Sigue en la vida como “una terrible conjetura, realmente certidumbre, sobre nuestra condición”.

Regreso a Birkenau es un documento seco, raso, indispensable, que Ginette Kolinka, nacida en 1925, publicó, con mucha repercusión, el año pasado en Francia, escrito en colaboración con Marion Ruggieri, que me ha traído a la memoria el escalofriante El humo de Birkenau, de la italiana Liana Millu, que tampoco era escritora y que también nos ha legado un libro a modo de testificación ineludible.

Cuando leemos estos testimonios, y mira que llevo libros sobre la terrorífica experiencia de los campos nazis, nos asalta una y otra vez la imposibilidad manifiesta, absoluta, de comprender en sus justos términos lo que sucedió allí, lo inconcebible e indecible, sin haberlo vivido. Dice Kolinka al respecto: «Yo cuento esto, lo veo, y pienso que no es posible haber sobrevivido a ello. Veo y siento. Pero, ustedes, ¿qué es lo que ven?». Y, sin embargo, en la estela de la sentencia de Primo Levi: «si comprender es imposible, conocer es necesario», cada testimonio que comparto me reafirma en la idea de su necesidad, máxime cuando las últimas víctimas están falleciendo y no puede caer el olvido sobre las manifestaciones de la radicalidad del mal.

De su llegada a Birkenau, la zona femenina de Auschwitz, un complejo que ocupaba «la superficie de trescientos veinticinco campos de fútbol», lo primero que recuerda, naturalmente, es la Judenrampe, el apeadero en el que terminaba la vía y en general la vida de quienes habían viajado en un tren de mercancías con los vagones sellados, «hacinados en la oscuridad y el hedor», en su caso tres días con sus noches. Y, a seguido, «voces que gritan, perros que ladran», bastonazos, hileras, selecciones, el olor al humo de los crematorios, «una mezcla de carne quemada, aunque eso aún no lo sabíamos, y de mugre». Era el 16 de abril de 1944 y quedó marcada en el antebrazo con el número 78599.

Consiguió no perder de todas el ánimo, consciente de que allí «aprendes o mueres»: «La primera vez que me desperté en Birkenau vi montones de trapos en los rincones del barracón, eran los muertos de esa noche». Pudo sortear y asimilar las escenas espeluznantes en las coyes, los nichos infectos donde intentaban dormir, los durísimos e interminables recuentos («horas en posición de firmes, heladas, temblorosas, agotadas»), los golpes continuos, al azar, la dureza de las kapo y las blokova, las escudillas oxidadas, el hambre demencial… Y en todo momento la soledad espantosa ante la muerte acechante, aun estando rodeada de mujeres en los insensatos trabajos forzados: «no tengo recuerdo alguno de las otras chicas de Birkenau. Ni un solo rostro, ni un solo nombre. Nada». Las únicas excepciones serían la posterior ministra Simone Veil, que la reconoció más tarde en una fiesta parisina, y la cineasta Marceline Loridan-Ivens.

Con posterioridad repasa sucintamente su vida anterior y posterior, la detención por parte de la Gestapo (su madre y sus hermanas no cayeron en la redada y permanecieron ocultas, a diferencia de su padre y su hermanos, gaseados nada más llegar a Auschwitz en su convoy) y su estancia en la cárcel de Marsella. De ahí a Drancy, una pequeña aldea para ella, donde estuvo «a gusto, por así decirlo», antes de la deportación a Auschwitz. Cuando volvió  a París su apariencia era de musulmana, estuvo casi tres años enferma y con depresión, hasta que se atrevió a ponerse a vender mercería en un puesto ambulante.

Kolinka no hubiera hablado nunca de lo infernal, no hubiera cumplido con el deber de memoria tanto y tan bien analizado por Reyes Mate, de no ser por la fundación que creó Spielberg a raíz de La lista de Schindler, con su red de jóvenes colaboradores. Pese a su escepticismo respecto al resultado de estas visitas recreativas («¿cómo ver el humo, los gritos, los empujones?») se ha prestado incluso a acompañar a escolares en sus viajes a Auschwitz, al que tiene por un museo, y a Birkenau, un mero decorado ahora. Una de las veces en que volvió le pareció escandaloso, moralmente obsceno, que una joven hiciera footing por la misma pradera en la que habían sido sacrificados miles de inocentes.

Otro aspecto que aborda, de los más inquietantes, en cuya determinación y examen fue un maestro Jean Amery (igualmente trasladado, dejando un reguero de cadáveres en las cunetas, en el invierno gélido del 45 y liberado en el campo de Bergen-Belsen), sobre todo en Más allá de la culpa y la expiación, es que a mayor cultura y conocimientos intelectuales, menores posibilidades, inversamente proporcionales, habría de salvarse del exterminio en los lager. La autora lo enuncia así: «Tuve la suerte de regresar de los campos y de recuperar enseguida una vida normal, de ser muy feliz. En la vida más vale no ser demasiado inteligente. Si eres muy inteligente, si piensas demasiado…». Terrible conjetura, realmente certidumbre, sobre nuestra condición.